Somos duros con nuestras opiniones, a veces hasta rozar la injusticia. Pero el mercado es así, y nuestro deber es intentar reflejarlo. Cuando decimos que una ley o una regulación es mala, es porque lo creemos y podemos fundamentarlo. ¿Qué significa "mala"?: que cumplirá su propósito explícito y/o que sus consecuencias serán peores que sus beneficios. Desde ya que las leyes y las regulaciones están en primer lugar para ser cumplidas, y si no nos satisfacen, para ser cuestionadas judicialmente o recurridas democráticamente (la resistencia civil es otra opción). Las tres vías son igualmente válidas y no deben ser descartadas, nunca, por ningún actor del mercado por más costosas que sean. Cuando el peligro es real, si no podemos descorrer una cortina para escapar, el único camino es derribar la pared (Teodoro Roosevelt aconsejaba "habla suavemente y porta un garrote, así irás lejos"). La gran ventaja del "mercado" frente a otros mecanismos transaccionales es su bajo costo, derivado de la interacción honesta y transparente de los jugadores. Por ello cuando surge un conflicto regulatorio la primera vía de resolución -y la más eficiente- debe ser siempre el diálogo sincero y respetuoso de las partes. No podemos sino felicitar entonces al regulador que da la cara (máxime en un régimen de funcionarios anodinos), que realmente escucha las críticas (inesperadas y duras de algunos, educadas y firmes de otros) y que sinceramente busca lo mejor para todos (aun cuando crea en y apoye una mala ley o Gobierno), haciendo simplemente lo que debe hacer: un mercado. Tras marcar 48 horas antes su máximo histórico, ayer el Dow retrocedió el 0,47%, a 15.545,75 puntos, avanzando un 2,75% en el mes y un 18,63% en el año.
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