13 de septiembre 2011 - 00:00

No hay otro país para entender la pasión del rugby

Santiago Phelan dio el equipo de Los Pumas que enfrentará el sábado a Rumania. Se producirán los ingresos de Lucas González Amorosino y Marcelo Bosch.
Santiago Phelan dio el equipo de Los Pumas que enfrentará el sábado a Rumania. Se producirán los ingresos de Lucas González Amorosino y Marcelo Bosch.
Queenstown. - Las razones del fanatismo que en Nueva Zelanda tienen por el rugby son de difícil explicación. Nadie las termina de comprender, ni siquiera los locales, que buscan siempre el contacto con el visitante y con quienes el pasaporte al diálogo pasa por este juego. La presencia de Rugby World Cup en este país se ve justificada a partir del fanatismo que hay en cada pueblito, en cada ciudad, en cada esquina.

Dos días después del partidazo de Los Pumas contra Inglaterra en el fantástico estadio de Dunedin, recorrí varios kilómetros por las rutas de la Isla Sur, yendo a Queenstown vía Invercargill, próxima sede de Los Pumas.

Un ejemplo claro es el de Crafton, un puñado de casas sobre la Ruta 6. Con un cartel sobre la ruta se les da la bienvenida a los visitantes extranjeros. Y las banderas negras con el helecho marcan la preferencia por su seleccionado. Y ese ejemplo se multiplica por la cantidad de gente que habita estas hermosas islas.

Una razón de la pasión la cuenta Herbert, propietario de un restorán en Invercargill. «Al ser un país remoto, que tardó en sumarse al mundo, lo que nos identificaba y nos daba una real dimensión internacional era el rugby.» A los 60 años reconoce que «cuando crecíamos no había mucho para hacer más allá de jugar al rugby. Este deporte nos marcaba como personas».

Hoy Nueva Zelanda es un país que está al día con todas las novedades del mundo, al que no le falta nada en cuanto a confort o a la capacidad tecnológica. Y como con todo, la influencia del rugby en la sociedad neozelandesa fue decreciendo, aunque no deja de ser lo que marca el ritmo del país.

Para que el Mundial sea perfecto, mejorando lo visto en tres días de partidos -viernes, sábado y domingo-, tendrían que salir campeones los All Blacks. Esto puede que venga de un argentino que reconoce que son pocos los países con chances de levantar la Webb Ellis Cup y entre esos no está su país.

Volver a las raíces

La decisión de jugar el torneo aquí se basó en la necesidad de volver a las raíces de un deporte por demás pasional. Y fue una decisión buena, mas allá de las diferencias económicas de hacerlo en un mercado como el europeo. Porque la manera en que el país se sumó a la fiesta, la forma en que todos los neozelandeses se acercan a los visitantes con una mano extendida así lo confirman.

Pasaron pocos partidos y por lo visto, el nivel de los supuestos equipos más chicos marcó una mejora respecto de lo visto hace cuatro años -y todavía falta ver en acción a naciones como Georgia, Samoa, Canadá o la debutante Rusia-.

Crece la ansiedad de todos por seguir disfrutando un Mundial que muestra lo mejor de un país. Lo que marca que los muchísimos argentinos que se la jugaron y volaron por encima de la Antártida estuvieron acertados. Con sólo tres días de rugby, ya se sabe que no hay otro país como Nueva Zelanda para entender la pasión por el rugby.

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