12 de septiembre 2011 - 00:00

Puccini y Leoncavallo en BAL: voces nobles, puesta desprolija

Florencia Fabris, como Sor Angelica, y la magnífica Elisabeth Canis en una escena de la ópera conventual de Puccini.
Florencia Fabris, como Sor Angelica, y la magnífica Elisabeth Canis en una escena de la ópera conventual de Puccini.
«Suor Angelica», ópera en un acto de G. Puccini. Libreto de G. Forzano. «Pagliacci», ópera en un prólogo y dos actos, texto y música de R. Leoncavallo. Orquesta y Coro Buenos Aires Lírica. Puesta en escena: M. Perusso. Dirección musical: C.Vieu (Buenos Aires Lírica. Teatro Avenida, 9 de septiembre).

En una apuesta ambiciosa como lo es brindar dos óperas de peso dentro del mismo programa, y completando el «Trittico» pucciniano (en el 2007 la asociación había ofrecido «Il tabarro» y «Gianni Schicchi»), Buenos Aires Lírica estrenó el viernes pasado «Suor Angelica» y «Pagliacci».

Un desafío paradójico debió afrontar desde el vamos el régisseur Marcelo Perusso: mientras que la ópera de Puccini admite pocas innovaciones en el ambiente interior y exteriormente opresivo que plantea, la de Leoncavallo, una verdadera maravilla dramatúrgica basada en un hecho real, brinda una infinidad de posibilidades a cualquier director de escena, especialmente por el juego metateatral y el paralelo entre la comedia representada y el drama que se vive.

Lo inesperado -más allá de las elecciones personales de un artista- es que se advirtieron desprolijidades en la realización, algo desacostumbrado en las impecables producciones que suele brindar Buenos Aires Lírica. El clima de «Suor Angelica» transitó por lo simbólico y lo onírico, incluyendo la aparición de los familiares de la protagonista e imágenes proyectadas de diversa índole, y no deparó sorpresas ni tampoco emoción, que es en este caso el ingrediente fundamental.

Por su parte la puesta de «Pagliacci» exploró distintas sendas sin decidirse por ninguna. Algo parecido sucedió con la marcación actoral, que pareció inclinarse por la naturalidad aunque no pudo lograrla completamente, y decisiones como la inclusión del cine -en el prometedor comienzo- o la anulación de la deformidad física del payaso Tonio (o tal vez el que no fuera más notoria) no encontraron una continuidad que les otorgara justificación y las contextualizara.

Vocal y musicalmente impecable, la soprano Florencia Fabris rozó apenas los picos de emoción que encierran los difíciles -y disímiles- personajes que le tocó encarnar (Angelica y Nedda). El elenco conventual que la secundó en la ópera de Puccini tuvo en general un excelente nivel, mientras que Elisabeth Canis impuso su autoridad y su oficio como la Zia Principessa.

Ovacionado hasta el hartazgo por un público que llegó a hacer caso omiso del pedido de silencio por parte del director durante el hermoso postludio del aria «Vesti la giubba», el maduro Luis Lima debutó como Canio, con un abordaje que exacerbó el aspecto brutal del papel tanto gestual como vocalmente. Omar Carrión -muy merecidamente celebrado tras el prólogo- cumplió con creces como Tonio, Ernesto Bauer (Silvio) aportó calidez, y musicalidad, Fermín Prieto fue un muy correcto Beppe y el coro de la asociación sonó con su habitual potencia, aunque dentro de ésta sus estentóreos tenores quebraron el balance. Una orquesta de buen rendimiento general siguió la firme batuta de Carlos Vieu, que imprimió el espíritu adecuado a ambas partituras.

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