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Recelo por el ingreso de la banca islámica
Nicolas Sarkozy
El mercado francés resulta especialmente atractivo a los bancos árabes por cuanto la patria de Nicolas Sarkozy aloja cinco millones de musulmanes. Este es uno de los objetivos evidentes del desembarco, aunque las entidades que van a instalarse en París -Qatar Islam Bank, Kuwait Finance House y Al Baraka Islamic Bank de Bahrein- también aspiran a convertirse en una alternativa de gestión frente a las depauperadas entidades occidentales.
Empezando por la idea de la moralidad financiera. La banca islámica se reconoce deudora de las leyes del Corán, en el que están prohibidas la usura y la especulación, y en el que están proscritos tanto la adquisición de créditos como los préstamos con intereses.
La fórmula llama la atención en tiempos de crisis planetaria, delata implícitamente los abusos de las entidades europeas y sorprende aun más considerando la rentabilidad de los bancos islámicos. Sus activos crecen anualmente a un 15%. Y no sólo en los emiratos y satrapías de origen, puesto que la red en cuestión comprende 300 instituciones y abarca un mapa de 75 países. El último en incorporarse es Francia, exactamente cinco años después de haberse alistado Gran Bretaña. De hecho, ambos países de la UE van a compartir la presencia del Qatar Islamic Bank.
El aterrizaje ha roto los prejuicios hacia la banca árabe, pero no termina con los recelos ni las precauciones. «Entre otros motivos, porque se comete la arbitrariedad de relacionar las entidades islámicas con el integrismo y hasta con el terrorismo», explica el profesor Elyès Jouini en su despacho de la Universidad Paris-Dauphine. «Los bancos franceses no ven con agrado la entrada de estos rivales. Tienen miedo y prejuicios irracionales», añade.
La estrategia de entrada en el territorio francés va a realizarse gradualmente. Primero, desarrollarán actividades financieras e inversiones. Después, una vez consolidados, iniciarán la apertura de ventanillas a pie de calle reclutando, en primer lugar, a los 500.000 musulmanes franceses a quienes les gustaría relacionarse con un banco que respete la sharia.
Este es el término coránico que define la asunción de los preceptos religiosos. Es decir, que el cliente musulmán observante desconfía de las entidades occidentales convencionales en cuanto éstas se manejan indistintamente con las prohibiciones del «ribâ» (préstamo con interés), «mayssir» (especulación) o del gharar (trampas).
La ministra de Economía, Christine Lagarde, ya se ha declarado abiertamente partidaria de la apertura a los bancos islámicos. Quiere convertir París en un espacio cosmopolita y plural. También espera que el dinero fresco de los petrodólares contribuya a irrigar toda suerte de proyectos y de inversiones en territorio francés.
¿A qué precio? Los observadores más reacios al aterrizaje de los bancos árabes previenen de los riesgos implícitos en el maridaje. Temen, por ejemplo, que un sistema financiero de inspiración religiosa pueda subvertir el principio de la laicidad del Estado. Incluso se preguntan sobre el hermetismo y la opacidad que conciernen al origen del dinero.
«Sin olvidar el problema de los guetos y de las comunidades cerradas. Puede ocurrir que algunos barrios de nuestras ciudades se conviertan en un espacio específico de bancos, carnicerías y negocios musulmanes», explica Patrick Louis en nombre del patriótico Movimiento por Francia.
Nada que ver con la opinión de Hervé de Charrette, ex ministro de Exteriores galo y valedor de la apertura hacia las finanzas árabes. «No hay que leer la entrada de los bancos islámicos en clave religiosa, sino en clave ética. Se han convertido en un modelo, en una alternativa frente al comportamiento desbocado de la banca occidental. Lejos de correrse el riesgo de los guetos, la entrada de estas nuevas entidades favorece la integración y beneficia en conjunto al sistema financiero francés».
Las asociaciones musulmanas con sede en el Hexágono celebran el desembarco de la banca islámica. Empezando por la Aidimm (Asociación de innovación por el desarrollo económico e inmobiliario), cuyo secretario general, Boubkeur Ajdir, considera resuelto ahora el problema de conciliar la ética, el Corán y las finanzas.
«Se trata de invertir el dinero en proyectos concretos, identificados y definidos. Nada que pueda transformase en productos tóxicos ni degenerar en la especulación», aclara idílicamente Ajdir.
El ejemplo sería el concepto de la mourabaha, un acuerdo equitativo de riesgos y de beneficios entre el cliente y el banco, en el que no caben los intereses ni los créditos al uso. La entidad se involucra en el negocio del empresario adquiriendo los productos que le son necesarios a aquél. Palabra de Alá.


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