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Obama, la envidia de Europa: con superávit fiscal y sin recesión
¿Comenzó el temido proceso drástico de ajuste que los expertos bautizaron ya como el «acantilado fiscal»? Nada que ver. Todavía no entró en vigencia ni uno de los recortes compulsivos del gasto público que están agendados. Ni cesaron las rebajas de impuestos que impulsó el expresidente George Bush Jr. Ese peligroso barranco asomará recién en 2013. Y si no se lo esquiva a tiempo puede empujar a la economía de EE.UU. a una doble recesión en su afán de apurar una cirugía profunda del déficit (la poda prevista sería del 3,5% del PBI).
En condiciones de normalidad, abril es el mes superavitario por excelencia. ¿La razón? La densa concentración de vencimientos impositivos. Así ocurrió en 44 de los últimos 58 años. Pero la caída de Lehman Brothers desterró esa regularidad. Ni en 2009 ni en 2010 ni en 2011 se pudo equiparar la brecha. La recuperación de la economía -lenta y con altibajos pero aun así sostenida en el tiempo- y también el corrimiento en la asignación de ciertos gastos permitió que el mes pasado se retomara la tradición. No fue sorpresa para quienes siguen los números de cerca. Se esperaba un saldo favorable aunque la estimación del consenso -35 mil millones de dólares- fue desbordada por el resultado final.
Ya se dijo: no se tocó ni una coma de la política fiscal. El progreso obedece enteramente a una mejoría endógena. En los tres últimos años el gasto público nominal se preserva llamativamente estable mientras el ascenso sistemático de los ingresos es la hoja de la tijera que efectivamente recorta el desequilibrio. La recaudación trepó el 10% interanual en abril. Y en los siete meses acumulados del actual ejercicio, el 6%. Los impuestos que pagan las corporaciones -de lejos, el renglón de mayor vitalidad- escalaron el 40% reflejando en las arcas públicas los buenos balances de la actividad empresarial en 2011. Si en Europa la obsesión por nivelar las cuentas públicas hizo hincapié en la austeridad a toda costa -y ello malogró el crecimiento- lo que se observa en EE.UU. es cómo se abre paso la dinámica inversa. Persiguiendo idéntico propósito pero con menos trauma y, por ello mismo, más sustentabilidad en el tiempo. Es el motor del crecimiento el que propulsa la reducción del déficit público. Europa debería pispear cómo su tracción verdaderamente funciona.
Con todo, no cabe hacerse ilusión: abril es apenas una golondrina fugaz. No hay verano a la vista. El rojo fiscal persistirá profundo por años. Pero inequívocamente su magnitud disminuye. Si se toman los doce últimos meses computados el déficit suma 1,15 billón de dólares. La proyección de la Oficina de Presupuesto del Congreso apunta a que no sobrepasará 1,08 billón en el presente ejercicio fiscal (cierra en septiembre). Comparado con el año de peor desequilibrio -aquel finalizado en 2009- la previsión supone una merma del 23,5%. Unos 333 mil millones de dólares. Pero como la economía crece -poco pero lo hace y también sube el nivel de precios- la pesadez de la carga se aligera aún más. De un déficit máximo del 10,1% del PBI en 2009 se pasó al 9% un año más tarde y al 8,7% en 2011. Este año bajaría otro escalón para ubicarse en el 7% del PBI. Después, como se dijo, balconeará sobre el acantilado. Sería un crimen que los forcejeos de la política le propinasen a la economía un brusco empellón tras los comicios de noviembre, y que el inoportuno apretón fiscal -a la manera europea- echara por tierra los avances. Mudar de estrategia es un peligro que no resulta necesario correr. Decía Bert Lance, hombre del Gobierno de Jimmy Carter y amigo personal del expresidente: «Si no se rompió, no lo arregles». Todavía la recaudación nominal es inferior a las de 2007 y 2008. En su relación con el PBI, los 16,3 puntos de ingresos públicos previstos para este año están 2 puntos y fracción por debajo de 2007 (cuando Bush ya había promovido sendas baterías de rebajas de impuestos). ¿Por qué no apostar a esa deriva natural conforme se afianza el ciclo económico? Habrá tiempo después para meter mano con cuidado -EE.UU. le lleva ventaja a Europa por el hecho de que parte de un umbral muy moderado de imposición- y tratar de arrimar el bochín más cerca de los 20 puntos que dejó Bill Clinton, y que tampoco ahogaban la prosperidad de la nación.


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