Moyano juró defender a Cristina, que avaló el monopolio sindical

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«A un Gobierno peronista no se lo arrea con un pañuelo». Orillero, con giros de suburbio, Hugo Moyano dijo lo que los Kirchner querían oír: que el camionero, su más sólido y poderoso socio, seguirá a su lado y será -si respeta su palabra- su principal soporte.

El jefe de la CGT usó los modos que le cuestionó -sin nombrarlo- a Hugo Biolcati. «Aunque algún lenguaraz con actitudes de gaucho pendenciero se crea que nos va a correr con la parada, usted sabe señora Presidenta que no es así», se ufanó.

«Vamos a defender las instituciones democráticas», completó la frase para el aplauso, entre sonrisas, del matrimonio K. Estalló, en ese tramo, el estadio: un océano móvil blanco y verde, los colores de Camioneros, repleto. La organización habló de 50 mil personas.

Fue la fiesta, literal, del moyanismo. El 15 de diciembre es el Día del Camionero, y el jefe de la CGT hizo, con la excusa de esa fecha, un despliegue pocas veces visto en los últimos tiempos; una postal brutal de su capacidad de movilización y su poder de fuego.

Es simple: en Vélez se reunió el moyanismo explícito, en estado puro y sin contaminación (más allá de algunos «camioneros por un día» que se calzan una gorra verde, como un empleo temporal). Esa tropa puede, algún día, si Moyano lo dispone, mutar de K a anti-K.

¿No fue, acaso, un apasionado y fiel sostén de Adolfo Rodríguez Saá y Aldo Rico en 2003? ¿Por qué, más adelante, debería seguir abrazado a los Kirchner? No por ahora: ayer, en pleno, el moyanismo prometió defender al Gobierno ante cualquier avanzada crítica.

Un indicio de esa versatilidad. El 11 de diciembre de 2007, a horas de la jura de Cristina como presidente, Moyano encabezó un acto en el estadio de Obras Sanitarias donde advirtió que podría «cambiar de vereda» y amagó con llenar de Camioneros Plaza de Mayo.

Entre aquella fecha y ayer, Moyano logró que el Gobierno «intervenga» para que reelija en la CGT, le cedió el APE, confirmó a sus hombres en la Secretaría de Transporte, «volteó» a un no moyanista que designó Juan Manzur.

En el camino celebró, también, la caída de Alberto Fernández, a quien apuntaba como su enemigo en la Casa Rosada. «Es el López Rega de Cristina», decía, despectivo con ambos, porque dejaba a la Presidente el lugar de Isabel, incómodo para Fernández más allá de su isabelismo en los tempranos 80.

Tumulto

El tumulto que ostenta el camionero funciona como un puñal de doble filo: los Kirchner, como tampoco Daniel Scioli, pueden permitirse no participar de una ceremonia de esa dimensión.

Pero, a su vez, el planeta Moyano es ajeno y como tal esconde siempre una amenaza.

Fue una de las razones por la cual, Cristina de Kirchner, que se declaró «orgullosa» de poder hablar en el acto camionero, repitió ferviente su libreto de defensa del modelo sindical con una sola CGT, centralizado y monopólico que tiene, en estos tiempos, a Moyano como emblema.

En esa línea, afirmó que el movimiento sindical argentino es el «más importante de América Latina» y afirmó que «no hay países grandes ni empresas poderosas sin una gran masa de trabajadores con salarios dignos y con derechos».

Fue en ese tramo en que hizo una analogía incierta, cuya única traducción es la defensa del monopolio sindical.

«Siempre se la pasaron hablando de democratizar los sindicatos (dijo sin precisar a quién se refería) y nunca se acordaron de democratizar los partidos políticos. La democracia es para todos, para los sindicatos, para los partidos políticos, democracia para todos los argentinos», afirmó.

¿Un mensaje a la Corte, a días del segundo fallo a favor de la libertad sindical?

La empatía entre el camionero y el Gobierno se tradujo en las presencias: además de la Presidente, en Vélez estuvieron Néstor Kirchner y medio gabinete: Aníbal Fernández, Carlos Tomada, Julio De Vido y Oscar Parrilli se acomodaron en el escenario, a los que se sumó el secretario de Comercio, Guillermo Moreno.

Blanqueo

Abundaron, además, otras figuras que transitan entre kirchnerismo y el moyanismo intenso: Carlos Kunkel, el judicial Julio Piumato, Héctor Recalde, algunos intendentes y ministros de Scioli. El staff se completó con la cúpula cegetista que venera a Moyano: del taxista Omar Viviani al maquinista Omar Maturano.

Ante ese puñado de dirigentes y sindicalistas, Cristina aprovechó para hacer un anuncio sobre el plan de blanqueo de trabajadores.

«Hemos logrado, merced a la moratoria -un informe de última hora- que más de medio millón de trabajadores, que hasta el año pasado estaban en negro, hoy están registrados y con trabajo decente», detalló.

Al rato, lluvia de papelitos, besos y sonrisas, marcha peronista con los dedos en V mientras en el centro la calle y la plaza eran de otros.

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