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“Muestro una institución en decadencia que se derrumba”
Ferreyra: “Rompí la cronología para que la novela se arme como un rompecabezas y que los lectores puedan advertir la relatividad de la vida. La ruptura de lo cronológico muestra cómo comedia y tragedia conviven permanentemente”.
Periodista: ¿Cómo aparece en usted la idea de contar la decadencia de una familia de clase alta, una tradición narrativa argentina que parecía echada al olvido, y que tuvo entre sus mayores exponentes a Manuel Mujica Láinez?
Gustavo Ferreyra: Hay cuestiones de este libro que vienen de mis libros anteriores. El tema de la familia ya estaba, sobre todo en la relación del poder dentro de la familia. Por otra parte, hay cosas de mi pasado familiar. Si bien el protagonista, Sergio Correa Funes, no tiene nada que ver conmigo, hay cosas en las generaciones anteriores que tienen que ver con mi familia. Mi abuelo fue un estanciero que perdió estancias, mi abuela paterna lo mismo. Mi padre está bastante en la novela. Fue voluntario en la Segunda Guerra, se sumó a las Fuerzas Francesas Libres para pelear en África bajo las órdenes del coronel Duclos, uno de los hombres del general Leclerc, y luchó en el Sahara, en Libia. Y después, cuando regresó, se opuso a Perón, y participó en 1951 del golpe del general Menéndez. Y escapa a Montevideo y de ahí a París, gracias a los servicios secretos franceses. Vuelve en 1957. Forma una familia, y se dedica a manejar un taxi.
P.: ¿En su novela, que por momentos remite a sagas familiares como las de Thomas Mann, buscó hacer una novela de familia contra la familia?
G.F.: Totalmente. En La familia proyecto esa decadencia hacia el futuro mostrando una institución que finalmente se derrumba. Por eso ese momento del año dos mil ciento y pico donde nuestro humilde Correa Funes aparece como profeta en Nueva York, que sería la primera ciudad en el mundo donde la institución familiar se derrumba en términos jurídicos.
P.: Sergio Correa Funes, es un licenciado en filosofía que trabaja de bancario, escribe un ensayo, que será rescatado y convertido en bandera en el futuro, sobre Vida y sujeto.
G.F.: Trata del sujeto, en tanto consciencia, y los mecanismo de la vida. Planteo algo que ha estado en la filosofía acaso constantemente, el enfrentamiento entre los mecanismos de la especie por un lado y la conciencia del sujeto humano por otro. Un choque permanente. Correa Funes que tiene una formación más clásica, debido a que se forma en la universidad de los tiempos del Proceso, y llega hasta los pensadores de fines del siglo XIX. No tiene demasiada noción de los pensadores franceses del siglo pasado, ni siquiera tiene demasiada noción del psicoanálisis. Plantea que la humanidad está dividida entre los servidores de la vida y los servidores del sujeto. El conflicto humano lo simplifica en esos dos grandes bandos. Es del algún modo la síntesis de su conflicto. Por un lado tiene ciertas ideas que irían contra la familia, de ahí a ese ensayo que escribe, pero por otro lado su inserción en la vida social lo lleva a formar familias, él forma dos. Ese ensayo lo escribí antes que la novela. Durante el plan novelístico me apareció la idea de un ensayo final que iba a escribir el protagonista. Había pensado cómo se iba a enfrentar a la familia como institución. Por primera vez escribí el final antes de empezar la novela. Bueno, en un ensayo que está ad hoc, un poco a propósito.
P.: Se ha comentado el carácter nietzscheano de ese ensayo, pero también se lo podría pensar ligado a las ideas del individualismo extremo de Ayn Rand, la autora de La virtud del egoísmo.
G.F.: No conozco a Ayn Rand, pero Correa Funes supone que el liberalismo termina así, en un individualismo exasperado donde toda institución comunitaria termina abolida, y la familia es una institución comunitaria. Hay una corriente de anarco-liberalismo que sostiene esas ideas. Borges algo de eso tenía, una especie de anarquismo conservador.
P.: En la historia de la decadencia de una familia opulenta el final suele ser el del hijo que dilapida los últimos bienes, en este caso Correa Funes baja de clase y se vuelve un rebelde y por sus ideas llega a convertirse en pancarta, ¿es una ironía respecto a Ernesto Guevara?
G.F.: Hay como un paralelismo. Correa Funes termina siendo el argentino que también llega al poster pero por un lado ideológico completamente opuesto. Ambos pertenecen a familias tradicionales, de doble apellido, venidas a menos. En mi caso, una familia tradicional de Córdoba venida a menos que termina en mi padre con una vida aventurera, de combatiente, de búsqueda de lo excepcional, de intentar un final de acción.
P.: ¿Qué lo llevó a lazarse a escribir una novela tan extensa?
G.F.: Yo en general no tengo novelas cortas. Los editores tienden a achicarme la letra para reducir costos [Se ríe]. Así esta parece tener sólo 570 páginas. Escribirla me llevó tres años. La pensé como un pináculo de todo un período literario mío. Pensaba culminar con algo que me involucrara mucho, donde me jugara literariamente. Uno intuye que de pronto puede poner toda la carne al asador, y creo que lo hice con esta novela.
P.: Su obra podría llevar al lector a andar alternando capítulos como en la Rayuela de Cortázar, dado que su novela va a los saltos de 1925 (y aún antes) a 2005 (y aún después).
G.F.: Es cierto, yendo a 2106. Con la ruptura de la cronología busqué una novela que se armara como un rompecabezas, donde hay una totalidad que el lector va armando de a fragmentos, construyendo a medida que lee. Romper la cronología me permite que los lectores puedan advertir la relatividad de la vida. En la cronología uno fácilmente cae en lo absoluto del momento, la tragedia, la comedia, la alegría, es algo inevitable. La ruptura de lo cronológico muestra cómo comedia y tragedia conviven permanentemente. Ese ir y venir es algo que ya había hecho en la novela El director. Si al escribir yo no necesito volver atrás, creo que el lector tampoco, se suma a la aventura y arma él puzzle.
P.: ¿Qué siente que buscó decir, más allá de la trama, de los sucesos históricos, las peripecias de acción, de la especulación filosófica de su personaje?
G.F.: Es una novela que tiene algo conflictivo para mí, dado que hay cuestiones de familia, aunque yo me he borrado, y he borrado a los seres vivos de mi familia, por decirlo de alguna manera, porque tampoco me interesaban más que algunos rasgos familiares, que por otro lado están bastante trucados, disfrazados, mezclados, cambiados. Pero eso me provocaba cierto temor. Tenía miedo de que saliera, de que se publicara, por esas cuestiones familiares, por razones del corazón. Así que tardé en digerir ese tema. No he alcanzado la distancia que permite saber qué se ha dicho con lo dicho. Recuerdo que cuando salió le dije a la editora: cuando me la des la novela se me va a caer de las manos. Bueno, bueno, vamos a llamar a una unidad de enfermería cuando te la entregue [Se ríe].
P.: ¿Ahora que está escribiendo?
G.F.: La familia la escribí entre 2006 y 2009, y del 2009 hasta ahora he escrito tres novelas. Es decir que tengo tres novelas inéditas. Esto no es raro porque vengo publicando con atraso. Tengo material acumulado. La nuevas son tres novelas que continúan una anterior, Piquito de oro, que es la historia de un sociólogo, en cuya escritura hubo una cierta felicidad. En esa novela había algo pendiente de Piquito, con la filósofa con la que convive, sus aventuras y desventuras en medio de la crisis de 2002, y la necesidad de asumir una adultez que nunca termina de asumir, y por otro lado está historia del médico que asesinan en la puerta de la casa de Piquito, y hay un vínculo entre esas dos historias que esta veladamente sugerido. En las tres novelas siguientes todo eso se aclara. Y se ve el futuro de Piquito, que se pone un poco más negro, que ya bordea con la locura. Va derivando a lo mesiánico. En diciembre terminé la novela que cierra la tetralogía Piquito de oro, Piquito a secas, Que lo que sea continúe, y Sin espalda, éstos son títulos provisorios.
Entrevista de Máximo Soto


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