22 de octubre 2014 - 00:00

Pascal Torres: “El Louvre es víctima del turismo”

Para Pascal Torres, “los espacios del Louvre están llenos de fantasmas y fantasías. Allí se ha matado, se ha querido, se ha deseado, se ha odiado, se ha representado, se ha filmado”.
Para Pascal Torres, “los espacios del Louvre están llenos de fantasmas y fantasías. Allí se ha matado, se ha querido, se ha deseado, se ha odiado, se ha representado, se ha filmado”.
 Para el narrador y teórico francés Pascal Torres. la necesidad consumista de ver obras y más obras impide detenerse a gozar del arte. Torres vino a presentar su libro "Secretos del Palacio del Louvre" , que publicó Editorial El Ateneo. Ha sido durante años Conservador del Departamento de Artes Gráficas del Museo del Louvre, Responsable de la colección Edmond de Rotschild, Director de Calcografía del museo, y desde hace dos meses es Director Científico de las Actividades del Louvre en el Extranjero. Ha publicado libros sobre arte, catálogos para conocer la obra de determinados artistas, y la novela "Miss Liberty". En su primera breve visita a Buenos Aires dialogamos sobre el libro donde cuenta de una fortaleza militar, un palacio real, una insignia de la realeza, un emblema de la República, que llegó a ser un emblema mundial del museo de arte.

Periodista: ¿Qué lo llevó a contar los secretos del Palacio del Louvre?

Pascal Torres:
El Louvre es un laberinto en el que el sentido de la historia se complace en esconderse. Es uno de los principales ornamentos arquitectónicos de París. Fue símbolo del poder monárquico y más tarde de la grandeza republicana. Tiene mucho para contar, yo sólo me atreví a un poco. Me di cuenta de que, siendo fiel a la documentación histórica se pueden relatar episodios que parecen cuentos encadenados y donde el Louvre se transformaba en el personaje secreto de una novela. Un personaje de ochocientos años que exige dignidad. Es la sustancia de Francia, de una nación, pero se podría decir también de varias naciones. Sus espacios están llenos de fantasmas y fantasías. Allí se ha matado, se ha querido, se ha deseado, se ha odiado, se ha representado, se ha filmado. Contiene entre sus muros un conjunto de ideales, que son muy importantes hoy en día, que pertenecen al espíritu democrático, republicano, a valores del hombre libre.

P.: ¿En qué medida el Palacio Museo del Louvre encarna esos valores?

P.T.:
Ha habido un don de generosidad de la República, cuando se hizo la Revolución Francesa, de decidir que todas esas bellezas, esas realizaciones extraordinarias que son el legado de la humanidad, ya no pertenecían a una persona, a un rey, a un príncipe, sino que eran el bien de toda una nación, y más allá de esa nación y su gente, eran de toda la humanidad. El hombre libre, para garantizar su libertad y su espíritu crítico, no tiene que ser propietario de esas bellezas sino el lector de ella, y de ese modo poder interpretar el curso de la civilización, que tiene una relación estrecha con las obras maestras que están allí protegidas. La Revolución Francesa con Robespierre fue el terror, fue una guerra que desembocó en Napoleón I, con todo el drama de la dictadura y millones de muertos en Europa, pero fue capaz de establecer y garantizar, como una determinación que se ofrenda al pueblo revolucionario, que la civilización se puede construir a nivel mundial a partir de la dignidad que surge de las obras maestras de los mayores genios que Occidente ha tenido.

P.: Usted que desde hace décadas trabaja en el Museo del Louvre, ¿considera que los visitantes descubren ese sentido republicano y civilizatorio del museo?

P.T.: Hoy el Louvre es un poco víctima del turismo. No por el turismo sino por ese impulso capitalista absurdo que se tiene de consumirlo todo velozmente. Eso hace que esos ideales civilizatorios, formativos, estén escondidos de las habituales recorridas superficiales por las galerías, que son una mera explotación consumista de lo que es un riquísimo legado de la humanidad. Eso me llevó a que me decidiera a recorrer su pasado como una sucesión de cuentos. Fue como si corriera cortinas y dejara entrar la luz para iluminar el patrimonio que poseemos. La literatura histórica se inspiró a menudo en ese palacio en permanente mutación. Busqué explorar el sentido de esa transformación en el transcurso de los siglos. Interrogar el lugar en función de los acontecimientos que lo forjaron. Quise mostrar cómo se construye un símbolo en el tiempo y para eso parto, a veces, de personajes históricos otras de seres anónimos, otras de un objeto o una obra, o de un dato que persiste en la memoria de la gente.

P.: ¿Cuál fue la primera historia que quiso contar? No creo que haya empezado por la fortaleza del rey Philippe Auguste en el siglo XII y terminar en la polémica pirámide inaugurada en 1989.

P.T.:
Yo admiro muchísimo a Nicolas Poussin que vivió en el reinado de Luis XIII, un momento de crisis política, de hiperviolencia, cómo enfrenta el tema de la libertad total uno de los mayores pintores franceses y europeos del siglo XVII. Es interesante cómo con una humildad absoluta se resiste a lo que se le quería imponer. Escribir sobre él me llevó a contar cómo el Louvre pasó del palacio de las intrigas al gran emprendimiento de las artes, y de la empresa fallida de la gran galería de Nicolas Poussin.

P.: Pero a usted le importa sobre todo "la empresa realizada", recordar lo que llama "la batalla de la Pirámide del Louvre".

P.T.:
Cuando Mitterrand lanzó las obras de reestructuración completa del Louvre, yo tenía 20 años, y por ese lugar sagrado, corazón de París, veía surgir sentimientos medievales. Cualquier proyecto de metamorfosis del Louvre era tabú. Y más si se pretendía instalar en el patio de Louvre una pirámide de vidrio y aluminio. Modificar su forma significaba reinterpretar la historia de Francia. El último Presidente que había pretendido hacerlo había sido Charles De Gaulle. Era la primera vez que la izquierda llegaba al poder desde decenios, desde los tiempos del Frente Popular. Mitterrand quería golpear la imbecilidad del pueblo que estaba encerrado en la costumbre de pensar que "todo va bien", que "estamos en una sociedad de progreso". Cuando me decidí a empezar a escribir el libro elegí tener como hilo conductor esas excavaciones que significaron una ampliación del Louvre y una exploración arqueológica. Y esas excavaciones hicieron hablar a las piedras. Hicieron surgir la pregunta: para qué sirve tanta historia y tanta belleza. Sirve para reencontrarnos con las cosas más sencillas y esenciales de la vida: el arte, la literatura, los momentos de meditación para pensar, valorar y criticar aquello que somos. Mitterrand al tocar el mayor símbolo de París, señalaba el deseo de pasar a un mundo nuevo. Yo desconfío de los que quieren garantizar la felicidad universal y de la novedad del mundo, porque la vida sigue igual siempre. Pero esa forma de golpear la costumbre y de provocar cambios, ese sueño perdido de la izquierda de 1981, es valioso recordarlo en la Francia actual donde el fascismo está creciendo.

P.: Del recuerdo de cuando la izquierda removió el pasado del Louvre, usted puede saltar, por ejemplo, a contar del fantasma que se pasea por el Museo.

P.T.: Debido al interés que provocan quise contar tanto de ese obrero italiano que enamorado de La Gioconda se la roba, como del fantasma de Belfegor que recorre las galerías del Louvre. Ese fantasma parte de una novela de 1927, "Belphégor", escrita por el olvidado Arthur Bernéde, un tipo muy culto, que escribió unas 200 novelas de consumo inmediato. Belfegor ya aparece como un archidiablo en una cuento moral de Maquiavelo, luego es retomado por La Fontaine. Si tuvo tanto éxito ese personaje, si se llegó a creer verlo en una sala del Louvre en los años 30, es porque en ese momento el miedo era algo cierto, estaban Hitler y Mussolini en el poder, y ya se sabe en dónde desembocó la cosa. Había suficientes fantasmas reales aterrorizando el mundo que uno más no sorprendía. Hoy podría aparecer algún otro Belfegor.

P.: ¿Cómo hizo un hombre locamente enamorado para vivir dos años con la Mona Lisa?

P.T.:
Vicenzo Peruggia era un obrero italiano, con fama de peleador y entradas en la policía, que a mí me resulta simpatiquísimo, al que su empleador le ordena poner un cristal para proteger a la Mona Lisa, y se enamora de esa imagen que desconocía. La belleza le provoca un brote y se la roba, y vive con ella dos años. Considera que es una italiana y que tiene que volver a Florencia. Cuando llega se cree un héroe, pero en vez de ser condecorado como creía, va preso. Pero como es un idiota, en sentido patológico, le dan la libertad al poco tiempo, justo el mismo día que es asesinado el Archiduque de Austria, lo que provoca la Primera Guerra Mundial. Peruggia volvió a Francia porque no podía vivir sin La Gioconda, y se dedicaba a ir verla en el Museo del Louvre. Es la única persona que, además de Leonardo da Vinci y los Reyes de Francia, ha vivido en intimidad con la Mona Lisa.

P.: ¿Ahora, en qué está trabajando?

P.T.:
Estoy con una novela que se llama "H K", por los nombres de los personajes. Me gusta retomar ciertos clásicos de la literatura. En este caso el primer texto francés de la época románica, esa gran novela de amor que es "Tristán e Isolda". Mi novela tiene un itinerario a la vez histórico por el imaginario de Francia y de Occidente. para alcanzar el encuentro con la modernidad absoluta del Asia de hoy. Al mismo tiempo el editor francés de "Secretos del Louvre" me encargó hacer algo semejante a este libro con el Palacio de Versalles, pero para eso tendré que utilizar otro enfoque porque Versalles es la vida cortesana, y a mí me gustaría evocar allí a Moliere, porque es uno de los mayores actores de la belleza de Versalles como lugar de fiesta, de literatura, de cultura. Quisiera hablar de la proclamación del Imperio Alemán en 1871, de la derrota de la armada francesa de Napoleón III, del Tratado de Paz de 1919.

Entrevista de Máximo Soto

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