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¿Resultado? Un statu quo todavía más peligroso
Un soldado israelí hace la señal de la victoria al emprender la retirada de la Franja de Gaza. La tregua que rige desde ayer es frágil y requerirá de un activo seguimiento de la comunidad internacional.
Si los objetivos de Israel eran debilitar decisivamente el aparato militar de Hamás, impedir cualquier posibilidad de lanzamiento de cohetes contra sus civiles y, en un extremo, lograr que Gaza dejara de ser un bastión político del grupo islamista, es obvio que no puede hablarse, como se hizo, de plena victoria. En paralelo, si lo que Hamás pretendía era desencadenar un conflicto armado para «patear el tablero» y, con ello, lograr la apertura de las fronteras de Gaza y el fin de su aislamiento, habrá que concluir que tampoco lo consiguió. En ese sentido, las declaraciones de sus dirigentes hablando de «una gran victoria» sobre semejante escenario de devastación, sangre y desgracia extrema de su propio pueblo resultan una mueca irritante y absurda.
Pregunta
¿Quién ganó, entonces? Esta conflagración, entablada entre un ejército regular con un abrumador poder de fuego y una guerrilla bien pertrechada pero cuyo negocio radica en evitar combates frontales, no podía, planteada así, arribar a una conclusión definitiva. Conviene entonces repasar qué es lo que sí lograron las partes.
Israel logró dar una señal contundente de que no reparará en costos propios ni ajenos para defenderse de ataques misilísticos contras sus civiles. Un dato para tener en cuenta por quienes puedan creer que la mano del Estado judío va a contenerse debido al recuerdo del traumático conflicto de 2006 contra Hizbulá en Líbano, una tragedia similar a la que al parecer acaba de concluir, pero a una escala todavía mayor, y que fue leída dentro del propio Israel como un traspié político y militar de envergadura.
Por otro lado, los ataques hebreos lograron abatir a algunos dirigentes islamistas importantes, en particular los de la cúpula de seguridad del Movimiento de Resistencia Islámica, por más que éstos vayan a ser rápidamente reemplazados. En la misma línea, lograron destruir depósitos de armas y túneles a través de los que se realizaba un intenso tráfico de pertrechos.
Pero, acaso lo más importante, logró una intervención de la comunidad internacional que, como en 2006 en Líbano, deberá asumir la tarea de garantizar el cese de los disparos de cohetes, algo que terminó funcionando en la ocasión anterior y que hoy, a la distancia, obliga a repensar hasta qué punto aquella campaña contra el pro iraní Partido de Dios fue realmente una derrota en toda la regla, como se ha dicho hasta ahora.
Hamás, en tanto, no repara en la devastación humana y material que quedó a su alrededor. Más allá de ello, si es posible, puede afirmarse que por primera vez se consolidó como una parte para tener en cuenta en cualquier intento diplomático, por más que su participación en las negociaciones haya sido indirecta, a través de Egipto, y que Israel, al declarar una tregua unilateral, haya evitado legitimarlo formalmente como interlocutor.
Además, pese a la andanada israelí, parece en condiciones de mantener el control político en la Franja, lo que se potencia por el descrédito en el que, debido a su tibia reacción, cayó su rival, el partido nacionalista laico Al Fatah.
Asimismo, si las cifras conocidas de víctimas son precisas, de los más de 1.300 muertos, al menos la mitad serían civiles. De ese modo, incluso habiendo sufrido grandes pérdidas, no parece que su aparato de 16.500 milicianos en armas -que se suman a al menos 3.000 más de organizaciones terroristas menores- haya sufrido golpes irreparables. Y lo mismo puede decirse de sus comandantes, por más que durante la guerra hayan optado por la poco honorable aunque efectiva salida de esconderse y mantener silencio.
Así las cosas, el saldo de la tragedia de Gaza es un nuevo statu quo, como siempre en Medio Oriente, más volátil y peligroso que el anterior. Todos mostraron los dientes y, hasta la próxima crisis, se conforman con haber logrado una parte de sus objetivos.
Acaba de terminar sólo una fase más de una guerra lamentablemente inacabable. Poner fin a la pesadilla, sobre todo de los inocentes, es una postergada pero pertinaz esperanza que podría comenzar a tomar forma cuando Barack Obama comience desde mañana a mostrar sus cartas. Al menos éste parece haber logrado su primer objetivo: que el ruido de las bombas no apagara los sonidos de los festejos el día de su asunción.


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