25 de marzo 2009 - 00:00

Quimérico intento de querer cambiar el nombre de las cosas

Enrique Santos Discépolo, Pablo Neruda y Jorge Luis Borges.
Enrique Santos Discépolo, Pablo Neruda y Jorge Luis Borges.
Nada tan irrealizable como la pretensión de arrogarse el dominio sobre el habla. Las academias limpian, fijan y dan esplendor, pero salvo en las universidades, y a veces tampoco allí, se las tiene demasiado en cuenta. Con los años, también ellas se van acomodando al uso real que adquieren los vocablos entre quienes los emplean a diario, y pasado un tiempo no les queda más que incorporar las acepciones nuevas a sus diccionarios.
Sin embargo, y pese a sus nobles y elevadas intenciones, más irrisoria que la quimera de ordenar cómo hay que llamar a las cosas resulta la nueva normativa del Grupo de Alto Nivel sobre Igualdad de Género y Diversidad del Europarlamento, conocida en estos días, que indica que, cuando se habla genéricamente, no hay que denominar más «el hombre» a la especie humana, «los argentinos» al «pueblo argentino», «los niños» a «la infancia» o «los médicos» a «las personas que ejercen la medicina».
De ahora en adelante, pues, habrá que cuidarse con lo que la lengua que habla el género humano ha sedimentado a lo largo de los siglos. Porque, si el Europarlamento se propusiera aplicarlo retroactivamente, acabaría, por ejemplo, con la historia de la poesía; por ejemplo, ya no más el reaccionario Neruda con «Aire en el aire / el hombre, dónde estuvo», que debería ser rectificado por «Aire en el aire / las personas (o el género humano), dónde estuvieron / estuvo».
Posiblemente, el Europarlamento no tuvo en cuenta que el único policía del lenguaje es el lenguaje mismo. El lenguaje es sabio. En los Estados Unidos, ya nadie puede decir «nigger», como se acostumbraba hace más de 70 años para referirse a los muñequitos negros de felpa, porque esa palabra hoy es ofensiva. Hasta la novela de Agatha Christie «Ten Little Niggers» debió mutar su título por «Ten Little Indians». Como nadie dice «gay» en el antiguo sentido de «alegre» porque hoy sólo tiene una única acepción. Los parlamentarios deberían quedarse tranquilos: cuando a los oídos del hablante realmente suene discriminatorio decir «los médicos», de inmediato se empleará otra palabra para reemplazarla sin que ellos vengan a imponerlo.
Paradójicamente, esta normativa europea tan de avanzada no es otra cosa que un calco de la ordenanza que rigió en 1943 en la Argentina, durante el gobierno del general Ramírez, cuando una comisión de censura, a los fines de cuidar el lenguaje y para no ensuciar los oídos del público con lunfardo, aplicó a rajatabla enmiendas sobre muchos tangos.
La mayor víctima, por supuesto, fue Enrique Santos Discépolo. En «Esta noche me emborracho», la línea «sola, fané y descangayada» pasó a ser «sola, deslucida y averiada»; «Chorra» se convirtió en «Ladrona», y se entonaba: «Ladrona, tú, tu padre y tu mamá» (también había que desterrar el rioplatense «vos»), y en «Mi noche triste», desapareció «percanta que me amuraste» para ser sustituida por «muchacha que me dejaste» (con un curioso aire a Palito Ortega avant-la-lettre).
El criterio es el mismo: de acuerdo con lo que surge del manual difundido por el Europarlamento, y para evitar odiosas discriminaciones de género, «Cambalache» debería cantarse ahora más o menos así: «Hoy resulta que es lo mismo / no acusar dobleces como cometer traiciones / ser ignorante, sapiente, persona que estafa y roba / como de naturaleza generosa o vil / Todo es igual; nada es mejor; / lo mismo un animal de la especie de los équidos asinus / que una gran persona que ejerce el profesorado. / No hay gente que haya padecido aplazos ni escalafón; / los seres humanos que carecen de moral nos han igualao. / Si una persona vive en la impostura/ y otra persona roba en su ambición, / da lo mismo que sea alguien que pertenezca a las jerarquías religiosas, / que repare colchones, que ostente la monarquía de bastos, / que tenga las facciones sólidas / o que se haya enrolado en las fuerzas policiales».
Claro, por elementales problemas de métrica, debería musicalizarlo nuevamente alguna persona que ejerza la profesión de la composición.

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