El experto, que desde 2008 representa a varios de esos presos ante tribunales federales y además trabaja contra prácticas antiterroristas abusivas como la vigilancia ilegal de las comunidades musulmanas en Estados Unidos, consideró que las amenazas del candidato republicano Donald Trump sobre restablecer mecanismos de tortura y "llenar Guantánamo de terroristas" deben ser tomadas muy en serio.
Periodista: ¿Por qué la cárcel de Guantánamo sigue abierta pese a que existe un informe del Senado que condenó lo que sucede allí y hay un rechazo generalizado de organizaciones internacionales?
Omar Farah: Si bien el informe de la Comisión de Inteligencia del Senado fue un acontecimiento muy importante, que puso blanco sobre negro lo que allí sucedía, no fue en realidad una revelación, ya que veníamos denunciando las torturas por mucho tiempo. De hecho, Guantánamo fue abierto justamente con ese propósito, de modo de poder realizar esas prácticas fuera de los Estados Unidos y de las normas constitucionales del país. Por eso la pregunta de por qué la cárcel sigue abierta debe estar separada de la pregunta sobre la tortura. La razón por la que sigue funcionando es porque los tres poderes, el Judicial, el Legislativo y sobre todo el Ejecutivo, fracasaron en sus políticas. La Corte Suprema básicamente cerró las puertas a los casos de los prisioneros, Obama tuvo muy poca fuerza para cambiar eso y en el ámbito legislativo se usa Guantánamo como un arma política que realmente es muy efectiva.
P.: ¿Le preocupa que la efectividad de la cárcel como arma política sea la principal barrera para cerrar la prisión?
O.F: Una de las preguntas más comunes en mi trabajo es: '¿Qué puede hacer el presidente si el Congreso bloquea las propuestas sobre la cárcel?'. Soy muy crítico de los legisladores, porque hicieron todo lo posible para que sea extremadamente difícil para Obama cerrarla y ejercieron una verdadera presión para que el costo político de hacer lo correcto sea muy alto. Pero, al mismo tiempo, el presidente tiene la autoridad, y siempre la tuvo, para cerrar la cárcel si en verdad fuera su prioridad. Le doy un ejemplo que lo demuestra: uno de mis clientes mantuvo una huelga de hambre por mucho tiempo y durante nueve años fue forzado a comer diariamente. El último año que estuvo como prisionero se enfermó y en 2014 llegó a pesar 33 kilos. Entonces presenté una moción en la Corte pidiendo que lo liberen, porque alguien que estaba tan enfermo no era una amenaza, aunque ni siquiera éste fuera el caso porque él nunca combatió contra Estados Unidos. Cuando hice la presentación, le pedí al Gobierno que no contestara porque, si no lo hacía, el juez ordenaría la libertad rápidamente ya que se trataba de un caso de atención médica, que es una de las excepciones al bloqueo del Congreso. Se trataba además de un prisionero libre de cargos. Así que el Departamento de Justicia, que depende directamente de la Casa Blanca, tenía la posibilidad de evitar el bloqueo parlamentario. Pero, en cambio, decidió seguir el caso. Cuando argumenté en la Corte que él no era un peligro porque estaba muy enfermo, el Gobierno decía 'sí, él está libre de cargos y queremos que sea liberado'; yo sólo pensaba en lo paradójico de estar en una Corte en la que las dos partes estaban de acuerdo y a pesar de ello había que realizar todo el proceso. Lo que quiero decir es que Obama tuvo muchas oportunidades para mostrar que realmente quería cerrar Guantánamo y casi nunca lo hizo.
P.: ¿Los traslados de presos que se vienen realizando a otros países son un paliativo al hecho de que la cárcel permanezca abierta?
O.F: No, para cada prisionero es un problema tanto la libertad como la detención de por vida. Nosotros acompañamos cada liberación y fue bueno ver en los últimos meses muchas transferencias. El Gobierno y el Departamento de Estado están trabajando muy duro para lograr nuevas liberaciones, pero éste es un momento serio porque no sabemos qué va a pasar con el resto de los prisioneros, los que no están libres de cargos. Es por eso que los próximos cuatro meses van a ser cruciales. Antes de estar en Buenos Aires estuve en Guantánamo y si bien todo lo que hablo allí con mis clientes es clasificado, porque es considerado un tema de seguridad nacional, puedo decir que la pregunta que surge de los movimientos que allí se ven es qué va a pasar con la cárcel. Las transferencias son buenas pero lo importante es si en cuatro meses el presidente tendrá la voluntad política de liberar a los prisioneros restantes, algo que parece improbable. Sólo hay dos escenarios: o bien Obama libera a todos los presos que no tienen cargos, retirándoselos también a otros de modo que puedan ser transferidos, y quedan unos 30 detenidos y la promesa de cerrar Guantánamo falla; o trata de trasladar a algunos a cárceles dentro del país, con lo que el penal quedaría vacío pero seguiría habiendo detenidos. Sería una traición absoluta a la promesa de cerrarla, porque lo cuestionado siempre fueron las prácticas, no la ubicación.
P.: Donald Trump defendió la existencia de Guantánamo y dijo que si fuera presidente la llenaría de terroristas y restauraría las prácticas de tortura para conseguir información. ¿Cuán en serio toma esas afirmaciones de campaña?
O.F.: Nos tomamos en serio cualquier comentario sobre la tortura y la detención indefinida. En los últimos quince años, desde el 11S, vimos cómo lo que está fuera de la ley puede convertirse en la norma rápidamente. Una de las razones por la que este momento es tan importante es porque tenemos la oportunidad de cerrar Guantánamo y con ello cerrar la puerta a prácticas que ahora están en debate como posibles herramientas de seguridad.
P.: A partir de los atentados de San Bernardino y de Orlando, los republicanos pusieron en debate algún tipo de vigilancia masiva de las comunidades musulmanas. ¿Qué opina de ese tipo de propuestas?
O.F.: Me parece importante recordar que muchas de esas prácticas fueron aplicadas en el pasado de diversas formas. El Center for Constitutional Rights llevó un caso (Hassan vs. Ciudad de Nueva York) referido al control policial de comunidades musulmanas en Nueva York después del 11S, en el que se identificaba cada lugar donde los musulmanes vivían su vida diaria. Fue algo que se extendió a toda la costa este del país. Incluso llegaron a poner policías encubiertos en cada mezquita. Pero el tono actual del debate está ofendiendo a la gente. La comunidad musulmana en Estados Unidos ha estado bajo escrutinio político y policial desde hace mucho tiempo y no existió jamás la oposición suficiente desde todos los sectores para evitar esto.
| Entrevista de Maricel Spini |



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