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Piñera, en una disputa con casi nada para ganar
En este contexto, la propuesta de la Iglesia de indultar a algunos represores puede significar un presente griego para la estrategia de Piñera, axial en el último tramo de su carrera política, de presentarse como centrista y romper tabúes de los conservadores, arma que le permitió ganar a la Concertación el puñado de votos necesario para la victoria de enero pasado.
El indulto a militares no es hoy un clamor presente en la agenda pública chilena, lo cual no quiere decir que la vieja guardia de la dirigencia oficialista, tanto de Renovación Nacional (RN, el partido de Piñera) como de la Unión Demócrata Independiente (derecha), vea con buenos ojos una amplia amnistía. En el oficialismo, nadie menos convencido -por principios o estrategia- que el propio Piñera, a la luz de sus declaraciones repetidas durante la campaña, pese a algún paso en falso para halagar oídos de uniformados.
Paraguas
Sin embargo, la propuesta de los obispos, aunque lo somete a un debate que podría ahorrarse, le otorga al titular de La Moneda un paraguas para abrir la puerta a una iniciativa que, de concretarse, le permitiría calmar algunos de los enojos que ya se transformaron en fuego amigo. No es lo mismo pagar los costos de aventurarse a una propuesta de amnistía sonsacada por presiones de militares y allegados que ceder por «caridad cristiana» y «corazón abierto» a lo que pide la Iglesia.
Tras haber rechazado la perpetuación de Augusto Pinochet en el cargo, por lo que apoyó el No en el plebiscito de 1988, Piñera se dejó tentar en el comienzo de la democracia. Integrado tardíamente en RN, el senador Piñera propuso extender hasta 1990 la amnistía que Pinochet se había autootorgado con fecha límite en 1978.
Con el correr de los años, el cortés No de 1988 y los coqueteos posteriores giraron hasta una sentencia contundente. El Piñera candidato presidencial de 2005 calificó al de Pinochet como el «peor Gobierno de la historia» de Chile, junto al de Salvador Allende. «Porque dividieron», explicó.
Más años y más juicios abiertos contra militares pinochetistas. Más desgaste de la Concertación y más chances de llegar a la presidencia. Así, Piñera reiteró una y mil veces en la campaña electoral de 2009 su condena a las violaciones a los derechos humanos y su convicción de que los delitos de lesa humanidad deben ser juzgados.
El texto de la propuesta eclesiástica deja una amplia gama de interpretaciones sobre a quiénes debería incluir el perdón. Los antecedentes recientes permiten prever que Piñera no se va a arriesgar a una amnistía que abarque a personajes emblemáticos de la represión, invotable en un Congreso muy ajustado. Seguramente, tal como anticipó, el presidente chileno tratará de anclarse a perdones por razones de edad o enfermedad.
Piñera tiene dos buenos motivos para evitar una amnistía. Por un lado, sabe del descrédito que se ganaría en una prensa, la europea, que hoy no lo maltrata. Por el otro, vivió en carne propia lo exitoso del clivaje «democracia/dictadura» que la Concertación buscará reflotar no bien tenga el menor resquicio.


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