16 de marzo 2009 - 00:00

¿Que hay detrás de los discursos presidenciales?

 El hilo conductor de los discursos presidenciales es la denominada Teoría de la Dependencia, vigente en
la militancia política de la década del setenta, a la que la Presidente, según propia confesión, ha adherido y adhiere. Hay dos versiones de ella: una más simple, y otra más elaborada.
La primera sostiene que el nivel de vida de los países «centrales» se explica por la renta neta (intereses y dividendos, básicamente) que éstos extraen de sus inversiones en los países «periféricos»; la otra versión sostiene que el subdesarrollo de estos últimos es debido a la alianza de sectores internos de ellos (la «oligarquía vacuna», entre nosotros) asociados a los requerimientos del imperio (Inglaterra, entre 1880 y 1930).
Respecto del primer enfoque, en un libro publicado hace más de tres décadas («Teoría de la Dependencia». Emecé Editores), hemos mostrado que la renta neta del capital británico en el extranjero tuvo una participación relativa en la renta total, a precios de mercado, de Gran Bretaña (excluida Irlanda), en el período 1886/1910, del 8,07%. Este dato resta todo fundamento a la referida aseveración, ejemplificada en las «venas abiertas» (drenaje de recursos), de Eduardo Galeano, en su famoso libro sobre el tema.
Adelantados
La segunda versión de la citada teoría tiene un exponente emblemático en Jauretche, autor de cabecera de la Presidente, también según propia confesión. En verdad, tanto éste como Scalabrini Ortiz se adelantaron varias décadas a los teóricos de la dependencia, ya que la médula de la interpretación que hicieron del modelo de la generación del ochenta no diverge, en lo esencial, de la que los economistas y sociólogos de América Latina forjaron, tres décadas después, para explicar el subdesarrollo de esta región.
En efecto, Jauretche, por ejemplo, sostiene que la Guerra de la Triple Alianza impidió el desarrollo industrial de Paraguay, con lo que pretende demostrar que este desarrollo era factible, en ese entonces, para los países de la región: «Al niño a quien le enseñan la historia oficial no entiende cómo ese pequeño país casi indígena pudo resistir durante cinco años la coalición Argentina, Brasil y Uruguay en su contra. No le dan otra explicación que el heroísmo del pueblo paraguayo, producto de su ignorancia y brutalidad, como lo han explicado nuestros próceres¨.
«No se le dice que Paraguay era una potencia entonces porque tenía tanto ferrocarril como tiene ahora, cuando aquí no había un metro; que tenía fábrica de armas, altos hornos, fábricas de vidrio, astilleros» («Filo, contrafilo y punta». Ediciones Pampa y Cielo, pág. 94).
Otra versión
Veamos ahora lo que dice el teniente coronel de Ingenieros en el Ejército de Paraguay, y ayudante del presidente Francisco Solano López, Jorge Thompson, en relación con aquella fábrica:
«Todos los cañones, etc., etc., que se fabricaron en el Paraguay durante la guerra fueron obra de ingenieros ingleses que nunca se habían ocupado de esta clase de manufacturas. Tenían que diseñar y construir sus propias máquinas para taladrar, rayar, etc., y demostraban gran habilidad por la manera como se desempeñaban» (Jorge Thompson, «La Guerra del Paraguay». Talleres Gráficos de L. J. Rosso y Cía. Buenos Aires 1910. Tomo I, pág. 210).
Veamos, además, la descripción de la vida paraguaya en ese entonces, que hace este mismo observador en estos términos: «Para la generalidad, la suma de la felicidad humana consistía en pasar el día a la sombra, tendido sobre un poncho, fumando y tocando la guitarra. Puede creerse, pues, que aquellos tiempos eran sumamente felices, por cuanto era todo cuanto tenían que hacer».
Frente a estos comentarios de un testigo calificado de la Guerra de Triple Alianza, suponer que Paraguay era una potencia industrial en ese entonces (siendo inglés el capital y también la tecnología,
y poco interesada en el lucro la sociedad), es desconocer por completo la índole de la economía moderna, ignorancia muy propia de los teóricos de la dependencia.
Búsqueda
En efecto, lo que subyace en esta economía es la búsqueda sistemática de la explotación de todos los recursos disponibles (incluido el hombre), susceptibles de aprovechamiento económico, maximizando los rendimientos, con el mínimo posible de costos (productividad).
Este comportamiento ante las cosas expresa el fundamento metafísico del mundo moderno, y no una primacía de ciertos «valores», como es creencia común entre nosotros. Desde aquel subyacer, el capital no es el resultado de un robo (la plusvalía de Marx), sino el derivado del ahorro aplicado a la inversión.
Desde este punto de vista, la genuina alternativa con la que se enfrentaban nuestros países, hacia la última parte de la siglo XIX, no era entre un «modelo» agroexportador, o un «modelo industrial», sino entre una economía de exportación, o una economía de subsistencia. El eslogan «nacional y popular» versus «minorías antinacionales» puede dar satisfacción a nuestra frustración nacional, pero tiene poco que ver con la verdad. El conflicto es entre economía productiva, o economía ineficiente, y hay trabajadores («sectores populares»), tanto en la una como en la otra.
Por lo tanto, el freno al avance hacia el primer tipo de economía, argumentando que se trata de favorecer a las citadas minorías, es un enmascaramiento de actividades (capital y trabajo), de baja o nula productividad, que se resisten a desaparecer.
Con el maniqueo bagaje intelectual proporcionado por Jauretche, y similares adalides de lo «nacional y popular», es imposible la comprensión del mundo actual. ¿Cómo se disfraza esto en los referidos discursos? Con la suficiencia, el agravio y la ironía, todos signos de la impotencia del espíritu.

(*) Integrante de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.

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