17 de mayo 2011 - 00:00

Murió James Cheek, el hombre al que se le escapó la tortuga

Cheek, diplomático, lobbista y fanático «cuervo».
Cheek, diplomático, lobbista y fanático «cuervo».
Muchos conocen que el eufemismo «se le escapó la tortuga» es original de Diego Maradona, pero pocos recuerdan que el destinatario de su ironía fue el entonces embajador de Estados Unidos James Cheek, que falleció ayer en su Little Rock adoptiva. Había nacido en Decatur (Georgia) en 1936.

Cheek había exhibido el reptil, mascota de su hijo, caminando por las alfombras del Palacio Bosch, residencia del embajador, pero un día comunicó que había puesto a todo el personal de seguridad a buscar la tortuga, que había desaparecido. En la primera de las ocasiones en que Maradona se enfrentó con el Departamento de Estado (por entonces le negaron la visa para ingresar a Estados Unidos) acuñó la frase que perdura casi dos décadas después.

Pese a su aspecto simple, su acento de Arkansas y su fama de despistado, Cheek era cualquier cosa menos un «perdedor de tortugas»: enarbolando en toda ocasión la bandera de su querido San Lorenzo de Almagro (que tiene los mismos colores que la de Estados Unidos), cerró negocios e inauguró la etapa de «relaciones carnales» con Buenos Aires.

Cheek llegó a la embajada en julio de 1993, sucediendo a Terence Todman, y permaneció en el cargo hasta diciembre de 1996. Era miembro del círculo íntimo del gobernador de su estado que luego llegaría a la presidencia, Bill Clinton.

Anudó una estrecha relación con Carlos Menem, el canciller Guido Di Tella y el ministro de Economía Domingo Cavallo, pero también se hacía tiempo para ser compañero permanente de Fernando Miele en el palco de honor del Nuevo Gasómetro.

Cuando San Lorenzo salió campeón en 1995 -tras 21 años de sequía-, fue al programa del animador-empresario Marcelo Tinelli de azul y colorado de pies a cabeza, galera incluida. Pero «cuervos» o no, miles de argentinos pudieron viajar sin visa a Estados Unidos, franquicia abolida tras la crisis de 2001.

Buenos Aires fue su último destino diplomático; después de jubilarse y como la Argentina ofrecía no pocas posibilidades a un hombre de sus habilidades, fue director y lobbysta de grupos como Azurix, la concesionaria del servicio de aguas y cloacas de la provincia de Buenos Aires que salió poco menos que expulsada del país por incumplimiento de contrato. Azurix era, además, subsidiaria de Enron, protagonista del mayor fraude contable de la historia de Estados Unidos.

Tampoco le fue bien con el grupo Ogden, que intentó construir un shopping center y un complejo de cines en La Rural, pero que no pudo derrotar la oposición de los vecinos. Sin embargo, representando a Ogden -socio minoritario de Eduardo Eurnekian- fue miembro del directorio de Aeropuertos Argentina 2000 y también de LAPA, la aérea comprada por Eurnekian tras el accidente que finalmente la haría desaparecer.

Participó de uno de los episodios más complicados de las privatizaciones argentinas: como miembro del directorio de American Airlines, Cheek fue la «liaison» entre la aérea estadounidense y Aerolíneas Argentinas, que fue gerenciada por American durante dos años, pese a que su dueña era la española SEPI (órgano estatal para inversiones privadas). La gestión terminó en ingentes pérdidas económicas y de prestigio para la línea de bandera, que desembocaron en la desprolija venta al español Grupo Marsans y la debacle que aún perdura.

Finalmente, en 2002 debió declarar ante la Justicia por una denuncia contra Ciccone Calcográfica que supuestamente había impreso bonos del Estado «mellizos». En esa ocasión tampoco se le escapó la tortuga: salió indemne del proceso.

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