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Muerte y temor, en la ciudad geométrica que se tiñó de gris
Cristina visitó Tolosa, su antiguo barrio. Daños y víctimas.
Cristina de Kirchner
Sobre la vereda se reparten otros muebles: unas sillas, una pequeña mesa esquinera, unas cajas con ropa o platos. Unos nenes corren esquivando los bultos; sus padres miran impávidos sentados sobre un escalón la forzada exposición de su intimidad mayor, los colchones tirados al sol que todavía húmedos no podrán usar para dormir.
La postal, en Avenida 131 y 530, donde La Plata empieza a achatarse y se convierte en una sucesión de barrios ajenos a la explosión inmobiliaria del centro, se multiplicó ayer por miles: en la histórica Tolosa, ciudad que precede en su fundación a la capital provincial, en pleno casco urbano o en las barriadas, humildes y oscuras, de la periferia.
La ciudad a la que una geometría masona adornó de verdes mutó en otra: una pátina gris tiñó todo, apagó los colores del césped, manchó las paredes, oscureció el asfalto, opacó los autos. Cuando el agua comenzó a retirarse, quedó una ciudad silente y gris, una ciudad de película muda y en blanco y negro. La película de un éxodo trunco hacia ningún lado.
Hace seis horas que se fue el agua. Como el recuerdo inmediato de hasta dónde llegó la invasión, dejó su marca en las paredes: un hilito negro que en algunas zonas alcanza, casi, los dos metros de altura. Es el efecto del humo y el hollín del incendio en la destilería de YPF, en Ensenada, que mutó en lluvia ennegrecida.
Las calles de Tolosa, donde nació y se crió -y a las que volvió ayer- Cristina de Kirchner parecen una trágica y colosal feria americana: los muebles -camas, colchones, bafles, mesas, sillones, cajones y más cajones, televisores, juguetes, libros apilados- se despatarran en las veredas como si las casas los hubiesen vomitado.
Las puertas y las ventanas abiertas, en un ritual para espantar la humedad que dejó la inundación y, quizá, para exorcizar las horas dramáticas del agua avanzando sin control, veloz, arrasando todo y que produjo 48 muertes y 2.200 evacuados.
Una alfombra de barro y basura recubre las avenidas y se bifurca en las calles. Un colectivo de dos pisos, que el agua arrastró, se incrustó contra un paredón en 520 y 14. Otro se bandeó en Calle 7, al lado de un camión de YPF que intentó girar en U y, al quedar encajado, bloqueó el tránsito durante horas.
En las ramblas, en las plazas, en las rotondas quedan autos, algunos semihundidos, otros que treparon hasta la cima, a los que el agua rodeó en plena noche. Se cuentan de a cientos las historias de personas atrapadas en las calles, dentro de sus autos, que esperaron horas trepadas al techo o al capó.
Afuera, en los barrios pobres, ya no hay autos. En La Granjita, y en Las Rosas, en Melchor Romero, a cinco kilómetros de la Catedral, el desborde de los arroyos generó una monumental pileta de más de un metro de agua. Anoche se multiplicaban los piquetes para pedir alimentos, colchones y ropa.
"Ocurre cada dos años. Siempre igual", dice "el Mono", uno de los muchachos que cortó la avenida a las 8 de la mañana y a las 6 de la tarde todavía seguía ahí, cada vez más iracundo, parecía que dispuesto a cualquier cosa. Desde unas cuadras, dos efectivos pasaban informes.
No muy lejos, un supermercado VEA fue saqueado. Carrefour decidió no abrir sus puertas; más por prevención que por problemas de logística. En las afueras, aunque todavía es temprano y todo está en calma, algunos comerciantes prefieren atender con la puerta cerrada, por la ventanilla: en un almacén de 143, hay una cola de casi treinta personas sobre la vereda.
El operativo de seguridad, con 400 efectivos, que anunció Ricardo Casal es para evitar el lado turbio de las tragedias: que en la noche, con parte de la ciudad a oscuros, casas deshabitadas o incomunicadas, se multiples asaltos, ataques y saqueos.
Hasta ahí no llegó la presidente.
Cristina caminó por 523 y 6, su antiguo barrio, con su luto inalterable, junto a Sergio Berni que casi de madrugada se instaló en Tolosa y su vocero; Alfredo Scocimarro. Llegó en helicóptero y recorrió las calles, y habló con los vecinos.
"Me previnieron sobre la necesidad de medidas para asegurar" sus pertenencias dijo, luego, desde la Gobernación. "Hay temor a los saqueos" puntualizó.
"Se lo que es la inundación porque cuando era chica, tendría 13 años, cuando todavía no estaba entubado el Arroyo del Gato, entró el agua en nuestra casa de madrugada, en el momento que estas indefenso. No teníamos ni teléfono. Sacábamos y sacábamos agua..." relató.
El arroyo del Gato, que atraviesa la ciudad de norte a sur, no alcanzó para desagotar los 311milímetros de lluvia caídos en algo más de tres horas. La cercanía de ese afluente, entubado hace años, fue uno de los puntos máximos del desastre, que dos inundaciones atrás potenció el trazado de la autopista que funcionó como un dique que impidió el escurrimiento del agua..
"Tengo a mi vieja que vive en la misma casa, con un yerno presidente (Néstor Kirchner) y una hija presidente. Y no tiene luz y agua, como cualquier vecino" dijo Cristina. Temprano, por radio, Ofelia Wilhem, contó que el agua llegó hasta la puerta de calle pero no ingresó a su vivienda.
"No se quiere ir porque dice que el techo gotea" contó, más tarde, la presidente luego de participar, junto a Daniel Scioli, del comité de Crisis montado en la Gobernación.
El Ejército, Gendarmería, el grupo Halcón, bomberos, Defensa Civil, la Policía bonaerense y la Cruz Roja, además de los sistemas de asistencia de los ministerios de Desarrollo Social y del municipio, desplegaron una logística propia de una zona de catástrofe.
Eso fue. Una catástrofe con 48 muertes, millonarios daños materiales que difícilmente créditos o subsidios logren compensar y el pánico de los platenses de saberse vulnerables y expuestos, y de tener que empezar a medir el tiempo según la cronología fatal de las inundaciones: la última, la de 2009, la del 2008.
Convivir con la ironía de que en una ciudad de geometría perfecta, con sus preciosismos y sus diagonales temerarias, el agua forastera y sin memoria no sepa por donde irse.

