16 de diciembre 2011 - 00:00

‘‘Recalculando’’, repite, obsesivo, el GPS de 2012

En los meses que siguieron a su triunfo electoral del 23 de octubre, Cristina de Kirchner redefinió los ejes de su Gobierno, algo que, en algunos puntos, revierte varias de las consignas habituales del oficialismo.
En los meses que siguieron a su triunfo electoral del 23 de octubre, Cristina de Kirchner redefinió los ejes de su Gobierno, algo que, en algunos puntos, revierte varias de las consignas habituales del oficialismo.
El país resolvió hace cuatro años confiarle el Gobierno de los distritos más importantes de la Argentina a tres debutantes que no tenían experiencia alguna en la rama ejecutiva: Cristina de Kirchner a la presidencia de la Nación, Daniel Scioli a la gobernación de Buenos Aires y Mauricio Macri a la Ciudad de Buenos Aires. Los tres se sometieron a los padecimientos de todo aprendiz de gobernante, que suele durar dos años. Algunos fracasan en ese lapso, como Bill Clinton, que estuvo al borde del naufragio en la primera elección de medio término, cuando fracasó su reforma social y los republicanos se apoderaron de las dos cámaras del Congreso en 1995.

Cristina de Kirchner pareció resbalar en 2008 con la derrota legislativa y política que sufrió con la guerra del campo -ante la que amenazó con renunciar al cargo- y el revés electoral de 2009. Macri, con el procesamiento por la causa de las escuchas, parecía estar al borde de repetir el drama de Aníbal Ibarra: ser incriminado como responsable último de los actos de sus subordinados. Pero los dos recuperaron el tiempo en los dos últimos años de sus primeros mandatos y dieron la prueba última que tienen que dar quienes gobiernan: alcanzaron la reelección -Scioli gobernó, a diferencia de ellos, sin tribulaciones desestabilizantes- con resultados indiscutibles y sin que nadie les haya hecho sombra en las urnas.

Este hecho, imperceptible para la mirada de urgencia sobre la política agónica, es uno de los datos más importantes del ciclo que se inició con la crisis de 2011: el público avala a quienes gobiernan y pone en pausa el ánimo de rebeldía contra el poder político, que atravesó a la Argentina durante más de una década. La primera consecuencia de este fenómeno es que el Gobierno nacional que surgió el 23 de octubre por el nivel de los votos alcanzados sobre el total del padrón en una elección de buena concurrencia, y la diferencia por sobre sus adversarios, ha generado el primer Gobierno fuerte de la década.

Este ánimo se manifestó con la misma fuerza con la que el mismo público había adherido dos años antes a una figura como Julio Cobos, que se paseó durante algunos meses como si fuera el próximo presidente y encabezando los sondeos de imagen. Ya llegará el momento de examinar qué ocurrió con ese fenómeno de opinión que nadie supo explicar, ni en su nacimiento ni cuando se evaporó. Frente a la opción de cambio o continuidad, el público eligió lo último y le permite a Cristina de Kirchner comenzar, como lo ha hecho, una nueva etapa de gobierno aun antes de su asunción formal para el nuevo mandato.

LIBRETO

El lapso que fue del 23 de octubre al 10 de diciembre debe ser leído con atención, porque más allá de los cambios de elenco que tendrá la nueva gestión Kirchner, la Presidente enunció la gramática que respetará en los próximos cuatro años y que implica un cambio de agenda que seguirán ella misma y sus funcionarios. Movida más por la necesidad que por la convicción ante un inquietante contexto económico y político, local e internacional, el nuevo Gobierno desanda buena parte de las consignas con las que se condujo hasta ahora, buscando el apoyo del sector de la población que no lo votó. Demuestra confianza Cristina de Kirchner en que la fuerza de esos votos le permite gastar algo del crédito público alcanzado, y parece en los prolegómenos del nuevo mandato buscar el amparo del otro 46% que contradecía en la campaña el mandato kirchnerista.

Cuando el conductor modifica el itinerario previsto para llegar a destino, el GPS enloquece y la voz advierte: «Recalculando», «recalculando». Eso ocurre no sólo con el oficialismo que busca con un cambio de agenda el aire que le permita mantener la iniciativa política. La misma voz advierte a la oposición -radicalismo, macrismo- con el llamado a un cambio que les permita mantener vigencia en el período que se inicia.

Insistir en lo hecho hasta ahora, como le pasa al oficialismo, es un riesgo casi de vida. La volatilidad del sistema político argentino es feraz en novedades de ocasión, fenómenos de opinión que aparecen como efectos no queridos de hechos políticos y que se convierten en fenómenos de representación por un corto tiempo, pero que se alimentan de las contradicciones que los grandes partidos y movimientos no pueden superar.

Eso fue el Frepaso en los años 90 y, más cerca del presente, el cobismo que tapaba el cielo hace dos años. O, en 2011, esa novedad que es un socialismo como el de Hermes Binner, que sale segundo en una elección presidencial, lo mismo que había protagonizado en 2007 Elisa Carrió, también segunda en una presidencial con un movimiento de existencia episódica y que se alimentó, del mismo modo, de las contradicciones de los otros partidos.

Aprovechar la zona gris del lapso entre la elección y la asunción para drenar debates costosos en la opinión pública obedece a un método ya conocido en la Argentina. En 1999 lo hizo Fernando de la Rúa, quien adelantó el debate sobre el Presupuesto del año 2000 antes de jurar en su cargo. Pensó, como ahora Cristina de Kirchner, que el público no anotaría entre sus realizaciones del mandato que se iniciaba ni los aciertos ni los errores de ese adelantamiento.

En el caso de Cristina de Kirchner ese apurar una nueva agenda no sólo es una señal que busca identificarse con sectores del público que no la votaron. También es despejar los primeros meses de la nueva gestión de debates ociosos y sumir los reproches de propios y ajenos en la molicie veraniega.

La voluntad de oficialismo y oposición es jibarizar el debate político reduciéndolo a un juego de palabras; el Gobierno niega que haga un giro de la agenda, pero la oposición festeja eso como un rapto de racionalidad antes ausente, así como los aliados del kirchnerismo del borde del centroizquierda esperan alguna explicación de por qué se hace desde Olivos lo que se hace.

Ese giro en la agenda surge de gestos y actitudes que van más allá de las palabras:

1) Celebrar la reunión con Barack Obama y exclamar que se busca la mejor de las relaciones posibles con Estados Unidos, sepulta todo un ciclo de agresiones de superficie en ese vínculo, lo que ocultaba el hecho contante y sonante de que los Gobiernos Kirchner son los mejores socios de Washington en la región.

2) El recorte a los subsidios fue también un reclamo de la oposición en toda la campaña de 2011; los consideró el agujero negro de la economía, cuando no el peor rostro del clientelismo y la demagogia. Cristina de Kirchner pudo creer que el costo de desandar el festival de subsidios puede pagarse sin grandes daños para la alianza de gobierno cuando todavía están frescos los festejos por el triunfo y cuando todavía no corre el reloj del nuevo período.

3) El llamado a un capitalismo en serio nunca habría estado en la boca de un Kirchner de vieja data. En la tradición del pensamiento argentino siempre hubo en el peronismo una condena al capitalismo («combatiendo al capital... seduciendo al capital», según fueran los momentos) y al liberalismo, herencia de la matriz católica de los países de la región.

4) Tampoco era esperable en el viejo kirchnerismo el envión contra los gremios, que significa la madre de todas las batallas hacia adentro del Gobierno, que es el cambio en la gestión de Aerolíneas Argentinas. Ahí se verifica el combate más duro hacia el sindicalismo amigo del Gobierno, el de su exfuncionario Ricardo Cirielli y, más importante, contra el moyanismo y uno de sus custodios ideológicos, el abogado-diputado Héctor Recalde.

La elasticidad del peronismo que gobierna hace tolerables los extremos. Asume el hecho de que en la política argentina las paralelas nunca se tocan, ni en el punto de fuga, y que no hay tribunal que juzgue las contradicciones. Todas las posiciones son justificables y pueden convivir, y el Gobierno puede ir de una mano con Hebe de Bonafini y de la otra con un Juan Carlos Pezoa, racional administrador de las finanzas públicas desde los tiempos de Carlos Menem.

Eso le da oportunidad de negar que haya cambio de agenda, que siempre el Gobierno deseó buenas relaciones con EE.UU., pero nadie lo entendía, o que quería terminar con los subsidios y no podía, o que nunca fue tan amigo del moyanismo. La fuerza de la nueva administración permite un saludable rapto de sinceridad, esa cenicienta de la política en el país de los gobiernos débiles que no pueden decir en público -como los maridos réprobos- la verdad.

BALANCE

El resultado del Frente para la Victoria del 23 de octubre hay que anotarlo en la serie de triunfos de los oficialismos en todas las elecciones locales a lo largo de 2011. Ningún movimiento de oposición pudo derrotar a quien gobernase, fuera del signo que fuese. En esas elecciones provinciales, el kirchnerismo tuvo suerte diversa; en pocos lugares le fue bien y en la mayoría mal, nada más que porque no era oficialismo. La llegada de Cristina de Kirchner a un nuevo mandato está ligada a ese impulso conservador que mostró el voto en todo el país.

En esas elecciones, además, les fue peor a los representantes de partidos y candidatos presidenciales que proponían cambios drásticos respecto del statu quo, como Eduardo Duhalde, Alberto Rodríguez Saá, Elisa Carrió, Jorge Altamira o Pino Solanas. Les fue mejor a quienes proponían una agenda reformista, como era el caso de Hermes Binner y Ricardo Alfonsín. De manera clarísima el público ignoró las consignas que llamaban a «cambiarles la vida a los argentinos», sonsonete de todos los candidatos desde hace dos décadas. De ese caudal de opinión se alimentaron los triunfos locales de 2011, y también el que le da a Cristina de Kirchner el nuevo mandato. No hay otra explicación para el cambio de agenda que haber leído con atención esa expresión del electorado, en especial el que no votó al Gobierno. De satisfacerlo, puede lograr la reelecta presidente la fuerza que necesita en el nuevo término que inició.

Esta construcción del nuevo oficialismo somete a un desafío de la misma dimensión a la oposición. El hecho más notable de las presidenciales de 2011 es que un amplio sector que puede referenciarse en el centro y el centroderecha moderado no tuvo representación por la declinación a competir de Carlos Reutemann y Mauricio Macri. No es fácil describir qué porcentaje electoral representan, pero no está debajo del 20%. El público que mira hacia ese lado se quedó sin representación y debió derivar el voto a otras ofertas, dividiéndose seguramente entre el kirchnerismo y el peronismo opositor (es un voto que difícilmente se inclinase por el radicalismo, ni aun aliado éste con Francisco de Narváez).

La insistencia de Mauricio Macri en un proyecto presidencial para 2015 es una aspiración a representar, por lo menos, a ese segmento de la población, y lo obliga a una construcción ciclópea que hasta ahora no logró en el orden nacional. Se alza hoy como contradictor del Gobierno con una fuerza que sólo puede compararse con la de un sector del sindicalismo, y su suerte para mostrar en las elecciones a mitad de 2013 está ligada a la de su gestión en la Capital Federal.

El desafío hacia adelante de la oposición radical no es menor. Zafó en el nivel legislativo del derrumbe en las presidenciales: no perdió bancas en el Congreso, salvo una en Diputados, con lo que sigue siendo la primera minoría. Pero en 2013 debe renovar los legisladores ganados en la buena elección de 2009, en la cual tuvo el favor de sectores del campo. Para retener esa cantidad de bancas deberá duplicar la cantidad de votos que logró en 2011 en el nivel presidencial, una faena contra la que conspira la virtual anarquía partidaria.

La muerte de Raúl Alfonsín dejó a la UCR sin un líder claro, y eso en un país caudillista es fatal para un partido. Le ocurrió al peronismo cuando murió Juan Perón y tardó quince años en construir otro líder como fue Carlos Menem, para retomar vigencia y llegar al poder en 1989. No es seguro que el sistema político argentino supere el caudillismo en el futuro próximo, con lo cual el radicalismo está forzado a encontrar un referente superador de las tribus internas que hoy no está a la vista. Una derrota legislativa en 2013, equivalente a la que tuvo en 2011 en el nivel presidencial, amenazaría directamente a este partido con la posibilidad de la extinción. n

Dejá tu comentario