26 de octubre 2009 - 00:00

Reforma: plan K une a la oposición

Néstor Kirchner
Néstor Kirchner
Cristina de Kirchner se tentó con el modelo «americano», pero su marido, Néstor Kirchner, le enumeró los riesgos de un mecanismo «demasiado abierto» y las bondades del modelo santafesino. Al final, primó criterio orillero y brutal del patagónico.

Esta semana, la Presidente presentará su proyecto de reforma política que tendrá como eje la instauración del sistema de internas abiertas, obligatorias y simultáneas, régimen que estuvo vigente en 2003, pero no aplicó Eduardo Duhalde por pedido de Elisa Carrió.

La primacía del sistema de «voto directo» sobre el de «colegio electoral», tomado de las primarias de Estados Unidos y que al principio sedujo a la Casa Rosada, fue producto de un análisis de los Kirchner con sus ministros sobre la herramienta más conveniente.

Un dato histórico, palpable, refleja que Kirchner amoldó el régimen electoral en función de sus intereses. El hábito lo heredó de Duhalde, un experto en artificios legales que encontró en Jorge Landau al hábil «ejecutor» de esas alquimias de tribunal.

Kirchner, que llegó al poder gracias a un «atajo» que le armó el lomeño en 2003 (sin internas, que perdía con Menem, fueron tres candidatos del PJ a la general), digitó luego -también con Landau y Carlos Zannini- sus propias «picardías» electorales.

Dos casos: uno fue la Concertación, que le permitió «rescatar» votos del radicalismo, fue la garantía para evitar un ballottage en 2007. El otro fueron las listas colectoras, un efecto pirámide con varios referentes a nivel local, que evitaba «fugas» del espacio K.

El último engendro, legalmente aceitoso, fue llenar las listas de candidatos que no iban a asumir: de Daniel Scioli a 40 intendentes, una extensa ristra de falsos postulantes. No le alcanzó, y las «testimoniales» forman parte de los «errores» de Kirchner.

El proyecto de internas abiertas, con un piso del 3%, supone otra astucia del oficialismo para despejar la grilla electoral, dificultar la competencia de grupos minoritarios y, sobre todo, tratar de «obligar» al peronismo anti-K a competir por dentro del partido.

Pero no todo es lineal: en el peronismo evalúan con cierta intriga el plan, la izquierda se prepara para resistir legalmente -también otros sectores menores- y la oposición quiere acordar una táctica común para fijar el mecanismo que considere más conveniente. El planteo es simple:

  • El piso del 3% supone, a simple vista, una ventaja para los partidos de despliegue uniforme a nivel nacional. El PJ y, en menor medida, la UCR pueden tener la estructura suficiente como para alcanzar de manera uniforme en todas las provincias y los municipios más importantes. Otros, de menos estructura, como el PRO o la Coalición, pueden verse en problemas de lograr presencia en todo el mapa. El grueso de los partidos, en tanto, carece de ese armado.

  • Ese mecanismo, cree Kirchner, «achica» la grilla electoral porque deja afuera a los sectores «residuales» y, por esa vía, obliga a los sectores del PJ disidente a tener que jugar la interna partidaria. Ahí el primer error: ¿por qué, llegado el caso, Mario Das Neves, Felipe Solá o los Rodríguez Saá se someterán a una interna peronista, donde jugarían a «perder», si pueden ser más importantes en una interna de, por ejemplo, Unión-PRO?

  • En vez de meter a los anti-K en la interna, puede empujarlos a participar, anticipadamente, de otras alianzas disidentes, como, por ejemplo, la que postula a Francisco de Narváez en la provincia de Buenos Aires. Sí, en cambio, acelera los tiempos y vuelve más complejos los ensambles interpartidarios: con la interna abierta anticipada no podría, sobre la hora, armarse una fórmula entre, hipotéticamente, Julio Cobos y Felipe Solá. Por otro lado, así como puede empujar a los disidentes a un armado anti-K con Macri, podría forzar a la UCR, Cobos y Carrió a reconstruir el Acuerdo Cívico para, al menos, evitar el riesgo de ir a una interna por separado y que alguno no llegue al 3% y quede fuera de la general.
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