31 de marzo 2010 - 00:00

Post coitum, Catherine está triste

Post coitum, Catherine está triste
Catherine Millet «Celos. La otra vida de Catherine M.» (Barcelona, Anagrama, 2010, 221 págs.) 

A los 52 años, hace unos 10, la francesa Catherine Millet descubrió que contar con pelos y señales su ajetreada vida sexual era buen negocio, y la colocaba en el lugar vacante de «dama del sexo literario francés», que en sus momento supieron ocupar Colette, Anaïs Nin, Marguerite Duras y fundamentalmente Pauline Reage, seudónimo que cubría a la refinada intelectual parisiense, miembro de la Legión dHonneur, Dominique Aury, que publicó «La Historia de O», legendario hito de la literatura pornográfica mundial.

Como Aury, Millet tenía sobrado prestigio como directora de la revista de arte actual Art Press, y un florida experiencia sexual de swinger como para escandalizar (en un país y en un tiempo difíciles de lograrlo) con un relato donde confesara «La vida sexual de Catherine M.», es decir de ella misma. Buscó para ser leída una prosa de informe clínico junto con un lenguaje acorde a la tradicional calidad de una cultivada dama gala, sin evitar datos de sus proezas sexuales, porque escribía después de que Michel Houellebecq ya había shockeado con perversiones de las que no dejaba nada a la imaginación.

El libro de Millet fue la visión intelectual del sexo libre, la «pareja abierta», el «peace and love» de los 60, el una cosa es el sexo y otra el amor, una cosa son sensaciones y otras emociones, y el «a Jacques Henric, mi marido, no le molesta que yo participe en partouzes o tenga visitantes sucesivos de mi cuerpo». El libro se volvió best seller, fue traducido a 40 lenguas y vendió millones, y pronto escritoras de diversos lugares se lanzaron a copiar esa línea comercial.

Ahora, a los 62 años, Catherine decide llorar. Y lanza este manifiesto sentimental, que en la versión original se llama «Día de sufrimiento» («Jour de souffrance») y revela el impacto de descubrir que su marido la engaña, y la policial persecución paranoica que realiza, mientras se siente desgarrada, según dice, por «¿cómo puedo culparlo por comportarse como yo lo hice durante tanto tiempo?».

Se siente enferma de unos celos que no corresponden a una mujer liberada. «¿Es sólo sexo?, se angustia, ¿sentirá amor por alguna de sus amantes?» Millet tal vez buscó una nueva forma de desnudarse para mantenerse en escena, pero lo que parecía original y divertido en su primer libro en este tiene el temblor patológico de una personalidad obsesiva y, por momentos, culposa; mas allá de los numerosos detalles porno que decoran las páginas. Hacia el final, cuando recuerda la vez que vio a su madre en brazos de un amante, dice «ahora sé que cada cual puede, si no le asusta la mirada retrospectiva, descubrir que su vida es verdaderamente una novela y que ese descubrimiento es una dicha, por episodios dolorosos que contenga». Es triste ver llorar a una libertina.

M.S.

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