«Grondona me mintió, Bilardo me traicionó», disparó el 10, conformando, junto a su sin igual autoría, una de las frases del año.
Conocedor de quienes estaba hablando Diego le apuntó exactamente al punto neurálgico donde más podía llegar a dolerles a sus nuevos (viejos) enemigos públicos. Don Julio fue escueto: «Yo no le mentí a Maradona», pero el doctor, cargó, apuntó y disparó con munición de grueso calibre.
Las metáforas que utilizó el doctor tiene mucho de directo, no hay una doble lectura y es entendible que un hombre, con una trayectoria sobre sus espaldas que acumula, ni más ni menos que una Copa del Mundo y una final, salga a contestar con la misma metodología, por los medios, pero surge una pregunta elemental, ¿por qué en su rol de mánager no luchó, privada o públicamente, por la poca capacidad que ahora señala en los integrantes del cuerpo técnico? No es el único que muestra su impuntualidad para acusar. Diego hace más de un año ya hablaba de la presencia de Bilardo «por las dudas» que él fallara, pero sin embargo, siguió en puesto de DT. ¿Por qué si veía traidores en cada decisión no hizo muestras de quiénes en la historia de nuestro fútbol? Por el lado de Grondona tampoco hubo muestras de autoridad a lo largo del ciclo, directa e indirectamente, no para removerlo sino, al menos, para generar una civilizada convivencia.
Tanta frontalidad, tanta carencia de filtros y hasta de buen gusto, que han mostrado los tres actores principales de esta película (también los protagonistas secundarios) no han alcanzado para hacer la autocrítica del caso y, es más, han logrado que no se hable de uno de los puntos más importantes para analizar, las razones por las que Argentina desperdició un plantel estelar sin haber logrado superar nuevamente los cuartos de final de un Mundial.


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