18 de septiembre 2013 - 00:00

Obama colecciona derrotas mientras Wall St. mira a Fed

Todos los ojos están puestos en la Fed y lo que decidirá esta tarde. Mucho se ha escrito sobre la estrategia de desinstalación del QE3 y hoy se verá con cuánto acierto. Nadie es infalible, pero si hay que apostar, conviene pensar que el banco central tendrá éxito. En comparación, poco se comenta del fracaso estrepitoso de las iniciativas recientes del presidente Obama. Como los caminos de la Casa Blanca y de la Fed están destinados a volver a cruzarse, el análisis es muy pertinente. Antes que termine el otoño boreal, se promete, Obama difundirá el nombre del sucesor de Ben Bernanke al frente de la Fed. Antes aun, el Gobierno deberá lidiar con el fantasma del "techo" de la deuda pública. Si no lo resuelve a tiempo, la política monetaria deberá tomar nota (y participación).

Hay que advertir el grosero error de cálculo detrás de las operaciones Siria y Summers; en especial, la pobreza de su planificación que llevó a tomar posiciones agresivas sin asegurar la correspondiente capacidad de maniobra, y que obligó a abortarlas, poco tiempo después, con pena y sin gloria. Lo peor es que se trató de errores no forzados. El ultimátum a Siria fue contundente. Pero no se lo pudo ejecutar. Obama no quiso accionar el botón de la represalia militar sin el respaldo del Congreso. Y el Congreso se mostró una ciénaga para sus pretensiones (lo mismo que la opinión pública). La Secretaría de Estado no consiguió apoyo internacional. La inteligencia tampoco proveyó las pruebas que ligaran al régimen de Al Assad con el uso de armas químicas de un modo indiscutible. Finalmente terció Vladimir Putin, su par ruso, y lo sacó del atolladero (aunque lo mantiene embretado con el caso Snowden). Obama quería sentar un precedente aleccionador. En vez de ello, acepta un plan de entrega de la totalidad del arsenal químico sirio que, en los hechos, es imposible de verificar. Y la masacre queda impune a la vista de todos.

En la insólita politización de la transmisión del mando en la Fed, Obama fue el "agresor". Antes que el propio Bernanke anunciara su deseo de no continuar en el cargo, el presidente manifestó que pensaba en Larry Summers como su reemplazante a partir de febrero próximo. El exsecretario del Tesoro en tiempos de Bill Clinton es un economista competente y talentoso (aunque con más experiencia y afinidad con los temas fiscales que monetarios), pero también es una fuente inagotable de controversias. Obama lo propuso por los medios, pero no lo nominó de manera oficial. O sea, lanzó su nombre como un globo de ensayo. Y así recibió el alud esperable de apoyos y críticas (en el ratio desigual que cabía imaginar). Nadie dentro de la administración explicó nunca por qué Summers era la mejor alternativa (o, al menos, una opción superior a Janet Yellen, la sucesora "natural" de Bernanke). Con el paso al costado de Summers, el domingo último, el globo de ensayo estalló como si fuera una piñata.

Otra vez, la iniciativa presidencial zozobró en el Congreso. Se sabía que obtener el acuerdo del Senado iba a ser materia difícil, pero la postulación se cayó porque no pasaba el filtro de los propios partidarios. Cuando se supo que había cinco disidentes demócratas dentro del Comité de Asuntos Bancarios, la jugada no tenía destino. La carta de declinación de Summers fue la salida elegante. Pero el hecho es gravísimo por lo que revela: la ausencia de tacto de la Casa Blanca en su relación con el Congreso (siendo pasmosa la falta de sintonía con la propia tropa). Hay que entender el tamaño de la operación planeada: la gobernadora de la Fed, Sarah Raskin, no votará hoy en la reunión que decida la suerte del QE3, porque el Gobierno la nominó para ocupar una posición en el Tesoro. Con una estratagema fácil de anticipar, Obama podría introducir cuatro nuevos miembros en la Junta de siete gobernadores que conduce a la Fed (incluyendo al sucesor de Bernanke) y ponerle su sello a la renovación. Todo apuntaba a que esa era su verdadera intención. ¿La archivará por el revés de Summers? ¿Aceptará que sea Yellen quien tome las riendas? ¿O contraatacará con un "tapado" inobjetable como Donald Kohn (al que Obama también supo mencionar)? Si Bernanke pone en marcha el principio del fin del QE3, hay que presumir que el remate postrero le tocará en suerte a su continuador. Y el paso más trascendente, el abandono de las tasas cero, también.

La próxima batalla se dará en el Congreso. Y tendrá por objeto remover el tope que limita el endeudamiento público. Según Jack Lew, el secretario de Estado, si no se corre la restricción actual, habrá que diferir pagos a partir de mediados de octubre. Eventualmente habría que cerrar temporariamente áreas enteras del Gobierno como se hizo, por última vez y por la misma razón, en 1996. ¿Qué tan preparado estará Obama para librar la puja con éxito? Como se vio, los antecedentes más frescos son funestos. La estrategia oficial, la expresó Lew, es que el Gobierno no hará ninguna negociación; que deben ser los legisladores los que asuman la responsabilidad de no dejar sin financiación al sector público. Pero, por supuesto, que habrá negociación. Y no será fácil. Se tensará hasta último minuto. La Fed lo sabe. Y lo estará tomando en cuenta a la hora de decidir esta tarde su próximo paso.

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