8 de marzo 2012 - 00:00

Precalienta el QE3: lo decide Bernanke

¿Se acerca la hora del QE3? ¿Se prepara la tercera edición del relajamiento monetario no convencional? Las apuestas a favor, otra vez, cotizan en alza. Lo más interesante es que la coyuntura no parece requerirlo. Más delicada era la situación en agosto/septiembre cuando, después de la agonía que generó la disputa por el «techo» del endeudamiento en el Congreso, la doble recesión en los EE.UU. respiraba en la nuca. Sin embargo, la Fed mantuvo la iniciativa en el congelador. Optó por una intervención tibia -la operación twist- que casi nadie registra en la memoria a pesar de que aún se halla en plena ejecución. Trascartón, la crisis europea complicaría el panorama de las finanzas, aunque tampoco sacó al banco central de su postura de monitoreo atento, pero desprovisto de acción. Salvo en el plano de la comunicación, eso sí, en el que Bernanke ha promovido cambios sustanciales (incluyendo, por primera vez, la difusión de un objetivo de inflación explícito del 2%). ¿Por qué resucita, entonces, la hipótesis del QE3 cuando ni los mercados ni la economía parecen necesitarlo? Nadie aboga por un «salvavidas» de urgencia como sí ocurrió a fines del año pasado. Y aun si fuera el caso, el antecedente no es alentador: como se apuntó, la Fed no le concedió el visto bueno. ¿Se trata de pura especulación? ¿Una adicción, como gustan remarcar los hombres serios de Berlín, pero también Richard Fisher, presidente de la Fed de Dallas? ¿O es una versión con asidero? Después de todo, gente que conoce el paño, como Vincent Reinhart (de larga carrera en la Fed y hoy economista jefe de uno de los principales bancos de inversión), cree que las probabilidades de que haya QE3, en los próximos tres meses, son del 75%. Y Reinhart no es un «adicto», sino un crítico de la iniciativa. No la recomienda (preferiría una extensión de la operación twist), pero la ve venir en un plazo breve.

Con una reunión del comité de mercado abierto de la Fed la semana próxima es lógico que el debate sobre el QE3 eleve sus decibeles. El banco central no cierra ninguna puerta. Ben Bernanke ha sido claro: si la economía tropieza, no le temblará el pulso para accionar la botonera. Pero he aquí el quid de la especulación, con una economía jaqueada por el alto desempleo, también lo hará si pasa el tiempo y el crecimiento flaquea, o si la mejoría de las condiciones laborales no apura el paso. La Fed está dividida. En un extremo, Charles Evans, el titular de la Fed de Chicago, no tuvo empacho en disentir de sus pares, el año pasado, para pedir, a viva voz, un aumento sostenido del estímulo monetario hasta que la tasa de desocupación se alinee con el mandato de pleno empleo que persigue la Fed. En el otro flanco, días pasados, el citado Fisher se mostró perplejo por la «fijación» de Wall Street en la provisión de dinero barato. «Hay billones disponibles que no están siendo utilizados por la economía real, y los operadores siguen obsesionados en buscar y pedir más», dijo (aunque Evans, por cierto, no es un mandatario de Bolsa). Verborrágico, no trepidó en sentenciar: «Es una adicción a la morfina monetaria». Ambas posturas son fáciles de voltear. La conexión directa entre QE3 y creación de empleo que Evans parece sugerir sencillamente no existe. Pero tampoco cabe pensar que el QE3 no pueda provocar efectos significativos, aunque más no sea por torcer las expectativas de los «adictos».

Está claro, sin embargo, que el verdadero debate no pasa por los extremos. Una decisión dependerá de aspectos más sutiles. En las condiciones actuales -ausentes los apremios que gatillaron el QE2-, la Fed debería encontrarse cómoda manteniendo su tesitura: «ver y esperar». No se discute que la economía se recupera. Pero la Fed debería velar también por cerrar la brecha de producto. A simple vista, el desempleo excede en mucho el nivel compatible con su mandato, y como no hay señales sino de muy lenta convergencia, aumentar el estímulo monetario podría ayudar a una cicatrización más rápida. Aquí James Bullard, de la Fed de Saint Louis, discrepa con firmeza. Sostiene que la economía está más cerca del pleno empleo de lo que se piensa. La crisis destruyó recursos (en los sectores como la construcción o las finanzas que protagonizaron los excesos) que no podrán volver a utilizarse. El producto bruto potencial es menor que el que se estima de manera convencional. Y, el riesgo de inflación es, pues, una acechanza más próxima. En ese sentido, la Fed no ensayará el QE3 si estima que hay chances de que las expectativas inflacionarias se suelten de su anclaje.

La semana pasada el silencio de Ben Bernanke en su testimonio legislativo se tomó como una señal de que el QE3 quedaría postergado. Ayer, una versión filtrada en la prensa, que revelaba que la Fed estaba analizando una variante de compra masiva de bonos acoplada con una simultánea esterilización de los fondos encendió de nuevo la mecha de la especulación. Con ese hipotético diseño, el QE3 trataría de corregir uno de los efectos no deseados de su antecesor inmediato: el derrame de la liquidez hacia las materias primas (y su eventual correlato inflacionario).

¿Qué cabe esperar? Ninguna novedad en la reunión próximo martes 13. Pero nadie se sorprenda si asoma el perfil de un debate reabierto. Aunque, como se dijo, la economía no exhiba urgencias. Pero si el banco central considera que, tarde o temprano, tendrá que intervenir, el apuro proviene de la agenda política. Con elecciones en noviembre, el horizonte de acción es muy acotado. Si va a haber QE3, Bernanke tendrá que ejecutarlo no más allá de junio. Si no, deberá cruzar los dedos y guardarse hasta diciembre.

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