15 de diciembre 2008 - 00:00

Resiste Wall Street las siete plagas de la economía (por ahora)

Ben Bernanke
Ben Bernanke
Las plagas que asolaron Egipto eran siete. En número, las que muerden los talones de la economía mundial no les van en zaga. Sólo la semana pasada el despliegue de calamidades cubrió una paleta tan diversa en matices que impresiona. En perspectiva, la crisis viró a un barroco sobrecargado y de mal gusto. Pero si la vastedad de los problemas y la profusión de sus manifestaciones agobian, a la par, iluminan un notable contraste. Wall Street navegó indemne un mar revuelto por noticias terribles. Y suman ya tres semanas desde que las Bolsas recalaron en una inesperada bahía de aguas pacíficas. La tormenta real se agravó, pero no logra, con toda su iracundia, arrancarlas del remanso. ¿Anticipan los mercados, como un faro que permite ver en la noche más cerrada, que despunta una mejoría?
Conviene apretar la crónica para que no rebalse. Ninguna pieza más cruda que el informe de empleo de noviembre para sentar evidencia de la recesión profunda en los EE.UU. La destrucción de 533 mil empleos netos es una lápida que sella cualquier discusión. El jueves pasado, la recolección de los pedidos de subsidios por desempleo añadió otro ingrediente. Si noviembre fue una desolación, diciembre podría ser peor. Las nuevas solicitudes presentadas al día 6 treparon a su nivel más alto en 26 años: 573 mil. Esto es un aumento de 58 mil con respecto al último dato semanal de noviembre. Como las Bolsas, los subsidios por desempleo constituyen una variable anticipatoria por excelencia. Y, en este caso, la discrepancia de opiniones no podría ser más ostensible.
El consumo es, por su parte, una pálida sombra de lo que supo ser. Las ventas minoristas se precipitaron por quinto mes consecutivo en noviembre, la secuencia negativa más prolongada desde 1967. Así, la facturación nominal resulta un 7,4% inferior a los registros de un año atrás. Es verdad que la reducción vertiginosa de los precios de la energía es una bendición imprevista, pero el mayor poder de compra no se traduce en ningún atisbo de repunte del gasto. De ahí que el consumo privado, que cayó un 3,7% en el tercer trimestre (por primera vez desde 1991), acusará una merma superior cuando se contabilice el cuarto.
No es todo: el comercio internacional transita el mismo camino que los negocios al menudeo. Si China ya había informado la doble retracción de sus exportaciones e importaciones, EE.UU. replicó similares resultados tras compilar la actividad de octubre. El Banco Mundial, en sus Prospectos Económicos Globales, difundidos también la semana que pasó, vaticina una desaceleración pronunciada del valor del intercambio y, como no ocurría desde 1982, una merma en los volúmenes de los flujos reales. Por último, remata su visión con broche de oro: a su juicio, la bonanza de los precios de las materias primas no atraviesa una tregua temporaria, sino que asistió ya a su final definitivo.
La realidad empresaria aportó otra veta frondosa. Corporaciones como 3M, FedEx, Texas Instruments, Kroger y Nucor aprovecharon la ocasión para alertar sobre los tiempos difíciles que enfrentan. Y limaron expectativas sobre sus balances. Tribune Company -el conglomerado mediático que incluye diarios como Los Angeles Times y Chicago Tribune- fue más contundente: se acogió a la protección de una convocatoria bajo el paraguas del Capítulo 11 de la Ley de Quiebras. Dow Chemical, Rio Tinto y Bank of America anunciaron otra oleada de despidos masivos. Como se aprecia, es un espectro amplísimo de firmas y sectores. Pero la atención se concentró en la suerte de las tres grandes automotrices de Detroit. Y, para peor, el Senado les cerró la puerta de la asistencia excepcional en las narices. De no ser por un giro en redondo de la administración Bush -que decidió echar mano a la billetera del Plan Paulson tras oponerse férreamente un mes entero-, el colapso era inexorable. La solución urdida de apuro es un parche de compromiso que les alcanzó a las Bolsas para afianzarse, pero que Detroit consumirá por completo poco después que asuma Barack Obama.
La lista de contratiempos no pretende ser exhaustiva. Deja en el tintero las tribulaciones de la deuda de California, el insólito default ecuatoriano, la estafa de Marc Dreier y la presunta subasta del asiento de Obama en el Senado orquestada por el gobernador de Illinois. Pero sería parcial e incompleta sin referencia al caso Bernard Ma-doff. Nunca más pertinente el trillado refrán de que cuando la marea se retira es cuando se advierte quién nada sin ropas. Y esta vez no sólo falta un traje de baño. Madoff, un agente de Bolsa registrado en la Comisión de Valores (SEC), que presidió el NASDAQ y con medio siglo de actuación profesional, manejaba activos por 17 mil millones de dólares confiados por un puñado selecto de fondos de cobertura (hedge-funds) y clientes multimillonarios. En testimonio a los investigadores del FBI, Madoff reconoce que perpetró un fraude que dejaría un agujero negro de 50 mil millones de dólares. Más impactante todavía es la aseveración de que toda su brillante performance de gestión se basó siempre en una gigantesca trampa de Ponzi. O sea, la vieja modalidad del «juego del avión» en la que pagó altos y sostenidos rendimientos ficticios con los aportes crecientes de nuevos inversores. Por años, y no sólo en esta aciaga coyuntura, este gigantesco aparato voló imperturbable a la vista de empleados, auditores, reguladores, bancos promotores y sus damnificados. En suma, jamás nadie expuso como Madoff la dramática vulnerabilidad del sistema y sus reglas de juego. Nada debería resultar más perturbador. Los roles, por lo visto, han cambiado. La economía se derrumba, nuevos trastornos asoman y las Bolsas se preservan ilesas. ¿Descontaron ya toda la avalancha de malas noticias y su inercia inevitable? ¿Están incorporados sus efectos plenos en las cotizaciones? Más vale que así sea. Pero nada lo garantiza. Estabilizar las condiciones financieras es factible. Un rally accionario, contra tendencia, es, además, esperable. Punzante sí, pero fugaz. Contener el daño que castiga al sector real de la economía mundial es harina que pertenece a otro costal. A esta altura, remover sus consecuencias yace fuera de alcance. Espolvorear dinero sobre los problemas -como se hizo con la banca o se hará con Detroit- no los resuelve, aunque calme la zozobra. La experiencia enseña que los rescates que aportan financiamiento generoso, pero prescinden de la cirugía, si no atacan las cuestiones de fondo, tienden a perpetuarlas.

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