Las próximas elecciones legislativas son otra bisagra en la construcción del poder político en la Argentina. Como otras veces, números más o números menos, los argentinos habremos debilitado a otro Gobierno constitucional, electo por el voto popular, con más del cincuenta por ciento de los sufragios, a sólo dos años de haberlo ungido para conducir los destinos de la Nación.
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La historia vuelve a repetirse, como pasó con el ahora reivindicado Alfonsín y su paso en falso en las elecciones legislativas en 1987, y con Carlos Menem en 1997. Por un capricho del destino, parecemos predestinados por una irresponsable costumbre de arrepentirnos de lo que intentamos construir poco tiempo atrás. Es como empezar de nuevo, o siempre estar empezando. Infligimos duras derrotas electorales a quienes les otorgamos la enorme responsabilidad de gobernar, restándoles poder, a tal punto de hacer temblar las propias instituciones que tanto nos costó conseguir.
El sistema presidencialista impuesto por nuestra Constitución nacional y la historia argentina siempre demandaron personas con liderazgos marcados, que pudieran gobernar e imponer sus ideas por períodos limitados, por seis o siete años. Pasado ese tiempo, el mismo sistema carcome el poder; el establishment, la economía y los medios comienzan a buscar otros actores que interpreten mejor sus intereses.
No han servido los intentos para frenar el fenómeno: fracasaron las alianzas circunstanciales con sectores sindicales, de la industria, de la cultura, del campo, los mercados o potencias extranjeras; la caída del régimen aparece como irreversible; el problema es el mientras tanto y la profundidad de vacío en donde caemos, y el tiempo que luego nos lleva salir de él.
Si los últimos e inestables años del Gobierno de don Raúl Ricardo fueron malos, mucho peores fueron los del caudillo de Anillaco; el dechado de virtudes que lo puso en la máxima consideración pública se esfumó como por arte de magia, y quedó expuesto a la lapidación pública, que quizá sólo la muerte pueda soslayar.
Procesos inflacionarios, la cuasi desaparición de la moneda nacional, la caída del empleo y del poder adquisitivo del salario, la fragmentación política, el endeudamiento y las políticas de ajuste precedieron las crisis que dejaron profundas huellas en nuestra alicaída economía nacional, hasta la llegada de un nuevo «Mesías» que parecía sacarnos del ostracismo y devolvernos al mundo, casi al punto de creernos parte de él.
Quienes hoy pululan y sobrevuelan la próxima víctima están al acecho y saben que pronto llegará otra etapa en que quizá tengan mayor protagonismo, siempre que se mantengan a prudencial distancia del proyecto actual, y quienes hoy están dentro de él, tarde o temprano, lealtades más, lealtades menos, se estarán subiendo a un nuevo barco cuyo capitán todos sueñan ser.
Las aves cambian el plumaje y se reciclan para lo que vendrá; los pingüinos deberán hacer la transición lo menos traumática posible, comprender que inexorablemente su tiempo ya pasó, que una vez cumplidos o agotados los objetivos por los cuales el pueblo los votó, éste buscará otros que ellos no pueden darle, o que otros le prometen mejor.
Quizá sea el momento de pensar en cambiar a un sistema parlamentario de Gobierno, que nos preserve de las crisis que nos autoinfligimos, o replantearnos la conveniencia de la renovación parcial de las cámaras legislativas, como ocurre en algunas provincias que eligen diputados y senadores por todo el período del Poder Ejecutivo, para asegurar cierta dosis de gobernabilidad. O imitar la norma que impide a los ex presidentes estadounidenses que resultaron reelectos volver a presentarse por un nuevo cargo público.
De los partidos políticos, reductos donde se construía poder desde la confrontación de ideas (un ritual en extinción) en los cuales nos sentíamos identificados y donde se hacía la selección de los más aptos, sólo quedaron los sellos, las siglas y algún oportunista que se cuelga la bandera al cuello para aprovechar un buen momento electoral.
El tiempo y la distancia mejoran la visual sobre las diferentes etapas históricas; nadie que haya ostentado el honor de dirigir los destinos de la Patria podrá arrepentirse de ello, como tampoco renegar de la corta estadía en la cúspide. Al fin y al cabo, quienes hacen cima en el Aconcagua, el pico más alto de América, sólo permanecen un par de horas allí y pasan toda la vida añorando ese momento.
Aunque caprichosamente, a pesar de ser aves, los pingüinos no vuelan, esperemos sepan imitar el desplazamiento del águila, y que los buitres que sobrevuelan sepan dejar de lado la carroña y nos digan pronto adónde vamos, para no terminar, ya que de alturas hablamos, como el Airbus de Air France.
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