1 de diciembre 2010 - 00:08

Sangre maleva: “El varón, para ser hombre, no debe ser batidor”

Julio Cortázar
Julio Cortázar
(Lenguaraces, traidores y espías)

Nietos tiene cualquiera, pero el escándalo de la filtración de 251 mil documentos obligó a Jorge Taiana, ex canciller, a aclarar que la mención a la gran cantidad de nietos es exagerada porque tiene, que él sepa, apenas cuatro. El terremoto de baja intensidad de estas revelaciones ha conmovido más que nada a las orillas de la izquierda criolla por una sola razón: las confesiones de funcionarios kirchneristas a diplomáticos americanos confirma la presunción de que la pose izquierdista de los gobiernos Kirchner ha sido una fachada para ganar adhesiones en el público porteño, donde esa franja es estridente en los medios, y no una convicción profunda.

Estas revelaciones de secretos no son nuevas; ocurren cada tanto y fuerzan a los protagonistas del espionaje y de la diplomacia a cambiar sus rutinas y volver a dar de nuevo el mazo. El caso más recordado fue el libro «Inside the Company: CIA Diary», publicado en 1975 por el ex agente de la CIA Philip Agee, que reveló la trama completa de los espías que tenía Estados Unidos infiltrados en organizaciones de izquierda. Fue un bombazo sobre la izquierda latinoamericana instalada en París porque reveló que un Congreso por la Libertad de la Cultura o la revista Mundo Nuevo a la que estaban ligados personajes como Julio Cortázar eran cuevas monitoreadas por la CIA a través de subsidios de las fundaciones Ford y Rockefeller. Fue uno de los capítulos más importantes de la historia del apartamiento de muchos intelectuales, como Mario Vargas Llosa, del apoyo al castrismo.

Eso explica que se escandalizase ayer Hebe de Bonafini en un comunicado que debe de haber conmovido las anchas murallas del Pentágono: «Los pueblos ya sabemos la basura que son los yanquis, así que no creemos nada de todo lo que sale de esa cloaca. Nos podrán mostrar miles de documentos, cientos de datos, pero al imperio no le creemos». Jaime Petras, un profesor americano que se gana la vida haciendo izquierdismo en universidades de su país, le agregó fantasía a esta indignación: «Lo de los archivos le vino justo al Gobierno de Obama para desviar el eje de atención de la crisis económica». Es como si Sergio Massa dijera que hay una cueva de la CIA dedicada a inventarle frases antikirchneristas para perjudicarlo.

Como ante similares oleadas de sinceridad, los espías toman ahora con resignación que se ha abierto otra capa de esa cebolla que es el espionaje; queman las claves, borran las agendas, cambian sus identidades y empiezan de nuevo en otro lugar, con otra gente. Pero incidentes como éstos les recuerdan que la hipocresía de la vida pública es un atajo innoble, que deberían decir la verdad y actuar como si todos sus actos estuvieran a la luz pública. Usar el camino de mentirle al público es una prueba de debilidad, la misma de los maridos que engañan a sus esposas o la de los Gobiernos que alardean de no decir sus proyectos para esconder sus verdaderas intenciones y no levantar bardo. Lo hizo Carlos Menem cuando se reía de que escondió sus intenciones cuando era candidato para evitar el rechazo del dólar recontrabajo -había prometido que en su Gobierno sería «recontraalto»-. Néstor Kirchner repitió el método cuando reveló, apenas ganó las elecciones, que le llevaron un proyecto para sepultar los juicios a los militares y que lo escuchó en silencio sin decir nada -es decir, consintiendo su viabilidad ante quienes se lo acercaron en 2003- porque si decía lo que pensaba hubiera levantado una reacción inconveniente.

Esta vez se replica la vieja historia: la izquierda que se le pegó al kirchnerismo para oler algo de poder que nunca pensó tener por la falta de votos, se escandaliza cuando aparecen personeros como Aníbal Fernández alardeando de ser los mejores amigos de Washington. O el Gobierno admitiendo que puede ayudar a los Estados Unidos con gestiones de control de Evo Morales, pero que, por favor, no se sepa. Los Gobiernos del ciclo

Kirchner han tenido en Estados Unidos a su mejor amigo, han seguido al imperio en sus consignas principales en derechos humanos: combate al terrorismo internacional, acoso a Hugo Chávez cuando fuera necesario, apartamiento del antiamericanismo de Brasil, lucha contra el lavado de dinero. Nunca en boca de funcionarios criollos hubo mención alguna a Guantánamo o a la cruzada en Irak. No es necesariamente malo esto; lo malo es que se oculte y se alcen banderas contrarias a esa conducta para disfrazar los hechos, confundir al público y, ante todo, no ser víctimas de la izquierda patrullera que le presta baño de caramelo al Gobierno.

El resto es chismografía barata. Los propios responsables de las filtraciones han aclarado que no han publicado los mensajes clasificados como ultrasecretos, limitándose a aquellos que ayudan a dar contexto a noticias ya conocidas. No les ha importado el daño que cause a las relaciones personales, por ejemplo, entre presidentes como Néstor y Cristina de Kirchner con Michelle Bachelet (que se sorprendía por la condición «inestable» de sus pares argentinos), o en el matrimonio Massa, incurso en el clásico: «Yo te lo dije». El relato que da ayer el diario El País, de un quincho de noviembre de 2009, cuenta cómo Sergio -ex jefe de Gabinete- decía que Kirchner era un «monstruo» y un «psicópata» y su mujer, Malena Galmarini, le hacía muecas para que se moderase y él, muy macho, la reprendía con el clásico no me hagas muecas. Yo te lo dije.

La chismografía desnuda estas traiciones de quienes halagan a Cristina de Kirchner, pero a sus espaldas confiesan dudas sobre su capacidad, su futuro, sus convicciones, hasta su estabilidad emocional. Sería un imposible lo contrario, porque los poderosos suelen encerrarse en la cápsula de poder y tampoco quieren que les digan cosas feas en la cara. De eso viven los programas oficialistas que tienen subsidio porque los ven los funcionarios que no salen de la cápsula ni para tomar aire. Conocer quiénes le son infieles y hasta traidores produce en el traicionado algún placer por conocer quién es quién. Ése es el ánimo en estas horas de Cristina de Kirchner, que ha mandado a sus funcionarios a que desmenucen los documentos que se filtran y que la tengan al tanto de todo lo que salga, pero que no hagan declaraciones públicas ni acepten, hasta nuevo aviso, llamados de disculpas de los Estados Unidos. Tampoco, ha prometido, hablará de esto en sus discursos hasta que se haya enfriado el plato de la venganza.

Para mantener la paz social al menos, sería deseable que la filtración de documentos no fuera tan veloz, porque eso podría precipitar una nueva generación de «estúpidos e imberbes» que se sientan defraudados con los padres del modelo.

Como la Presidente habla poco, no cree que aparezca ella en actitudes resbaladizas en esos documentos. Por ejemplo, cree constarle que en sus charlas con Tom Shannon sobre Bolivia nunca dijo que ayudaría a Estados Unidos ni ella pidió que esa ayuda trascendiese. Evo Morales sólo tiene, creen en Olivos, agradecimientos a lo que ha hecho el Gobierno por él, seguramente porque los dos saben que desde siempre Bolivia ha sido para el resto del mundo un protectorado argentino.

Por un rato se cuidarán los lenguaraces que recorren embajadas, pobladas por personajes que cuentan de más violando códigos muy criollos como el que remata el tango «Sangre maleva»: «El varón, para ser hombre, no debe ser batidor». Otro aporte a esa reflexión canalla sobre la condición que se les atribuye a los diplomáticos desde que el oficio existe.

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