8 de octubre 2009 - 00:00

Relación clave: las mineras y el medio

Llama la atención la virulencia con que ciertos grupos atacan a la minería, una industria que fue en décadas pasadas una actividad tradicional en nuestra provincia. Hemos asistido en nuestra sociedad a una fuerte discusión en torno a la conveniencia o no de impulsar las explotaciones mineras en alta cordillera, agitando el espectro de eventuales daños ambientales.

Es bien sabido que toda actividad humana trae aparejado un ataque al medio ambiente: al desviar una parte de un río para llevar agua a las acequias, al acelerar un motor gasolero en un semáforo, cuando abonamos un cultivo, cuando rodeamos las ciudades con grandes depósitos de desperdicios, cuando se arroja basura en el baldío de la esquina, etc., el hombre está introduciendo un factor extraño en el medio ambiente.

Debe existir un lógico control, pero a nadie se le ocurriría prohibir tantas actividades imprescindibles para mantener nuestra vida cotidiana.

Lo mismo ocurre con la minería: el camino correcto no es prohibirla, sino exigir que se realice de modo «sustentable», entendiéndose como tal a toda actividad capaz de satisfacer las necesidades del hombre actual, sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer las suyas.

La minería es tan vieja como el hombre: cuando un «homo» fragmentó una primera roca silícea y se dio cuenta de su potencialidad para cazar agregando carne a su dieta, alimento que permitió el desarrollo de su cerebro. Las civilizaciones antiguas aprendieron a dominar las técnicas de explotación de las diversas materias primas minerales y hoy definimos las etapas del progreso de la humanidad como edades «de piedra», «de bronce», «de hierro».

No obstante esta realidad, hoy asistimos con asombro a un ataque generalizado de organizaciones ambientalistas de origen diverso que comenzaron a actuar impunemente en nuestro país, haciendo aparecer a toda actividad productiva como mala y contaminante: los gasoductos son malos, la soja es mala, la minería es peligrosa, las presas hidroeléctricas son malas, y así con un gran número de actividades productivas que contribuyen al desarrollo económico del país, generando fuentes de trabajo en regiones por lo general resignadas desde siempre a una economía pastoril de supervivencia.

Es curioso observar que según estos grupos de activistas, lo que es bueno en el Primer Mundo, resulta malo para los países en desarrollo como el nuestro.

Ante los hechos de dominio público, es preciso reconocer la evidente debilidad de las empresas mineras para comunicarse con la población, pues no toman en cuenta que el público adopta decisiones sobre la base de emociones e intuiciones no necesariamente racionales.

Frente a un experto que se concentra en detalles técnicos y toma sus decisiones según una lógica fría, el hombre de la calle, en cambio, no reacciona de la misma manera, por lo que se siente superado ante una actividad de la que conoce muy poco, formándose en consecuencia un «modelo cultural» apoyado en ciertas creencias y valores tradicionales que aplica ante cualquier problema inédito como el de la actual gran minería.

Esta situación que podemos llamar normal es aprovechada por las organizaciones internacionales presuntamente ecológicas que hoy aterrorizan a la población y cuyo objetivo evidente es poner trabas al desarrollo económico de los países que, como el nuestro, intentan despegar de su clásica agroindustria para integrarse al Primer Mundo.

Así, la falla más común de las compañías mineras es entender el ambiente social donde deben actuar. Cuando incorporan personal siempre buscan ingenieros, geólogos o químicos y muy difícilmente un comunicador social. En los niveles gerenciales no siempre entienden que la gente debe hacer suyo el proyecto, hasta con cierta sensación de propiedad y ello va mucho más allá de una simple ecuación económica.

Una compañía no puede imponer su voluntad a la comunidad y esperar reacciones positivas, muy por el contrario, lo racional es operar en armonía con la comunidad donde pretende instalarse. Deben trabajar juntos, y ello significa que es imperativo entender los valores, las metas y las aspiraciones de los grupos humanos vecinos, factores que si no se han contemplado oportunamente, en el momento de presentar la declaración de impacto ambiental ya será tarde.

(*) Ingeniero en Minas.

Profesor emérito de la Universidad Nacional de San Juan.

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