24 de febrero 2010 - 00:00

Obituarios sarcásticos de cuatro filósofos

Obituarios sarcásticos de cuatro filósofos
Ya el primer historiador de la filosofía, el griego Diógenes Laercio, no evitó bajar a la tierra a los más admirados hombres del pensamiento. Los diez tomos de su «Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres» es un catálogo donde los incuestionablemente encumbrados se mezclan con los que acabaron revolcados humanamente en sus excrementos o los que más que filósofos se consideraron dioses, como Empédocles, que se arrojó al Etna para ir a los cielos que era el lugar que le pertenecía, como lo mostró siempre con su «hinchazón trágica y la gravedad de sus atuendos». Samuel Beckett, un apasionado de la filosofía, partió de algunos de los datos finales de la vida de Heráclito y de Parménides para esas obras teatrales suyas donde el personaje habla desde una urna funeraria.

Este deliciosos conjunto sarcástico de biografías de los filósofos Hobbes, Aubrey, Hume y Kant se centra en el interés por saber cómo fueron sus últimos días y qué forma toma la vida y la muerte para alguien que ha entregado su vida a la reflexión. Lejos están estos breves textos del obituario encomioso o de desplegar un panorama de su pensamiento, más bien se dedican a mostrar su costado humano, demasiado humano, ridículamente humano.

En su enjundioso y admirable prólogo, Luis Chitarroni explica la calidad de la tarea realizada por los escritores para dr un retrato pedestre de quienes han sido ofrecidos como amos del pensamiento, dueños del saber. En su magistral estudio «Los últimos días de Kant», sostiene que «Los chismes biográficos y la intrusión poco caballeresca en la vida ajena son algo que una persona de honor no se permitiría escribir; en cambio pueden ser leídas sin culpa y, tratándose de un gran hombre, a veces hasta con provecho». Y cuenta, por caso, que el sedentario y obsesivo profesor era dado a las reuniones sociales signadas por la glotonería. «Nos cuenta», señala Chitarroni, «con audaz prescindencia de una exposición de las ideas filosóficas del sujeto nombrado, la agonía de un hombre que nunca salió de su aldea, Königsberg, tan puntual en sus actos que la ordinariez de la rutina adquiere un dramatismo particular».

Los dos textos de Lytton Strachey -figura clave del Grupo de Bloomsbury- sobre Aubrey, «a quien sería un error considerar un frívolo supersticioso; por el contrario, era alguien interesante por eso», y sobre David Hume «el adiposo metafísico», son de una implacable mordacidad que suele alcanzar la perfección de la cargada retroactiva.

M.S.

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