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Santiago Villanueva y el arte de capturar el pasado
En la muestra que exhibe la galería Daniel Abate, Santiago Villanueva comienza por investigar el arte de su ciudad natal, Azul, en las primeras décadas del siglo XX, y termina presentando su museo imaginario.
La muestra «1931» se inauguró con una conferencia del historiador del arte Roberto Amigo y es un excelente ejemplo del llamado «campo expandido del arte», campo cada vez más dilatado que, en estas últimas décadas, lo abarca casi todo. A la pintura y la escultura se sumaron los más variados soportes y disciplinas configurando, como en este caso, un territorio cuyos límites son extremadamente difusos. El arte de Villanueva se confunde con el trabajo de un historiador.
Por su parte, Amigo habló sobre «El nacionalismo en el arte», título de una conferencia dictada en el año 1926 por José León Pagano, visionario y ya legendario historiador del arte argentino quien, dicho sea de paso, acusó a los argentinos de tener frente a sus ojos por más de media centuria al pintor más importante del siglo XIX, Cándido López, y permitir que permaneciera olvidado.
La galería Daniel Abate publicó un pequeño libro con el texto completo de esa conferencia, donde Pagano sostiene: «Poseemos una pintura y una escultura tan nuestras y tan significativas como pueden serlo las afirmaciones más elevadas de nuestra argentinidad».
La conferencia de Amigo cobra sentido si se entiende que Villanueva pintó obras radiantes hasta el año pasado y, hoy, empeñado en sacar partido de una mirada virtuosa y sus estudios teóricos, presenta el trabajo de un consumado intelectual: el tesoro que descubrió en los libros y museos. No obstante, artista, finalmente, acaba por convertir su práctica en una obra.
Al ingresar a la exhibición se descubren dos estilos que se contraponen, dos obras enfrentadas. Hacia la derecha está un texto de Xul Solar, publicado por primera vez en una de las revistas culturales de Azul; a la izquierda, se divisa un Malón pintado en el año 1931 por Alberto López Claro. En 1925, un año después de que la vanguardia arribara a Buenos Aires, Xul escribe el citado párrafo en neocriollo, lengua de su invención destinada a facilitar la comunicación de una utópica «Confederación de los Estados Latinoamericanos del futuro». Lejos de cualquier afán vanguardista, la pintura de López Claro muestra la huella apasionada del sturm un drang, el sentimiento de estar en medio de la tormenta propio del romanticismo. La violencia del tema, el malón, aparece anulada por la estetización. Ni la violencia ni la barbarie adquieren una dimensión real, la estetizada imagen expresa el refinamiento de la civilización, la técnica del pintor instruido en la pintura europea.
En el medio de la sala hay una vitrina con unos pocos libros que subrayan las líneas de la investigación. Allí está «La obra» de Emile Zola, una novela donde el protagonista, Claude Lantier, inspirado en Paul Cézanne, es un artista que rompe con el academicismo y acaba suicidándose. Resulta indispensable aclarar que López Claro firmó muchos de sus cuadros con el seudónimo Claude Lantier, incluso el Malón.
Hay un ejemplar de un libro de León Pallière que los amigos del pintor le regalaron en 1951. A su lado está un ejemplar de la revista Azul que tuvo a Pablo Rojas Paz entre sus editores, presencia que delata la relación estrecha con la vanguardia martinfierrista. Borges, Norah Lange, Molina Campos y el propio Xul visitaban Azul con frecuencia.
Con la exhibición de una sola de las revistas culturales de esta ciudad, renace el esplendor de aquellos días, cuando el bibliófilo Bartolomé Ronco coleccionaba decenas de ediciones del Quijote y del Martín Fierro que luego donó a la Biblioteca Popular. «Azul es la Ciudad Cervantina de la Argentina y creo que de Latinoamérica», señala Villanueva. El último libro de esta serie es «Realismo mágico. Postexpresionismo: los problemas de la nueva pintura europea» de Franz Roh, un tratado que tradujo en 1925 Ortega y Gasset para la Revista de Occidente y que conmovió a los artistas locales con los postulados de la «vuelta al orden». Es decir, después de la aceleración de la Primera Guerra Mundial, el mundo se quedaba quieto, y el arte también, con la mágica presencia de la pintura metafísica.
Enmarcadas como obras de arte y con la dimensión de una tarjeta postal, figuran las obras de los artistas influenciados por la exposición «Novecento italiano», que en el año 1930 llegó a la asociación porteña Amigos del Arte. Cada cuadro de Villanueva es una vertiente a investigar, como la de Guttero y otros referentes de art déco, o la que abre «Desocupados» de Berni, en diálogo con los bocetos de otra gran pintura sobre el mismo tema del lituano-brasileño Lasar Segall. Pero los titulares se enuncian a través de las imágenes y el sentido de estas obras se multiplica al infinito. Cada imagen funciona como un sticker que aviva nuestra memoria y compromete al espectador con la aprobación o desaprobación de las similitudes y alianzas que forja el artista, con los recuerdos que de inmediato suscita y, sobre todo, con ese otro museo imaginario que cada cual organiza en su mente mientras recorre la muestra.
Por otra parte, la exposición impone una pausa a la tendencia de correr hacia lo nuevo heredada de la vanguardia, invita a remontar el pasado. «Los artistas argentinos no miran atrás, al menos no lo hacen de modo constante como los de Brasil», observa Villanueva.
El teórico francés Georges Didi Huberman cuestiona: «¿No es evidente que la clave para comprender un objeto del pasado se encuentra en el pasado mismo [.]?», y de este modo señala su particular rumbo interpretativo para la comprensión del arte.
En la actualidad, Villanueva trabaja, estudia y reside en Buenos Aires, pero lejos de olvidarse de Azul, vuelve sus ojos atrás, habla de sus museos o de la arquitectura colosal de Salamone y del ángel gigantesco, de más de 20 metros de altura, que custodia el cementerio. Va en busca del origen de su quehacer.


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