21 de diciembre 2011 - 00:00

¿Qué pasó con el azote de la inflación?

José Siaba Serrate - Economista
José Siaba Serrate - Economista
¿Qué nos salvó del descalabro de la inflación mundial? ¿Qué pasó con el azote que prometía dimensiones bíblicas a juzgar por el frenesí de actividad de los bancos centrales, la pluma de sus críticos y la efervescencia, aún mayor, de los activos tangibles que oficiaron de refugio? A estas alturas, es obvio, el mal anunciado no se produjo. La suba de los precios de las materias primas, por supuesto que sí. Aportó el prólogo exaltado de una ópera magna que la realidad se niega a escribir. Después de todo, de la Gran Depresión no se salió con la Gran Inflación. Y mientras no se salió, la regla fue la caída de precios. Con esa experiencia en mente, a la hora de lidiar con las penurias de Japón no se escatimaron estímulos fiscales ni monetarios. Y aun así, el nivel general de los precios minoristas es hoy el 3% inferior al que regía 14 años atrás. Conviene anotarlo ahora, que la amenaza sobrevuela EE.UU. y Europa: el estancamiento crónico no alimenta las ínfulas inflacionarias.

¿Quién es mejor economista? ¿Ben Bernanke o los metales preciosos? Bernanke no titubeó en treparse al famoso helicóptero de la Fed y desde allí descargó toda una profusa artillería monetaria no convencional. A la primera expansión cuantitativa -cuando la economía se hundió en el entorno de la tasa cero- le siguió una segunda -el muy discutido QE2- y, si se hurga en la interrelación entre la Bolsa y la curva de rendimientos, ya se husmea la proximidad de una tercera versión. Pasaron tres años largos de la primera andanada y ¿dónde está el rebrote de la inflación? Todavía es una hipótesis de pizarrón. El único desborde de precios está confinado a la torre de marfil de las materias primas. Su origen es anterior al viraje forzado de la política monetaria hacia el terreno experimental, y si las compras masivas de deuda que hizo la Fed fogonearon la desconfianza, lo cierto es que los aumentos de precios no se derramaron más allá. El mayor objeto de controversia -el QE2- fue diseñado por la Fed con dos finalidades: una de ellas (la que mejor cumplió) era revertir el proceso de desinflación núcleo que afligía a la economía de los EE.UU. a mediados de 2010. Y, pese a lo azaroso de la tarea, logró admirablemente su cometido. La inflación minorista núcleo (ex alimentos y energía), que era del 2,9% interanual en septiembre de 2006 (plena expansión cíclica) y del 2,5% cuando sucumbió Lehman Brothers dos años después, cayó a un magro del 0,6% en octubre de 2010. Ese sería también el piso. El QE2, anunciado a fines de agosto, entró en vigencia en noviembre 2010. Y la inflación núcleo se recuperó paso a paso. Un año después, su última lectura -el 2,2%- está en línea, otra vez, con las preferencias de la Fed.

La idea de Bernanke nunca fue la de generar inflación a destajo, ni desmoronar el dólar, pero sí evitar los riesgos de deflación, particularmente graves para la digestión de una crisis crediticia. Hoy la tasa general de inflación puede parecer alta a simple vista -el 3,4%- aunque es inferior a la que regía antes de que la economía de EE.UU. entrara en recesión -el 4,3%- en noviembre de 2007. Con razón (tampoco exenta de críticas) la Fed se resiste a atar sus maniobras a los vaivenes del índice general (como sí hizo el BCE cometiendo dos célebres gaffes subiendo las tasas de interés en 2008 y 2011). La medición de inflación fue del + 5,6% en julio de 2008 y del -2,1% un año más tarde: una brújula muy volátil como para confiarle decisiones importantes. De la misma manera, la caída absoluta de precios de septiembre y octubre nada tiene que ver con un resurgimiento de la deflación. Mucho menos con un freno abrupto de la expansión monetaria. Como sea, el cambio de base en la comparación interanual -mucho más elevada de aquí en más- también deprimirá las futuras lecturas de inflación. Y alentará ese revisionismo incipiente que gana conversos: el talismán de los inversores ya no es el oro, o los bienes tangibles (que los funcionarios no pueden reproducir a su antojo), sino, créase o no, el dólar, cuya oferta como activo de papel es virtualmente infinita. Sólo que ahora parece no importar.

El vínculo entre creación de dinero y variación del nivel de precios no es una relación lineal. Depende también de la demanda de dinero, que no es fácil de predecir. Si la Fed, que en la crisis fue extraordinariamente flexible, adhirió a un precepto rígido fue al célebre dictado de Milton Friedman: no permitir que se destruyera la oferta monetaria. Para el economista de Chicago, ese error convirtió lo que era otra recesión más en la Gran Depresión. Esa equivocación esta vez no sucedió, aunque la celosa respuesta de la Fed incentivó otro yerro significativo: la pifia de docenas de vaticinios de inflación. Se sabe que Bernanke triplicó, con creces, la asistencia crediticia de la Fed. Aunque sólo una parte menor se transformó en dinero. Si la oferta monetaria aumentó, en los cuatro años desde que comenzó la recesión en 2007, el 28,7% (medido al nivel de M2), los precios minoristas apenas el 7,5%. La cotización del oro, usada con frecuencia como «proxy» de la inflación en gestación, trepó el 100% (aun descontando la caída del 15% desde sus máximos de agosto). No está mal, de vez en cuando, aparear los pronósticos de antaño con los números efectivamente realizados y así calibrar la mira. Y si ahora despunta una caída de precios, y esta súbita predilección por el mismo dólar que antes se vapuleaba, conviene no pasar por alto que la Fed está empapelando más y mejor que nunca. La disputa por el techo de la deuda pública marcó un antes y un después: la cantidad de dinero crecía al 5% interanual y ahora lo hace al 10% (a más del 13% anualizado en los últimos tres meses). Con todo, la demanda de papel moneda aumenta más de prisa. Y no sólo dentro de los EE.UU. Para desairar aún más los pronósticos de sobreabundancia, hay escasez de dólares en Europa. Aquí el fenómeno es todo de demanda: en la segunda semana de diciembre, el BCE absorbió 52 mil millones a través de las líneas de swaps cambiarios.

Dejá tu comentario