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¿Quieres ser Philip Seymour Hoffman?
Entre lo fantástico y lo real: Philip Seymour Hoffman y Hope Davis (la psicoanalista) en «Todas las vidas, mi vida».
Al nuevo film del guionista Charlie Kaufman («¿Quieres ser John Malkovich?», «Eterno resplandor de una mente sin recuerdos»), y el primero también como director, podría corresponderle el par de adjetivos que empleó Borges en su temprana reseña de «Citizen Kane» en «Sur»: genial y abrumador. «Todas las vidas, mi vida», de admirable arquitectura narrativa, es una película seductora pero no agradable y hasta irritante por momentos, pero difícil de abandonar: se la sigue como se seguiría un laberinto reconocible de final sabido, como si se tratara del lento viaje hacia la muerte de una mente demasiado sobrepoblada de recuerdos.
Apenas comenzado el film, bastan unos pocos indicios para que se advierta que, pese a su realismo sórdido, hiriente, la naturaleza de lo que veremos es esencialmente fantástica: el único protagonista de «Todas las vidas, mi vida» no es el atribulado director teatral Caden Cotard (otro magnífico trabajo de Philip Seymour Hoffman) sino su mente: en el interior de ella estamos colocados desde las primeras imágenes, tal como lo estaba John Cusack dentro de la de John Malkovich. En ese escenario interior el tiempo no coincide con el cronológico, y el resto de los personajes, el mundo de sus relaciones, tampoco son ellos sino sus representaciones.
Si bien no es difícil seguir ese viaje interior de Caden, el espectador debe estar especialmente atento para que ningún detalle se le pase por alto. El radio-reloj que despierta a Caden en la primera escena menciona una fecha, que no es la misma que la que tiene el diario que, minutos después, lee en la cocina junto a su mujer y su hija.
Kaufman intensificará más tarde estas divergencias entre lo cronológico y lo interior, entre lo real y lo fantástico, a través de hallazgos sobresalientes, como el de la lectura que hace el protagonista del diario íntimo de su hija, olvidado por ella bajo su almohada cuando sólo tenía cuatro años, pero que continúa escribiéndose solo a pesar de que ella ya no viva con él.
La traducción literal del título original del film, «Sinécdoque Nueva York», tiene un doble significado: por un lado, alude por homofonía al pueblito del estado de Nueva York donde vive Caden, Schenectady, y por el otro refiere a la figura retórica consistente en representar una parte por el todo. La de Caden es una vida que se va desgajando progresivamente: su mujer lo abandona, llevándose a su hija, para ir a vivir a Berlín con otra mujer; su psicoanalista, especialista en autopromoción, intenta seducirlo cuando él obtiene una beca sustanciosa; la bella boletera del teatro donde él monta un Arthur Miller busca en vano seducirlo; otras mujeres también giran en su torno como satélites incomprensibles. Su cuerpo está amenazado, real o imaginariamente, y en su mente los recuerdos no sólo no pueden borrarse sino que construyen otra realidad paralela, con la que el film nunca deja de interactuar.
La única salida, para Caden, es esa gran obra teatral que se propone hacer en Nueva York, ahora en el downtown gracias a la beca, y cuyos preparativos tanto se parecen al Proceso de Kaf. Es en esta instancia cuando entrará en escena (tour de force de la película), su doble, disparando al film a una especie de abismo en el cual, pese a que Kaufman tampoco aquí haya dejado de deslizar algunas brillantes líneas humorísticas en los diálogos --tal como en su obra anterior--, ahora se hace imposible sonreir.


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