De modo recurrente, desde que a fines de la década del 90 modelaba en plastilina y, luego, cuando emplazó su "Homenaje al sánguche de milanesa" en un florido parque de Tucumán, Pereira se autorretrata. Su incipiente carrera tuvo un positivo giro cuando llegó a Buenos Aires y sus obras ingresaron en varias colecciones. Sandro es el protagonista de "El plantón", el personaje que con un ramo de flores en su mano espera en vano a la chica que nunca llegará; es "Sandrito", el niño disciplinado de la infancia, y además, el nadador, el cocinero, el fotógrafo callejero y el laborioso sembrador. Es ese oso mimoso de peluche que vuelve a recrear en esta muestra, el payaso con la flor en el ojal, el extraño navegante que surca las aguas de un lago montado sobre un pato y, también, el novio, engominado y salpicado de arroz, engalanado y desnudo, que con un traje negro pintado sobre el calco de su propio cuerpo, cubre pudorosamente su sexo y esconde así su deseo.
En "Viento", el artista está plantado firme en la vida. Este personaje novelesco se ha sacado el sombrero y ha cerrado los ojos para disfrutar la sensación de plenitud que le depara sentir el viento en su rostro. Ensimismado, goza el momento con instintiva fruición, mientras todo a su alrededor se desvanece.
Hoy, radicado en Tucumán, Pereira ha vuelto con una serie de esculturitas que en su gran mayoría representan figuras de niños acompañadas por animales. La más emotiva muestra a dos nenes abrazados con un gato se ha unido a ellos y refriega su lomo. La imagen recuerda "Los tetrarcas", las esculturas del siglo III DC que están en la plaza de San Marcos y, que, si bien representan a militares de alto rango, su abrazo se percibe como un gesto de protección que remite a la eterna vulnerabilidad del hombre.
Los niños con su cara de estupor causan gracia, ternura, pero ante todo suscitan pensamientos acerca del porvenir. Una figura más grande en tamaño -aunque no en edad- los acompaña con su celular, su mochila y su perro. No hay adultos en el universo de Pereira, sólo el rostro del oso remolón y con bigotes, aunque el espectador adivina la mirada bonachona del artista.(Avenida Alvear 1761. L9).
| A.M.Q. |


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