Rara mezcla de “El pibe” y los Dardenne

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«La Pivellina» (Italia-Austria, 2009, habl. en italiano). Dir.: T. Covi y R. Frimmel. Guión: T. Covi. Int.: P. Gerardo, A. Crippa, T. Caroli, W. Saabel.

En cierto sentido, esta película es una variante actual, neorrealista y desangelada de «El pibe». Buscando a su perrito Hércules (en verdad, un escracho de perro), una pelirroja cincuentona se encuentra con una nenita rubia, abandonada en el descuidado parque de unos monoblocs. Es invierno, baja temporada para los artistas ambulantes como esta mujer, que vive en una simple casa rodante con un payaso tirador de cuchillos sin la menor pinta de payaso ni tirador de cuchillos. Sus vecinos son una vieja y su nieto adolescente, de padres separados, que aprende del payaso algunas normas de vida. El lugar, San Basilio, un barrio gris, nada turístico, de los suburbios romanos, que Pasolini supo describir en su momento. No parece haber mejorado mucho desde entonces. Pero esa gente es buena. Vive al día, pero le sobra corazón.

La nena, igual que el pibe, tiene una esquelita entre sus ropas. ¿Habrá que entregarla a las autoridades? ¿O se criará con esos «abuelos» cirqueros, que suman así otro problema a los que ya tienen con los inspectores? ¿Acaso podrían abandonarla? Esa es la historia. Que no tiene la música, la gracia, las varias sonrisas y alguna lágrima que prometía Chaplin, sino más bien mero sonido ambiente, rostros comunes, preocupaciones cotidianas, fotografía 16 mm. ampliada y medio descolorida, seguimientos cámara en mano, intérpretes no profesionales, registro «en vivo».

Sus autores, el matrimonio Tizza Covi y Rainer Frimmel, dicen haber escrito sólo el comienzo y el final, que pudo ser cualquier otro. El resto son situaciones y diálogos que se armaron en el momento, captados gracias a la confianza que se fue creando entre cineastas y ambulantes reales. Vale decir, el tema es de Carlitos, pero el estilo se parece más bien al de los hermanos Dardenne. Sólo que sin tanto nerviosismo, al contrario, con mucha sencillez y ternura, y eso inclina la balanza.

P.S.

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