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Pese a los tímidos cambios, burocracia asfixia aún a Cuba
Raúl Castro busca eliminar algunas de las numerosas trabas que tiene la economía cubana. Sin embargo, las medidas que anunció hasta el momento son simplemente simbólicas.
Esta apertura o «glasnost a la cubana» choca, sin embargo, con un impedimento insoslayable: el poder adquisitivo de los cubanos. Con un salario promedio en u$s 20, no hay plata que sobre y, así, todo lo ahora permitido sigue siendo prohibitivo. Un ejemplo: un aparato de celular cuesta entre u$s 60 y 85 (tres a cuatro sueldos); activar la línea, u$s 65 (tres sueldos íntegros). Ni hablar de las comunicaciones, que a u$s 0,65 por minuto, entran en el terreno de la utopía: por su costo, nadie habla por celular. Los aparatos se usan para visualizar el número de quien llama y rápidamente apagarlo, o para enviar mensajes. Mudo, el «móvil» es un extraño símbolo de estatus. De los 11 millones de cubanos, apenas 250.000 -estima The New York Times- compraron un celular, aunque todavía 20% de ellos, por falta de dinero, no pudo habilitarlo.
Mientras que por su difícil situación económica, la inmensa mayoría no puede acceder a estos últimos cambios «liberados», medio siglo de totalitarismo y de «esto no se puede» se han anquilosado tanto en el código de supervivencia diaria de los cubanos que son, como los hermanos Castro, otro de los factores culturales fosilizados. No se puede comprar una casa ni un auto (sí los fabricados antes de 1958), ni una moto, ni un aire acondicionado. No se puede salir del país sino con carta de invitación del anfitrión y un visto final del Ministerio de Migraciones. No se puede estar más de once meses fuera de la isla: pasado ese lapso se pierde la casa.
Aunque no haya trabajo y el índice de desocupación sea un número retocado, se aplica la Ley del Vago. En Cuba no se puede «no trabajar»: se va preso, aunque paradojalmente sea el Estado, el gran empleador -per se o en empresas mixtas- quien se ocupa de que no falte, también, trabajo. (Para incentivar la producción, el Gobierno de Raúl levantó el «igualitarismo» o techo salarial, pero los sueldos, hasta ahora, poco se modificaron).
Los mismos isleños dicen que vivir, o sobrevivir, en la Cuba castrista de la escasez cotidiana es un trabajo. Es más lo que falta que lo que está, y hay que encontrarlo. Hoy falta carne vacuna, papel higiénico, aceite, huevos, hilo de coser. Mañana, quizás otras cosas. Como el Gobierno no cumple en proveer, una cincuentenaria costumbre del «resolver» (o «rebusque», pero para burlar al Estado), ocupa el horario laboral del promedio de los cubanos. Corrupción de dudosa justificación que ya pertenece al acervo cultural. «Fulano está resolviendo», es el eufemismo que describe a un cubano que consiguió robarse, por caso, un cargamento de huevos que iba a distribuir el Gobierno, y que los vende, publicitada la oferta de boca en boca, desde un oscuro zaguán y en pocas horas. Y así, con las resmas de papel, o el aceite, o los libros, o la ropa. «Resolver» es trabajar para el mercado negro de lo que se le birla al Estado.
Sin embargo, los empleos más buscados son los relacionados con el turismo, industria que viene creciendo desde 1993. Desde «parkeador estatal» para cuidar autos estacionados en la calle hasta guía improvisado, o circunstancial pareja de baile para las «rondas» por los clubes nocturnos. Algunos, como los trabajos de camarero o de personal para hotelería son tan cotizados que hasta se pagan. Sí, u$s 400 hay que donarle al mediador-gestor de turno para ubicarse en un puesto de ese tipo. Bien lo vale: el turismo no es sólo dólares en propinas. También, la conexión con el mundo exterior y la posibilidad de irse, con amigos afuera, de Cuba.


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