- ámbito
- Edición Impresa
Norah Borges no desentona entre nuevas generaciones
«Hélices», de Norah Borges, una excepción en la lista de nuevas obras que ingresaron al Malba, y un acto de justicia con una artista que está en los principales museos del mundo, pero no en nuestro Bellas Artes.
Si bien el listado de artistas se abre hacia la vanguardia y las nuevas generaciones, el conjunto de obras reunido vuelve a confirmar que la tendencia de los ingresos a la colección está centrada en la década del 90. De hecho, la estupenda obra de Norah Borges (1901-1998) que compraron este año, es una verdadera excepción. Se trata de «Hélices», un libro de poemas de Guillermo de Torre (escritor ultraísta casado con Norah), con la sobrecubierta pintada por la artista con unos círculos de colores, que como señala el español Juan Manuel Bonet al mencionar esta pintura, evocan el estilo de Sonia Delaunay. El texto de poemas, publicado en 1923 por la Editorial Mundo Latino de Madrid, tiene ilustraciones del uruguayo Rafael Barradas en la portada y tres grabados en madera de Norah en el interior. La esplendorosa pintura de Norah en la sobrecubierta mantiene relación estrecha con los versos que De Torre le dedica a Delaunay, ostenta el carácter decorativo compartido por ambas artistas. La francesa, de origen ruso, fue una brillante diseñadora de telas y encuadernaciones, la diva del art déco; la argentina, estudió en Ginebra las bases del arte académico y, además, se sabe que cursó arte decorativo con Madame Cateret.
Es notable, pero la dimensión ornamental y la ausencia de prejuicios ante la palabra «decorativo» pronunciada sin ruborizarse, acaba por poner en evidencia cierto parentesco entre Norah Borges y los artistas de una significativa vertiente de los años 90. Los separa casi una centuria y los une una lejana filiación. Entre las nuevas adquisiciones hay una escultura enrulada de Jorge Gumier Maier y unas tintas juguetonas de Marcelo Pombo de la serie «Dibujos en Puerto Madryn» de 1995, trabajos que comparten con el libro de Norah, no sólo el breve espacio de la muestra (algo acorralada por Warhol) sino también el deseo de regodearse en la belleza. Junto a estas obras, la sensibilidad de Norah cobra vigencia, se vuelve fresca y actual.
«Hélices», es un regalo de Norah a una historiadora del arte allegada al Malba, pero lo importante es el ingreso de este primer trabajo al Museo. La artista, figura clave de la vanguardia española y argentina, integra las colecciones del Museo Reina Sofía de Madrid y de Arte Moderno de Nueva York, entre otras, aunque está ausente en el Museo Nacional de Bellas Artes. Lo cierto es que los museos contribuyen a forjar el gusto del público y de los coleccionistas que atesoran nuestro arte, responsabilidad ineludible que cobra visibilidad al cotejar las colecciones públicas y privadas, donde Norah todavía es una rareza, acaso porque los indolentes gestores de nuestras instituciones no han reparado en ella.
Sin embargo, este año se ha convertido en protagonista. Un ejemplar de la revista internacional «Romance Studies», editada por la académica de la Universidad de Belfast, Roberta Quance y por Fiona Mackintosh, está dedicado a la artista y cuenta con lúcidos ensayos en inglés y en español de Quance, Eamon McCarthy, Vanessa Davison, Daniel Nelson, Mackintosh y dos textos de Norah Borges. Entretanto, la revolución informática aporta lo suyo a la ho-ra de saber quién es quién en el arte. La Biblioteca Nacional de España digitalizó gran parte de su hemeroteca (http://www.bne.es/es/Catalogos/HemerotecaDigital/index.html) La búsqueda «Norah Borges» descubre varias páginas donde se pueden leer los diarios y revistas de España, con sus ilustraciones y las críticas de algunas muestras, como la de los Artistas Ibéricos en 1936 en el Jeu de Paume, cuando Norah expuso con Miró y con Picasso.
El mes pasado, la diplomática May Lorenzo Alcalá publicó «Norah Borges: La vanguardia enmascarada», ensayo que se sostiene en una exhaustiva investigación y cuya lectura resulta grata y amena, más allá de la profusa información que aporta. En términos generales, los textos destacan que Norah quedó marginada de los circuitos de consagración por su condición femenina, a pesar de «que a primera vista la acogida es calurosa», como dice Quance refiriéndose a los elogios de sus pares vanguardistas. Ella, que estuvo en la primera fila de la vanguardia, se volvió una artista ensimismada y se refugió en un universo de ángeles y santos, al igual que quienes acataron la llamada «vuelta al orden», más allá de la sombra que proyectaran su marido De Torre y su hermano Jorge Luis.
Miguel de Torre Borges, su hijo, aclara que dado el carácter decidido de su madre, le resulta difícil creer que su respetuoso marido o su talentoso hermano ejercieran algún tipo de influencia que pudiera limitarla. De Torre sostiene una hipótesis: atribuye el cambio a la inclinación religiosa de Norah, que se acentuó con los años. Al recordarla, abstraída, recluida en las iglesias y cercana al grupo de pintores Mediator Dei, artistas ajenos al derroche de talento de los ultraístas o martinfierristas que la habían rodeado y estimulado en su juventud, explica el cambio estético en la obra.
Inspiración
En la muestra del Malba figura otro artista olvidado, Emilio Renart, que sumó este año otro de sus magníficos dibujos al que el Museo adquirió el año pasado. Tal vez estas adquisiciones sirvan de inspiración para hacer la muestra antológica que Renard, una figura importante del Instituto Di Tella, se merece.
El conjunto se completa con la excelencia de un video de Adriana Bustos, una fotografía de Fabiana Barreda, la imagen de la palma de una mano que exhibe una esquemática casita dibujada en tinta. Un inmenso y dramático dibujo de Matías Duville, joven artista que ya tiene seguidores que emulan su estilo, y las obras de Fabián Burgos, Iran Do Espiritu Santo, Roberto Elia, Mónica Girón, Norberto Gómez, Annemarie Heinrich, Daniel Joglar, Diyi Laañ, Jorge Macchi, Ana Maria Maioilino, Liliana Maresca, Esteban Pastorino, Rogelio Polesello, Silvia Rivas, Miguel Ángel Vidal y Pablo Ziccarello.
El Programa funciona desde 2004, y en estos seis años ingresaron 120 obras. Además, la sola mención de la palabra «adquisiciones» suena maravillosa a los artistas habituados a los pedidos -en ocasiones compulsivos- para que donen sus obras y ayuden a paliar el déficit de un Estado que, si bien tiene presupuestos magros, desconoce los protocolos de legitimación y consumo.
Este año se inauguró una nueva categoría, «Intercambio», es decir el Malba cambió al galerista Gianni Campocchiaro una pintura de Thibón de Libián por 14 obras que despertaban mayor interés a Marcelo Pacheco, curador del Museo.
A este Programa se suma el Matching Funds, que este año compró una escultura del brasileño Artur Lescher, que de esta forma ingresa al patrimonio del museo.


Dejá tu comentario