Murió Sergio Avello, el pintor de la bandera

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Ayer murió Sergio Avello, un artista de culto querido como pocos en el ambiente artístico, que recién en estos últimos años disfrutó del reconocimiento público. Murió después de librar una larga batalla contra el cáncer, que desde el inicio ya estaba perdida. Auque lo suyo no tenía cura, luchó contra la enfermedad desde un doble frente: sometiéndose voluntariamente a un tratamiento devastador tras otro, y con un optimismo tan poderoso que recién decayó en los últimos días, antes de entrar en coma.

Por las vueltas del destino, Avello, el pintor de nuestras banderas, murió en las vísperas de una fecha patria. A lo largo de estos meses, este artista valorado ante todo por los propios artistas, pudo dar prueba de un humor indoblegable. Convirtió el sanatorio en un lugar de recepción social, al punto que cuando no podía recibir visitas, el teléfono que atendía con la mayor cortesía, no paraba de sonar.

El nombre de Sergio Avello comenzó a trascender en 2003, cuando exhibió en el Fondo de las Artes una muestra acompañada por un texto de Ernesto Montequín, que daba cuenta de sus méritos y de su vida, desde que llegó de su Mar del Plata natal a la noche under de los años 80.

Hay obras que muestran su genio, como la serie dedicada a la bandera de Boca Junios, que poco a poco se trasforma en la de Argentina, o «Polecelis», las pinturas que parodian a las celebridades de la abstracción. Pero su obra consagratoria es la radiante «Bandera argentina» que presentó en la Bienal del Mercosur. Como elocuente símbolo de los avatares que han signado nuestra historia, unas luminosas bandas blancas y celestes se van encendiendo hasta brillar, pero como si el mecanismo que las alimenta se hubiera agotado, comienzan a titilar hasta casi apagarse. Y luego, de vuelta a empezar; como en la vida real.

En la explanada de ingreso al Malba está emplazada otra obra significativa: «Volumen», que funciona como un despertador de la conciencia. La torre, un gigantesco semáforo cargado de luces verdes, amarillas y rojas, emite señales luminosas en la puerta del Museo. Del fárrago urbano, del incesante ir y venir del tránsito y la gente que circula por la calle, Avello logró abstraer el ruido ambiental y tornarlo visible a través de la luz. Vale la pena detenerse a ver esa maquinaria. Sensibles como el oído de un músico, los focos amarillos delatan hasta el más mínimo sonido; los rojos se encienden todos a la vez con el paso de los aviones y palpitan de acuerdo al volumen de los bocinazos, frenadas y arranques; las luces verdes, indicadoras del silencio, irradian su benéfico resplandor cuando ha pasado la medianoche.

Así, derramando una luz que baña gratamente el espacio, el luminoso mensaje de Avello continuará llamando nuestra atención sobre éstas y otras cuestiones de la convivencia humana.

A.M.Q.

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