24 de julio 2013 - 00:00

“Por consejo de Borges, nunca escribo ‘lo que no me llama’”

Urbanyi: “Mi humor nunca es intencional, surge al correr del relato de la historia”.
Urbanyi: “Mi humor nunca es intencional, surge al correr del relato de la historia”.
Nació en Hungría, pero llegó a los 8 años a Buenos Aires. Años despúes, Pablo Urbanyi se convirtió en periodista cultural y un destacado narrador que publicó, entre otros libros, "Noche de revolucionarios", "Un revolver para Mack", "Silver", "El zoológico de Dios", entre otros títulos. Según él señala "más por los vientos y el azar" desde hace años reside en Ottawa, Canadá, donde junto a dar clases en la universidad o en el Servicio Exterior Canadiense, no deja de escribir, lo que ha hecho que ahora aparezcan conjuntamente en la Argentina dos de sus más recientes obras, la novela "La palabra" y el conjunto de relatos "Cuentos desagradables", ambos publicados por Catálogos. Desde su casa en Ottawa dialogamos sobre sus nuevos libros.

Periodista: ¿Es porque reside en Canadá que aparecen juntos dos libros suyos?

Pablo Urbanyi:
Con poco de ironía y humor, podría responder que sí. Como no estoy para llamar todos los días por teléfono al editor, o aparecer de cuerpo presente frente a su escritorio, que sería mucho más eficaz, los libros se acumularon. y ante la amenaza de mi llegada, Catálogos decidió publicar los dos ya que uno de ellos llevaba más de un año de atraso. De todas formas, y bromas aparte, si bien hubo una yuxtaposición, no es grave: los dos libros juntos no forman un mamotreto.

P.: ¿Trabajó al mismo tiempo en la novela y los cuentos?

P.U.:
Me atrevo a decir que sí. Es más, con otras dos novelas de por medio. "El zoológico de Dios", y "El zoológico de Dios II". La verdad que es un poco peligroso hablar de cómo trabaja uno porque es como abrir el paraguas antes que llueva, y encima se corre el peligro de caer en explicaciones y justificaciones que nadie pide. O se invoca a musas y manes que no existen. Pero en líneas generales puedo decir que sigo el consejo que me dio Borges en el tiempo en que trabajaba en La Opinión: "Urbanyi, nunca escriba lo que no lo llama". Aunque escriba y trabaje todos los días, eso no quiere decir que fuerce la mano para darlo por terminado cuando llego a la última línea. Lo dejo descansar un tiempo, hasta que "me llame". Y mientras tanto, trabajo en otra. Eso sí, trato de no dejar nada por la mitad, ni la reescritura, intención que no siempre se cumple.

P.: ¿En qué medida traslada en su novela "La palabra" su propia experiencia de vivir en Ottawa?

P.U.:
Creo que, de manera seleccionada, prácticamente todo lo que viví en Ottawa, Canadá incluido, u Ottawa incluido en Canadá, desde que llegué allí hace más de treinta años. Los doce años de enseñanza en la Universidad de Ottawa, en el Ministerio de Asuntos exteriores de Canadá, las reuniones y fiestas en La Asociación Argentina-Canadiense, el frío inhumano de los inviernos de días cortos y noches largas y a la inversa, los días largos y a veces tórridos del verano, los árboles numerados a la orilla de paseo al lado del canal, y creo que ya es bastante. Sin embargo, y es inevitable, a todo lo anterior le debo sumar las visitas a la Argentina que fueron fantaseados como viajes de regreso, impulsados por esa fuerza contra la que es inútil luchar y que se llama nostalgia, una lucha permanente que no tiene solución ni con el regreso.

P.: ¿En qué medida Palmatieri es su alter ego a través de los diversos desarraigos que ha sufrido en su vida?

P.U.:
Quizás haya alguna influencia de mi media vuelta por el mundo: nacer en Hungría, pasar la guerra, llegar a la Argentina a los ocho años, dejarla a los treinta ocho (los treinta años más importantes de mi vida, los que me definieron, los viví en la Argentina) y pasar otros tanto en Canadá, pueden ser una influencia. Pero digamos que de esos desarraigos el más importante es la argentina-canadiense. Por mis hijos y por mis nietos, nunca concreté mis fantaseados deseos de regreso. Y de allí parte la historia de "La palabra"; a su manera, engañosa, insegura, el doctor Palmatieri vuelve. Tal vez, visto desde ese punto de vista, sea mi alter ego.

P.: ¿Qué buscó contar en esa novela?

P.U.:
Muchas veces las intenciones claras de lo que uno quiere contar aparecen en el rigor del trabajo o en los comentarios o críticas de los amigos que leen el manuscrito. Uno de los personajes, el Húngaro, que podría parecer mi alter ego como un gemelo sin serlo, le dice a Palmatieri que si partir es morir un poco, quizá regresar es morir del todo. Es decir, especular con la imposibilidad de un regreso completo o íntegro ya que uno perdió muchas plumas y pelos durante la ausencia, así como las vivencias de los acontecimientos que forman parte de la historia del país que dejó. La inseguridad que crea el desarraigo y la necesidad de mentir, de dar vueltas para poder mantenerse a flote. Ambicionar, trepar sobre escaleras de nube. Tener, o creer que se tuvo un gran amor en el pasado, uno solo, y si no lo hubo, crearlo. En fin, recabar un poco en la coctelera en que se ha convertido el mundo y asomarse un poco detrás de esa fachada que nos solemos crear inútilmente y que no es más que un autoengaño.

P.: Una de las formas dominantes en sus historias, tanto en la novela "La palabra" como en los "Cuentos desagradables" es el humor, ¿lo considera una marca de su estilo?

P.U.:
Probablemente. Pero mi humor nunca es intencional, surge al correr del relato de la historia y probablemente cuando mayor sea mi seriedad o mi concentración. Nunca en mi vida pude escribir intencionalmente con humor. Creo que con el humor ocurre lo que con el ciempiés que descansaba en una hoja y un monje zen le preguntó cuál de los pies movía primero cuando se ponía en marcha. Y pensándolo, quedó paralizado y murió. Algo semejante me ocurre cuando alguien me dice: "Oh, como te debés divertir cuando escribís". Soy un convencido de que el que se divierte escribiendo, no escribe nada serio y menos con humor.

P.: ¿Con qué escritor se siente relacionado?

P.U.
: Quizá por ese impulso hacia el humor no me sienta relacionado con ningún escritor, por más premiado que sea, si escribe como si lo hiciera enfundado en un chaleco de fuerza. Si no tiene humor o algún tipo de humor que si de este tema hablamos, la gama es infinita, desde el humor banal hasta el trágico. Un día me sorprendí riéndome durante una relectura de "Crimen y castigo". ¿Y qué decir de "Los hermanos Karamazov"? A veces, frente a libros como esos, no nos atrevemos a reírnos por haberlos solemnizado. En la Biblia, el Eclesiastés, ¿no es una gran carcajada? Los otros, Swift, Gogol, Hasek, Goncharev, Luciano de Samosata, una delicia como "Viaje sentimental" de Steiner y similares. De los argentinos recuerdo y vuelvo a leer como si estuviera junto al fogón, "Pago Chico" y otras obras de Payró. Eso, quizá, porque me crié en el campo.

P.: ¿Por qué eligió el título "Cuentos desagradables"?

P.U.:
Algunos de ellos ya fueron publicados incluso en inglés antes que en castellano y comentados al estilo británico, primero muy alabados, y después criticados por exagerados o directos, disgustantes (para usar un anglicismo) hasta desagradables. Es más, el traducido al inglés, por protestas en nombre de lo políticamente correcto, fue prohibido en un curso de traducción que, justamente, daba la traductora del cuento. Casi me hacen un juicio y, trabajando sólo a tiempo parcial, por poco me echan de la Universidad. No necesité mucha más inspiración para el título.

P.: ¿Cómo los calificaría: absurdos, alegóricos, irónicos?

P.U.:
Puedo aceptar las tres calificaciones e incluso ir más allá y señalar el horror de lo posible. En el famoso Norte, con los años, aprendí que la expresión "Teóricamente es posible", puede resultar fatal. Basta pensar en la destrucción que hace Monsanto con todo lo que en un tiempo no fue más que "Teóricamente posible". O la bomba atómica. Y eso es lo que trato de señalar en algunos cuentos: la aberración humana en nombre de los derechos humanos.

P.: ¿Qué nostalgias siente de la Argentina?

P.U.:
Cuando estoy en Canadá, una nostalgia global. Pero cuando vuelvo puedo hablar de diferencias profundas. Primero, gran alegría, desde el olor a la ciudad que es Buenos Aires, hasta el reencuentro con los amigos y los almuerzos o las cenas. Luego viene la tristeza profunda al descubrir que el olor de Buenos Aires va cambiando y no sé si estoy en la que fue mi ciudad o cualquier ciudad alrededor del planeta o, vamos, extraterrestre. Los Mc Donald's de Buenos Aires apestan exactamente lo mismo que los de Ottawa o París. Y los vasos de papel Starbucks son tan ordinarios acá como allí.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

P.U.:
Esa es una pregunta casi obligatoria para el cierre. Y la mía es "Por cábala, para no gastar el tema, nunca hablo de lo que escribo." Sin embargo puedo decir que a mi vez, también estoy en una especie de período de cierre de una novela, de la revisión, de la recolección de todo lo que anda suelto en el disco duro de la computadora por no decir mi cabeza.

Entrevista de Máximo Soto

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