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Se corre contra el capital de bancos, no contra depósitos
Gordon Brown
El recurso a la capitalización pública -inspirada en la propuesta de Gordon Brown- fue una herramienta útil. Resultó efectivo para reinstalar
-después de la experiencia de Lehman- la noción de que «los grandes bancos no van a caer». Tal el ingrediente vital que apaciguó las aguas. En cambio, la compra de los activos tóxicos de la banca -el pivote original del plan Paulson- no se llevó a cabo (salvo en Suiza, a la medida de UBS). Se sabe que su implementación es compleja, lenta y, sobre todo, costosa. Pero es, precisamente, una toxicidad en ascenso lo que carcome el patrimonio bancario y obliga de continuo a reponer capital. Como ni la calma presente ni el rally de las Bolsas mejoran la percepción del sector privado sobre el futuro, son las tesorerías las que deben aportar los recursos en forma recurrente. El atajo de evitar la compra de activos y su reemplazo por garantías estatales que absorben sus riesgos se ensayó en noviembre con Citigroup (y se repite ahora con Bank of America) pero tampoco resolvió la cuestión. Dos meses más tarde, y en un contexto sin histerias, Citi, a valor de mercado, orilla hoy sus niveles mínimos de otrora. La institución, que comanda activos por 2 billones de dólares en su balance (y, quizás, otro 50% más fuera de él), cotiza a menos del 1% de sus activos totales. El colchón que provee su capital es apenas una lámina tenue.
Si fuera un banco inglés ya el Estado obraría como su accionista mayoritario.
El 2009 arranca con expectativas de cambio. Ninguna esperanza más firme que la depositada en la conducción de Barack Obama. La administración en ciernes ya rubricó la necesidad de un gran compromiso fiscal para impulsar una recuperación. Sin dudas, una medicina pertinente para combatir la infección de los balances bancarios. Pero, aun así, la erosión no da respiro. Bank of America no pudo recostarse sobre la inminencia del traspaso del mando. Tras reconocer pérdidas por 15.300 millones de dólares en su flamante adquisición -Merrill Lynch- y otras de su propia cosecha -por 1.800 millones- debió asirse a una segunda provisión de capital público. La fe en Obama, por cierto, no evitó la presión asfixiante sobre el Citi. Y un quebranto trimestral de 8.300 millones de dólares forzó el anuncio de una reestructuración que lo desmembra y sepulta la visión de Sandy Weill de convertirlo en el coloso universal de las finanzas. Que Obama avanzara con precisiones acerca de su paquete fiscal o que el Congreso diera vía libre a la utilización del segundo tramo de recursos del plan Tarp no impidió que las acciones financieras se hundieran el 16% en la semana que pasó, recordando que persiste la fragilidad de sus cimientos.
Este nuevo capítulo de la saga bancaria gira pues en torno a la solvencia de los bancos. No preocupa la liquidez. No hay corrida contra los depósitos sino contra el capital de las instituciones. Es la incertidumbre sobre su verdadera robustez lo que debe disiparse. La presencia tenaz de grandes volúmenes de activos problemáticos, de difícil valuación, carentes de mercados secundarios líquidos, es el nudo del conflicto. Por inercia cabe esperar que se disparen nuevas inyecciones de capital sobre una base caso por caso. Pero también que se profundicen otros caminos. El recurso a las garantías sobre los activos tóxicos, ya comentado, cobrará mayor protagonismo (está en la agenda que promoverá Gordon Brown esta semana). ¿Y por qué no la remoción lisa y llana de dichos instrumentos de las hojas de balance? La separación entre bancos buenos y bancos malos es una pieza de catálogo para sortear las crisis financieras. Lo ideal es que proceda antes de la recapitalización de las entidades (como en los países nórdicos en los 90) para que el dinero no se vierta sobre los malos negocios y se desperdicie. El consenso crece a favor de tomar esa senda. La idea de un «Aggregator Bank» que adquiera activos tóxicos formulada por Sheila Bair, la titular de la corporación que asegura los depósitos bancarios, apunta en esa dirección. En definitiva, será Obama quién tendrá la última palabra. Sin embargo, hoy por hoy, su estrategia financiera específica es una incógnita. Como dijo Ben Bernanke el martes último, «si bien la política fiscal puede estimular la actividad económica, una recuperación sostenida requerirá también un plan comprensivo.


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