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No hay una victoria más amarga
El «president» se tendió la trampa perfecta al cometer uno de los pecados que en política suelen sepultar carreras. Se dejó llevar por el oportunismo y se notó demasiado. En consecuencia, quedó en una situación de debilidad tal que, por un lado, traba el proceso de independencia anunciado y, por el otro, lo ata de pies y manos en un momento en que las cuentas asfixian.
Mas venía llevando una serie de recortes draconianos que competían con los implementados por José Luis Rodríguez Zapatero, primero, y Mariano Rajoy, después. Hasta allí, ninguna sorpresa. CIU es un partido pro mercado, que combina corrientes progresistas y conservadoras en lo social con sólidos lazos clientelares en la Cataluña profunda y subsidios a la prensa a niveles exacerbados.
Para dar un marco, baste recordar las expresiones de José Antoni Durán Lleida, el segundo de CIU, el día en que el Gobierno argentino estatizó parte de los activos de Repsol en YPF: «La presidenta Cristina Fernández está en manos de un grupo radical marxista y confirma que sigue las huellas populistas de Chávez». No es sólo una cuestión ideológica. La Caixa catalana es uno de los principales accionistas de la petrolera.
Convergencia gobernó Cataluña desde el retorno de la democracia, excepto entre 2003 y 2011, con una lógica electoral muy eficiente. Otorgó apoyos parlamentarios a Felipe González y José María Aznar en Madrid a cambio de fondos para Barcelona. Combinó un discurso duro de cara a su electorado en los pueblos catalanes y negoció en los despachos de la capital. La amenaza de independentistas «radicales» de Cataluña, la región con voto más de izquierda de España, era suficiente para sentar al PP y al PSOE a la mesa de negociaciones.
En eso andaba Artur Mas, complicado en estas épocas de vacas flacas, cuando una enorme manifestación callejera de la que participó cerca de un séptimo de la población catalana sorprendió a todos hace dos meses. El sentimiento nacionalista había crecido en forma vertiginosa al calor de la teoría de que Cataluña está siendo succionada por la burocracia española.
El jefe de Gobierno se entusiasmó con encuestas que llegaron a otorgarle el 60% de las bancas del «Parlament» y cambió el perfil de su partido desde el nacionalismo moderado al independentismo. Desató así odios con Mariano Rajoy, pese a su cercanía ideológica.
Pero las pasiones decantaron y ayer se quedó casi sin el pan y sin la torta. Un pacto con ERC para dar cabida a sus promesas de independencia violentaría las convicciones pro mercado de Mas y rompería la relación con el Gobierno central. Aliarse con el PSOE no sólo no le sería suficiente sino que hoy es piantavotos. Y asociarse al PP y otros conservadores tornaría más obscenas tantas volteretas.

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