1 de octubre 2012 - 00:00

Oportuna y lúcida mirada sobre la obra de Cogorno

«Mujer con pavo» (1950), de Santiago Cogorno, que integra la exposición que le dedica el Museo Sívori.
«Mujer con pavo» (1950), de Santiago Cogorno, que integra la exposición que le dedica el Museo Sívori.
Coincidentemente con la exposición «El arte americano de Santiago Cogorno» que se exhibe en el Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori, se ha editado un importante libro del mismo título y que abarca el período 1949-1962. Nacido en Buenos Aires en 1915, Cogorno se radicó en Italia en 1923, se inició en la pintura con Raúl Soldi en 1925 y regresaron juntos al país en 1931. Desde entonces fue un ir y venir constante a Milán y Torino hasta 1941, cuando se estableció definitivamente en Buenos Aires.

En sus innumerables viajes conoció a grandes artistas italianos, por ejemplo Campigli, Marini, Severini, Carrá, de Chirico; en Buenos Aires frecuentaba a Xul Solar, Castagnino, Gambartes, Pettoruti, Fontana y Edelstein, testigos ambos de su boda. Hacia los 50 se contactó con artistas como Tapies y Viola, y obtuvo el famoso Premio Palanza en 1956. Se suceden los viajes por Europa y las exposiciones de carácter nacional e internacional. Obtuvo el premio Konex 1983 y murió en en Chiavari, Italia, en 2001.

«La dinámica expresividad de un ser humano», «La exacta sensualidad de Santiago Cogorno», «Para reafirmar una perenne vitalidad», «Santiago Cogorno, pintor, escultor y fauno», «Sensualizado Santiago Cogorno en la escultura como en la pintura», «Santiago Cogorno, el color como delirio», «Un intuitivo en estado puro», «Soltura y Desenfado»: con estas expresiones de importantes críticos de arte puede trazarse un retrato de este artista de multifacética personalidad y tanto en la muestra como en el libro hay tres fotos tomadas cuando pintaba, momento en el que su concentración y abstracción eran absolutas.

Heriberto Arbolave, a cuya iniciativa se debe este libro, gran amigo, autor de las fotos así como del texto introductorio, enfatiza este hecho al decir: «Sólo existían él y su obra, por eso, escribir sobre Santiago es expresar el sentimiento que me provoca su arte y agradecerle la vitalidad y la alegría que enriquecieron mi vida como la de tantos otros».

«Cuando estoy en Italia pinto América y cuando estoy en la Argentina pinto Europa». De allí que este período muestra a un Cogorno evocando la postura del Chac - Mool como la que se encuentra en templos y pirámides mexicanas. Vegetación de palmeras, maíz, sauces llorones, vestimentas de carácter indígena, trama que imita el tejido, formas arcaizantes.

Colorista extraordinario, sus témperas y óleos son intensos y de desbordantes gestos, la libertad con la que juega con las formas así como un respeto por lo ancestral mediterráneo que corría por sus venas, el sol, el mar. Muchos gestos picassianos, ojos de los que brotan rayos, figuras hieráticas a la Campigli, mucho trazo negro casi con furia, hacia el final, búsqueda y encuentro de su propia síntesis.

Cogorno fue dibujante, pintor, grabador, escultor, abordó todas las técnicas, por eso la importancia de la muestra y del libro como primer paso para un homenaje y el conocimiento por parte de nuevas generaciones de un artista de gran formación que trabajaba como los grandes maestros de la pintura. Clausura el 21 de octubre. (Av. Infanta Isabel 555). 

  • «Seres mitológicos e imaginarios» es una excelente muestra de dibujos de Inés Aróstegui que se exhibe en las salas 1y 2 del Centro Cultural Recoleta hasta el 7 de octubre. Las series provienen de diversos mitos y relatos inspirados en «el Libro de los Seres Imaginarios» de Jorge Luis Borges, una recopilación de seres extraños que han surgido de la invención humana, producto de sueños, deseos y miedos.


  • Otra fuente de inspiración es «Seres mitológicos argentinos» de Adolfo Colombres, libro organizado a la manera de un diccionario de casi 500 seres de nuestra simbología; cada ser es caracterizado en su aspecto y función, está ubicado en su geografía, la cultura aborigen o criollo mestiza. Realizados en lápices de colores, revelan a una minuciosa dibujante, de gran imaginación, a veces, bordeando el surrealismo, otras, lo grotesco, encerrados en un ominoso óvalo negro, a manera de retratos antiguos. Según sus palabras, Aróstegui intenta revalorizar el trabajo manual en un mundo cada vez más dominado por la tecnología.

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