29 de diciembre 2008 - 00:00

Paradoja de la crisis: hay que crear inflación (hasta ahora se fracasó)

Arriar las tasas de interés a cero entraña reconocer que, esta vez, el problema es la sequía grave y no la inundación. Que medio siglo de inflación persistente haya enseñado los peligros de la relajación monetaria no debería inhibir una acción contundente cuando se enfrenta otra enfermedad. Verter liquidez es un despropósito en una inundación, pero hacerlo con energía es la recomendación para conjurar un incendio.
No hay, a esta altura, motivo de confusión. Es la destrucción de valor de los activos reales y financieros, la caída vertical de su valor nominal, lo que alimenta el fuego. No la inflación. Así, hasta la bonanza de las materias primas se chamuscó por completo entre las llamas. Altamente combustible, el petróleo arde con especial profusión. Todo vestigio de conato inflacionario, perceptible hasta julio y agosto sin dificultad, se redujo a cenizas.
En 2001, la FED declaró el riesgo de deflación y tomó sus providencias. Pero ello no pasó del plano de una amenaza. 2009 será muy distinto. La FED ya quemó las naves de las tasas de interés. La Tesorería agotó un paquete temprano de estímulo fiscal y la mitad de la munición autorizada en el Plan Paulson. El crédito de la FED se multiplicó 2,6 veces desde las exequias de Lehman Brothers. Otros países sumaron prestos sus esfuerzos de política fiscal y monetaria. Pero no se evitó el crac. Con una contracción del producto bruto estimada en el 5% (equivalente anual) para el cuarto trimestre, y una caída de precios minoristas que se desplaza -en los últimos tres meses computados- a una velocidad de crucero del 10% al año, el escenario de deflación está instalado a sus anchas en los EE.UU.
Si la deflación es el mal, fabricar inflación es el antídoto recomendado. A primera vista, no debería resultar tarea difícil. Después de todo, los oráculos financieros trabajaron a destajo los últimos años con abundancia de pronósticos ominosos. El vendaval de las materias primas consiguió, de hecho, registros generosos hasta que los barrieron los vientos de la crisis. Como ya se dijo, hubo cuantiosos esfuerzos oficiales para inflar la economía. No sólo se rescató a los grandes bancos de sus desaciertos; ahora también a las compañías automotrices. Se sabe que el mundo no soporta nuevos destrozos crediticios de gran calibre. Y que los gobiernos saldarán las cuentas con futuras emisiones de deuda o dinero fiduciario. Empero, el balance es inapelable: todo lo que se intentó para alentar la inflación, hasta ahora, fracasó miserablemente.
Es verdad que un coro nutrido de voces prudentes alerta sobre la emergencia de un rebrote descomunal de inflación después que se logre dominar el episodio de recesión profunda. Sin embargo, el viernes, rendía lo mismo un bono del Tesoro de los EE.UU. con capital ajustado por inflación que aquel que carecía por completo de protección. No en la fugacidad de un horizonte efímero -tres o seis meses- sino a diez años de plazo. Es que los dichos son promisorios, pero las decisiones no son consecuentes. La FED inunda al sistema financiero de liquidez pero nadie corre a comprar bienes y servicios ni retira sus inmuebles de la venta ni se desprende del dinero que debería sobrarle. Y para que haya inflación no basta con una respuesta aislada, se precisa un fenómeno en masa. Los bancos, por ejemplo, están sentados sobre 800 mil millones de dólares ociosos. Pero nada los mueve a gastarlos.
En estas condiciones excepcionales, hasta lo imposible huele probable: costará trabajo generar inflación. No hay mejor ejemplo a mano que Japón (no parece haber otro tampoco debido a lo inusual de la enfermedad). La economía nipona debió convivir con la deflación por varios años. Cayó en la trampa del estancamiento a comienzos de la década de 1990 y nunca se alejó del todo de manera convincente. Quizás por ello mismo no experimentó tampoco un correlato de alta inflación posterior tras vivir la experiencia de tasas cero y creación a mansalva de reservas bancarias. Así, en noviembre, la canasta de consumo costaba un 1,5% menos, en términos nominales, que en 1998.
El mundo espera, sin embargo, que los EE.UU. sean más eficientes y obtengan mejores resultados. La medicina que a los orientales les llevó diez años atreverse a probar, los estadounidenses ya se la están sirviendo a cucharadas soperas. La fe reinante descansa no sólo en los escritos de Keynes o Kalecki. Tanto la Gran Depresión como el accidentado caso japonés enseñan que el camino de la torrencialidad fiscal y monetaria, tarde o temprano, arroja frutos. Aunque no basta sólo con lograr la recuperación de la economía. Lo más delicado es afianzar una mejoría en ciernes y no abortarla. Se sabe que la Gran Depresión fracasó en consolidar la recuperación inicial de 1934-1935 y Japón anudó una seguidilla sinfín de traspiés. Quizás el único antecedente exitoso sea una referencia reciente pero oblicua y no desprovista de bemoles. La FED de Alan Greenspan consiguió capear el temporal de 2001-2002 dejando por mucho tiempo la tasa inmóvil en su piso (1%). Y no desandó sus pasos hasta asegurarse -recortes impositivos mediante- la capacidad de la economía de absorber una suave reversión, recién a mediados de 2004. Ello sugeriría replicar en 2009 lo que hoy está en boga criticar de la gestión de Greenspan. No sólo habría que rescatar a la economía de la deflación sino, probablemente, haya que dejarla corretear en un entorno inflacionario hasta que gane robustez, antes de desconectar los mecanismos de asistencia (para no repetir los errores de 1937 o los sucesivos fracasos de Japón). Ésa es la inflación que se avizora posible hacia adelante. Una presión al alza de los precios cuando irrumpa una recuperación; que sea tolerada por las autoridades hasta que la mejoría eche firmes raíces. Una herejía que, por cierto, no figura aun en el discurso oficial. Pero, sin la cual, será difícil tener éxito en empeño tan insólito como necesario.

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