29 de agosto 2017 - 22:19

Mirtha Dermisache: la escritura como esencia

Roland Barthes elogió, en una carta dirigida a la artista, su inteligencia al tratar problemas teóricos en sus grafismos.

Dermisache. “Cartas para mandar 1970”: La carta diez, de quince, en homenaje a la idea original del arquitecto Amancio Williams.
Dermisache. “Cartas para mandar 1970”: La carta diez, de quince, en homenaje a la idea original del arquitecto Amancio Williams.
El Malba anunció que su director artístico, Agustín Pérez Rubio, culminó su gestión. Como despedida dejó el mejor de sus trabajos: la exhibición "Porque ¡yo escribo!", de la artista Mirtha Dermisache (1940-2012). Esta primera retrospectiva de la artista coincide con la primera muestra que Pérez Rubio dedica a un arte casi plenamente poético, dejando de lado esta vez las cuestiones de género.

La obra de Dermisache gira en torno de los rasgos de la escritura, y sus innumerables papeles, libros, cartas, diarios y tarjetas ocupan unas vitrinas blancas, pulcramente dispuestas con el formato rectangular de una página en medio de una sala blanca como un papel. El montaje es metáfora de la hoja en blanco que enfrenta un escritor. Para explicar el sentido de la "escritura ilegible" que caracteriza la obra de la artista, nadie mejor que Roland Barthes. Después de observar un cuaderno de grafismos de Dermisache, el francés le envió desde París una carta fechada en marzo de 1971, donde observaba: "Me permito decirle muy simplemente cuánto me ha impresionado esto, no sólo la alta calidad plástica de sus trazados (esto no es indiferente) sino también, y sobre todo, la extremada inteligencia de los problemas teóricos de la escritura que su trabajo supone. Usted ha sabido producir un cierto número de formas, ni figurativas ni abstractas, que podrían ubicarse bajo el nombre de escritura ilegible. Lo que lleva a proponer a sus lectores, no los mensajes, ni siquiera las formas contingentes de la expresión, sino la idea, la esencia de la escritura. Nada es más difícil que producir una esencia".

Los despliegues de formas sobre el papel remedan los más diversos rasgos de la escritura. Hay cartas con la caligrafía ampulosa de la antigüedad, otras donde la línea fluye ligera desde el encabezado hasta la rúbrica final; hay estilos diferentes, signos que se asemejan a las notaciones musicales; textos que parodian la letra cursiva y otros con las variadas tipografías de los periódicos y divididos en columnas. El encanto de la obra reside en el artificio y el simulacro de estilos, pero, sobre todo, seduce la ausencia de contenido y la inutilidad de lo escrito. La obra es desinteresada desde el punto de vista kantiano, no posee finalidad pragmática. Enigmáticos los garabatos ilegibles, algunos más bellos que otros, no comunican nada. Son elaborados gestos que remiten directamente a la estética, al puro placer de contemplar, evocar e imaginar. Como contrapartida al vuelo poético se advierte en toda la muestra el rigor de una búsqueda sistemática.

Es un cliché afirmar que el arte "abre mundos" y los pone a disposición de quienes desean ingresar en ellos. Pero es válido en esta ocasión. El mundo de Dermisache solo transmite cierta alegría visual, va en busca de lo incomunicable y lo inefable, su arte resiste la interpretación teórica, atrae porque es literalmente indescifrable. Hay un libro cuyas páginas son de vidrio y otro de espejos. En el fondo de la sala hay una isla con videos que muestran el interior de los libros y unos diarios que el espectador puede manipular. Dermisache anhelaba ver sus diarios impresos y finalmente, durante el tiempo que integró el Grupo de los 13, Jorge Glusberg publicó en el CAYC cinco ejemplares.

La exhibición del Malba es deudora de los años de trabajo y catalogación del archivo de la artista realizado por las investigadoras Cintia Mezza, Cecilia Iida y Ana Raviña. El museo suma así una nueva estrella al programa de rescatar figuras del arte argentino. En Europa el editor Guy Schraenen de Amberes promovió sus muestras y publicaciones, pero hasta hoy el arte de Dermisache permaneció en la Argentina casi en la sombra. La galería Vasari le dedicó una exhibición curada por el crítico francés Philippe Cyroulnik, cuando se cumplió el primer aniversario de su muerte. Hoy, la galería Henrique Faría logró la incorporación de su obra en colecciones públicas y privadas de todo el mundo.

Dejá tu comentario