Pese a su puesta, magnífica “Rusalka”

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"Rusalka", ópera en tres actos. Música: A. Dvorák. Libreto: J. Kvapil. Puesta en escena: M. Marmorek. Coro Buenos Aires Lírica (dirección: J. Casasbellas). Orquesta Buenos Aires Lírica. Dirección musical: C. Vieu (Buenos Aires Lírica, Teatro Avenida, 2 de octubre).

Con la concreción del estreno argentino de "Rusalka" de Dvorák (a pocos meses de su première sudamericana en Chile), Buenos Aires Lírica marca uno de los hitos de su historia y se alinea con otros teatros y compañías que a nivel mundial están rescatando el valor de esta obra y logrando que deje de pertenecer a la triste categoría de las "óperas de una sola aria", cuyo valor integral fue eclipsado por la fama de uno de sus fragmentos (en este caso la archifamosa "Canción a la luna").

Los méritos de "Rusalka" están a la vista, o al oído: una historia mágica (la de una ninfa del agua que abandona su mundo por el amor de un príncipe y al ser rechazada por él queda sin pertenencia a ninguno de los dos ámbitos), un libreto logrado con líneas memorables, una adecuada dramaturgia y por sobre todo una partitura exquisita de principio a fin en lo vocal, lo instrumental y en su capacidad de crear climas y colores.

Mercedes Marmorek deja pasar una vez más la oportunidad que la institución le da. Su puesta es fría y superficial, y nada de la magia, el encanto, la sensibilidad ni la poesía que la obra reclama están presentes. Al trasladar las escenas del bosque y el agua a un burdel de la Belle Époque, la regista borra esa frontera imprescindible (en la que reside todo el conflicto) y logra desmerecer y banalizar momentos conmovedores. La escenografía de Luciana Fornasari, el vestuario de Lucía Marmorek y la iluminación de Alejandro Le Roux son maravillosos aportes.

Un elenco de méritos sobrados y la concertación sabia y precisa de Carlos Vieu realzan el aspecto musical y equilibran la balanza. Daniela Tabernig es una Rusalka ideal por vocalidad, sensibilidad, expresión y musicalidad; Eric Herrero, vocalmente solvente como el Príncipe, transita su personaje sin demasiados matices; Homero Pérez-Miranda es un Duende del Agua extraordinario. Elisabeth Canis compone con malicia e inteligencia a la bruja Jezibaba, y Marina Silva sobresale por su canto sublime como la Princesa Extranjera. Oriana Favaro y Rocío Giordano son agradables Ninfas del Bosque (aquí una suerte de odaliscas), y Cecilia Pastawski (aportando gracia al pequeño Mozo de Cocina), Mirko Tomas y Sergio Vittadini completan con calidad el elenco. La orquestación delicadísima de "Rusalka" desnuda algunas imprecisiones de afinación en cuerdas y vientos, pero considerando la dificultad de la partitura, la Orquesta realiza una tarea muy meritoria, al igual que el Coro dirigido por Juan Casasbellas.

Más allá del desaprovechamiento criminal que la propuesta escénica lleva a cabo, el hecho de que una sala llena y expectante haya acompañado este estreno argentino no sólo es una noticia muy positiva, sino que plantea algunas preguntas: ¿realmente el público necesita de esa catarata de Cármenes, Toscas, Bohèmes y Traviatas que teatros oficiales y no oficiales vierten sobre él? ¿No está, como se ve aquí, ávido por conocer y disfrutar en vivo de repertorios y títulos menos transitados? ¿No genera esa oferta de piezas remanidas una suerte de círculo vicioso? Toda ópera conocida nos fue alguna vez desconocida, y las instituciones líricas, como formadoras de audiencias, deben confiar en la curiosidad del público y brindarle la oportunidad de hacer de una rareza un título taquillero.

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