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¿Podrá sobrevivir el castrismo sin el embargo?
Barack Obama
Ahora bien, ¿les conviene a los hermanos Fidel y Raúl Castro el fin del embargo? Luego de cierto entusiasmo inicial -Raúl, sucesor de Fidel en la presidencia, dijo que le interesaría dialogar con Obama-, el Gobierno cubano rectificó el discurso. Fidel tachó de «ingenuos» a los que «sueñan» con que la llegada de un demócrata a la Casa Blanca haga a Estados Unidos «menos belicoso». Y Raúl llamó a no reblandecerse «con los cantos de sirena del enemigo», que, «por su esencia, nunca dejará de ser agresivo, dominante y traicionero».
En enero de 2008, se cumplieron diez años de la visita de Juan Pablo II a Cuba, un puente para su reinserción en el mundo tras la desintegración del sistema soviético del cual era satélite. «Que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba», fue el ruego papal. La realidad muestra hoy que el mundo -con la sola excepción de Estados Unidos- se abrió a Cuba, pero ésta no se abrió al mundo. En la última Asamblea General de Naciones Unidas, 180 de los 192 países que la integran pidieron el fin del embargo.
Por otra parte, pese a las restricciones comerciales, que la propaganda castrista llama abusivamente «bloqueo», Estados Unidos es el quinto socio comercial de la isla. En octubre de 2000, Washington excluyó del embargo las medicinas y los alimentos, lo que convirtió a los granjeros estadounidenses en proveedores de trigo, pollo, maíz y arroz para los cubanos, dato que da la pauta de la clase de desarrollo que le trajo a Cuba la servidumbre económica, política e ideológica al imperio soviético.
En concreto, el embargo tiene más efectos en la retórica que en la realidad. Los supuestos peligros que acechan a la Revolución son la excusa para la perpetuación de un régimen ultrapersonalista, de partido único y rígido monopolio estatal de prensa. En un contexto de privaciones materiales y falta de libertades, la propaganda es crucial. La galvanización de la población en el odio al «enemigo» es uno de los motores que mueven al sistema. Lo sabe Obama, puesto que, al exponer sus intenciones con Cuba, criticó también las políticas de Bush hacia América Latina porque fueron «negligentes con nuestros amigos, ineficientes con nuestros enemigos» y crearon «un vacío que permitió a los demagogos desarrollar su estrategia antiestadounidense».
En efecto, ¿qué sería de Fidel sin Bush y sin el «bloqueo»?
En Estados Unidos existe ya un fuerte lobby contra el embargo. Lo integran comerciantes, agricultores y agentes de viaje que, para hacer negocios en Cuba, se ven en desventaja ante canadienses, europeos e incluso asiáticos. Obviamente, el lobby proembargo también es poderoso. El secretario de Comercio de los Estados Unidos, Carlos Gutiérrez (cubano nativo), acaba de decir que el embargo debe seguir hasta que un cambio en Cuba «nos indique que ya no tenemos más un enemigo jurado a 90 millas de nuestras fronteras».
Es que, así como los Castro necesitan del embargo para perpetuarse, hay sectores del establishment estadounidense que necesitan de la intransigencia castrista -entre otras- para justificar presupuestos de defensa, «Ejes del Mal» y una política exterior signada por el unilateralismo.
Es innegable que a los ciudadanos estadounidenses y cubanos les conviene la normalización de las relaciones entre sus países. El obstáculo radica en los gobiernos. Por lo tanto, la evolución de las relaciones La Habana-Washington será un termómetro para medir la voluntad de cambio de Obama y cualquier apertura representará una esperanza para el pueblo cubano y un peligro para un régimen que se pretende eterno.


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