23 de octubre 2018 - 00:00

“Rojo”, una película sinvillano de perfil definido

Protagonizada por Darío Grandinetti, cuenta la historia de un hombre extraño que llega a una calma ciudad de provincia en la década del 70.

Naishtat. Mejor Director en el último Festival de Cine de San Sebastián, pasado mañana estrena en el país su película “Rojo”.
Naishtat. Mejor Director en el último Festival de Cine de San Sebastián, pasado mañana estrena en el país su película “Rojo”.
"Rojo", tercer largometraje de Benjamín Naishtat, recibió tres premios en San Sebastián (director, actor y fotografía). Una película que, según el mismo realizador, aborda "qué es la normalidad para los argentinos", llegará a las salas el jueves. La historia viaja hasta promediar la década del 70, cuando un hombre extraño llega a una calma ciudad de provincia para cambiar la vida de un abogado del lugar, un hecho que permite ir descubriendo un oscuro clima de época, entre trágico y absurdo.

Darío Grandinetti interpreta a ese abogado, Andrea Frigerio a su esposa Susana, y el chileno Alfredo Castro al detective Sinclair, secundados por Diego Cremonesi, Laura Grandinetti, Susana Pampín y Rudy Chernicoff, mientras que la fotografía es del brasileño Pedro Sotero.

Naishtat estudió cine aquí y en Francia, y dirigió cortometrajes de ficción y experimentales antes de su primer largometraje, "Historia del miedo" (2014), que se estrenó en la Berlinale y se vio en el MoMA de Nueva York, mientras que el segundo, "El movimiento" (2015), se estrenó en Locarno y ganó como Mejor Película de la Competencia Argentina en Mar del Plata.

Periodista: ¿Ni héroes ni villanos?

Benjamín Naishtat: No hay un villano ni un héroe marcado sino gente común. Nuestro deseo era tratar de no tipificar tanto a los personajes sino definirlos por su ambigüedad, con los cuales uno no sabe bien si tiene que identificarse o tomar distancia. Me parece un ejercicio de dramaturgia más rico. A un gran villano la gente que se supone buena le toma distancia. Muy diferente es con un personaje que tiene unas pocas miserias que luego se van desarrollando.

P.: ¿Cómo definiría al protagonista?

B.N.: Es un señor de clase media de una ciudad de provincia tan normal como cualquier otro, pero lo que está en tela de juicio en mi relato es la normalidad en sí misma, sobre todo en este país, y quizás por ese lado vaya su singularidad: poner en tela de juicio lo que consideramos como normal.

P.: Usted no vivió los años que refleja en su película...

B.N.: Es curioso porque yo me pregunto si haber vivido algo es una virtud para poder contarlo o a veces es más bien un inconveniente; hablo de cine, obviamente. Creo que mi generación tiene un acercamiento con esa época que me parece muy rico para el cine. Puede haber muchas películas interesantes sobre la década del 70 que todavía no se hicieron, y el hecho de no haberlo vivido obliga a investigar, a hacer una pesquisa, y eso enriquece la construcción de época, obliga a una especie de rigor que no está atravesado por la emotividad de la memoria subjetiva, que no necesariamente puede jugar a favor.

P.: ¿Sostener esta impronta todo el relato fue un desafío?

B.N.: Grandinetti es un actor inteligente que tiene oficio. Y eso le permite contar con lo mínimo, algo que posibilitó que nunca se corriera de ese registro, esa ambigüedad que planteamos desde los primeros planos. El desafío era encontrar ese actor que pudiera lograr ese recato. Tratamos de sacar partido del absurdo y del humor, desde un ángulo realista, absurdo que existe tanto en la Argentina de esa época como en la actualidad, porque es parte de nuestro cotidiano. Creo que hay que tratar con menos solemnidad los traumas históricos.

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