4 de mayo 2010 - 00:00

Obama, un factor crítico para la coronación K

Néstor Kirchner
Néstor Kirchner
En el tramo final, a Néstor Kirchner lo desvela una acechanza que tiene, como terminal última, la Casa Blanca. El marco de su designación como secretario general de la UNASUR depende, en estas horas, de una negociación sigilosa con el colombiano Álvaro Uribe y el peruano Alan García.

Ese expediente no estorbará la coronación del patagónico, pero le quitará contundencia y, sobre todo, brillo. La objeción de Uruguay parecía, anoche, saldada: José Pepe Mujica, en un frágil equilibrio, evalúa no vetar ni votar. Se abstendría sin quejas. Más tórridas serán, en cambio, la objeciones de otros dos gobiernos, Colombia y Perú, justamente cuyos presidentes no tenían, hasta anoche, previsto participar de la cumbre que comenzó ayer, con una reunión de cancilleres, en Los Cardales, Campana. Ayer, Ricardo Patiño, canciller de Ecuador -país que ostenta la presidencia pro témpore de la UNASUR-, anticipó la existencia de «consenso» para la designación de Kirchner. Tuvo, con resignación, que recurrir a la parte de la biblioteca que sostiene que la proclamación requiere mayoría pero no unanimidad. Es el primer indicio, serio, de que la UNASUR nace resquebrajada por criterios políticos más que por devaneos domésticos como el que, en 2008, trabó el nombramiento de Kirchner tras la negativa de Tabaré Vásquez a raíz del conflicto Botnia-piquete de Gualeguaychú.

La matriz del conflicto es el tipo de vínculo y, sobre todo, sus formas, entre la UNASUR y Barack Obama. Hace meses, el organismo gestiona un encuentro con el presidente de Estados Unidos. Lo oficializó en medio de la crisis política en Honduras.

Colombia y Perú no quieren supeditar el diálogo, y la agenda de ese diálogo, a las efusividades de Kirchner. Su prioridad es la relación comercial y política con Washington más que la todavía embrionaria Unión del Sur donde, además, se sienten destratados.

Uribe, por caso, les escapa a las cumbres regionales porque sabe que Correa, Hugo Chávez y Evo Morales no desaprovecharán la tribuna para embestirlo por su acuerdo para autorizar la instalación de bases militares estadounidenses en el territorio colombiano. Es más: el colombiano minimiza a tal punto la UNASUR que, cuando le tocó asumir la presidencia pro témpore, decidió autoexcluirse. Por ambos motivos, mandó a su canciller, Jaime Bermúdez, conocido en estas pampas porque fue embajador en Buenos Aires.

Alan García, a su vez, usó el mismo atajo y envió como delegado a José Antonio García Belaúnde, su ministro de Relaciones Exteriores, que a fin de 2008, de paso por Buenos Aires, condicionó el acompañamiento a Kirchner a que exista unanimidad en su aval. En los últimos meses, entre la diplomacia oficial de Jorge Taiana y la informal de Rafael Folonier, esas resistencias se habían licuado para dar lugar a un «acompañamiento discreto», figura en la que también se amparó Mujica. Los tres, ahora, pueden virar hacia la abstención. Anoche, en Gobierno, bullían dos impresiones. Una alertaba, en la peor hora de la negociación, con la dimensión del desastre de un fracaso en la designación de Kirchner. Por eso se sugería que la Argentina estaría dispuesta a hacer concesiones a las demandas de Perú y Colombia. Otra, menos dramática, planteaba que, llegado el caso, «no vendría mal que Uribe se abstenga» porque esa decisión, en el imaginario del progresismo K, significaría más un halago que una condena.

En definitiva, el salto de Kirchner a la UNASUR -al margen de los «rapeos» sobre política internacional con que el patagónico atormenta a los consejeros del PJ- es, más que una plataforma para una carrera continental, la tarima para cimentar su regreso a la Casa Rosada.

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