No cambia nada

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No hay una manera más elegante que dilatar una decisión importante que organizar una reunión. Y así fue. La orden bajó bien clara, el lunes 28 de diciembre sólo darían el presente en el predio de Ezeiza el mínimo necesario de la planta permanente de los empleados del campo de entrenamiento. Se necesitaba absoluta reserva y había que ajustar todos los detalles, nadie quería dejar suelto un cabo y que tomara estado público detalles de la cumbre, sino se tornaría un verdadero conventillo...

De a uno fueron llegando los integrantes del cuerpo técnico, es decir, Alejandro Mancuso y Héctor Enrique, los entrenadores de los juveniles Sergio Batista, José Luis Brown, Oscar Garré y Julio Olarticoechea, el profe Fernando Signorini, Carlos Bilardo en el papel de manager, Diego Maradona en su rol de seleccionador y Julio Grondona como piloto de tormentas, intentando poner un manto de adultez en un grupo de muchachos ya grandecitos que ventilan mediáticamente sus insalvables diferencias, que pertenecen al génesis de este ciclo en noviembre de 2008.

Las balas verbales que se dispararon Mancuso y Bilardo en la previa del último compromiso de la Selección argentina en Cataluña llevaron a un límite que se acercó mucho al mal gusto y poco al de una convivencia armónica de un cuerpo técnico que pretende manejar el rumbo de un plantel que aspira, y tiene con qué, a ser protagonista estelar en el Mundial que disputa en menos de seis meses. Promocionando su particular programa radial Carlos Bilardo había anunciado que iba a «decir todo» por el éter de su enfrentamiento directo con Mancuso. Y todos sabemos que apuntarle a Mancuso y hacerlo a la mano derecha de Maradona es lo mismo. Ahí, en esa amenaza pública, apareció la imagen de Julio Grondona, que en un par de llamados convocó a todas las partes, para, lejos de un tono conciliador, poner a cada uno en su lugar, incluso a los hombres que él mismo ubicó del cuerpo dirigencial de AFA, que tienen como única misión aportarle información de primera mano del sainete interno del cuerpo técnico.

Como era de esperar, Bilardo hizo silencio público, luego de tener un duro cruce en la reunión con Alejandro Mancuso. «Nada garantiza que no vuelva a ocurrir lo mismo, pero para mí ya está todo aclarado». Quizás haya sido ésta la frase más precisa del manager, porque ni el peor de los autores de cualquier culebrón latino podría imaginarse que acá ya se ha dicho todo. ¿En qué quedaron? Que las reuniones serán semanales, que el próximo 17 de enero cuando Diego viaje a Sudáfrica a conocer en directo la concentración de la Universidad de Pretoria, donde Argentina vivirá en la estadía mundialista, será acompañado por Bilardo, Mancuso y los preparadores físicos de la Selección, a pesar que el DT también debe cumplir con algunos compromisos personales en aquel país como algunas clínicas de fútbol que ya se había comprometido a realizar en suelo sudafricano en la época del sorteo del Mundial, las cuales no pudo cumplir por la sanción impuesta por FIFA, que gracias a Dios tampoco le permitió hacer pública su posición en este conflicto.

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