27 de abril 2010 - 00:00

“Mujeres terribles” examina un vínculo más que literario

Noemí Frenkel, como Alejandra Pizarnik, y Marta Bianchi, como Silvina Ocampo, en «Mujeres terribles» que sube a escena mañana.
Noemí Frenkel, como Alejandra Pizarnik, y Marta Bianchi, como Silvina Ocampo, en «Mujeres terribles» que sube a escena mañana.
Basada en textos, cartas, entrevistas y testimonios personales de Silvina Ocampo y Alejandra Pizarnik, «Mujeres terribles» indaga en el mundo creativo de ambas escritoras y en el apasionado vínculo que las unió, un tema que para sus familiares y herederos todavía sigue siendo tabú. Con dramaturgia de Marisé Monteiro y Virginia Uriarte y dirección de Lía Jelin, la pieza subirá a escena mañana a las 20 en la Sala Muiño del Centro Cultural San Martín (Sarmiento 1551, 4° piso). En los papeles protagónicos Marta Bianchi y Noemí Frenkel, de cabello corto para acentuar su parecido con la poeta suicida. Este espectáculo participa del ciclo «Mujeres en la literatura» que incluye un debate sobre la obra de Ocampo y Pizarnik (al final de cada función) y una muestra fotográfica encabezada por Sara Facio. Dialogamos con la directora de «Mujeres terribles».

Periodista: ¿Cuán teatral es esta propuesta?

Lía Jelín: No sigue una dramaturgia tradicional, es como un videoclip. La acción transcurre entre los años 1967 y 1972 y en la sumatoria de escenas se va entendiendo la historia. Lo interesante de esta propuesta es que Uriarte y Monteiro no añadieron textos propios sino que utilizaron citas auténticas, extraídas de cuentos, poemas, cartas y diarios íntimos de las dos escritoras.

P.: ¿En qué temas hicieron hincapié?

L.J.: Básicamente, en la pasión de ellas por la literatura. No es una versión de lo que sentían o pensaban, es el testimonio directo. La relación entre ambas estuvo marcada por la admiración mutua. Pizarnik, sobre todo, sentía adoración por Silvina Ocampo. Y también sabemos que Silvina ejercía una gran seducción sobre la gente y que a la vez era cruel, mezquina, solitaria, y que sufría muchísimo por las infidelidades de Adolfo Bioy Casares. Se sentía menoscabada por la amistad que su marido tenía con Borges. Siendo ella una gran narradora -no una gran poeta, porque para mi gusto era un poquito afrancesada- nunca pudo penetrar en ese lugar de creación y complicidad que ellos compartían.

P.: ¿Qué destacaría del vínculo entre estas dos mujeres?

L.J.: Lo que más me fascinó fue el hecho de que en este cielo argentino hayan aparecido, al mismo tiempo, una aristócrata como Ocampo, de familia de alcurnia, y esta hija de inmigrantes rusos, una judía de Avellaneda de familia trabajadora, siendo las dos fabulosas escritoras. Pero también resulta sorprendente el paralelismo entre sus respectivos universos poéticos. Por ejemplo, en temas como la soledad, el mundo de la infancia y en la relación casi física que ambas tenían con las palabras.

P.: Por sus diferencias sociales y generacionales no parecían destinadas a encontrarse.

L.J.: Y sin embargo se cruzaron. Fue en la casa de Sara Facio, después de haber aparecido, en la revista «Sur», una elogiosa crítica de un libro de Silvina firmada por Pizarnik.

P.: ¿Por qué se distanciaron?

L.J.: Le digo lo que yo pienso de la relación: para Silvina fue un encuentro y para Alejandra una obsesión.

P.: En una de las cartas que publicó Ivonne Bordelois en «Correspondencia Pizarnik», le declara su amor a Silvina y también a Bioy.

L.J.: Después se decepcionó: «Yo le dejé ver mi herida central y ahora ¿qué soy? un maniquí desarticulado ante sus ojos». Con el alejamiento de su amiga, Silvina perdió a su más ferviente admiradora. Es más, poco antes de morir (en 1972) Alejandra ya estaba en relación con otra mujer.

P.: Nunca se oficializó su lesbianismo.

L.J.: La hermana tapó todo, pero todo, todo. Nadie de su entorno quiso hablar. La familia de Silvina tampoco. Pero nos enteramos de algunas historias a través del ciclo «Secretos de familia», de Magdalena Ruiz Guiñazú. Una de las sobrinas de Silvina contó ante la cámara lo tremenda que había sido su tía. Incluso reveló que a sus 16 años, Bioy y Silvina la llevaron con ellos a su luna de miel y entre ambos la iniciaron sexualmente. Cuando Victoria se enteró del asunto armó un lío tremendo. Se pelearon a muerte. Y todo eso se pasó por televisión.

P.: ¿También investigaron por el lado de Pizarnik?

L.J.: Sí, hemos investigado muchísimo. Noemí Frenkel, por ejemplo, se encontró con Fernando Noy y con la hermana menor de una actriz, que para la misma época estuvo internada en el Pirovano, junto a Pizarnik, también por un intento de suicidio. A ella lo que más le gustaba era tomar pastillas.

P.: Porque sufría de insomnio.

L.J.: También tomaba antidepresivos y dormía abrazada al retrato de Enrique Pichon Rivière. ¡Otra de sus obsesiones! Pero Pichon Rivière la reventó, le daba anticonvulsivos para epilépticos. Ella los llamaba «mis pequeños ataúdes» porque las pastillitas tenían esa forma. Tarareaba todo el tiempo «Moritat» y era muy alegre e ingeniosa; pero en el último tiempo sufría mucho porque no podía escribir. Su mayor preocupación era vaciarse de palabras.

Entrevista de Patricia Espinosa

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