Se destaca con Cozarinsky el Bafici como editor

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Todos los años, el Bafici publica cuatro pequeños libros sobre autores desconocidos (algunos con justa razón) a quienes se dedica un ciclo, o libros con elogios de sector, correspondencia entre críticos, etc. Este año ha publicado solamente dos, pero uno, muy agradablemente escrito, es digno de venta en librerías generales: «Cinematógrafos», del director y antiguo crítico Edgardo Cozarinsky.

En «Cinematógrafos» Cozarinsky reúne algo azarosamente diversas notas suyas: artículos publicados en diversos medios, desde «Primera Plana» y «Periscopio» del 69 para acá, prólogos (el «Diccionario de actores argentinos», de Blanco Pazos y Clemente), catálogos de Nantes, Deauville o Mar del Plata presentando ciclos de melodramas argentinos o de variaciones borgeanas, etc.

De Borges, precisamente, aplica sus técnicas en una página destinada al vago recuerdo de «Alias Gardelito», y, como es de agradecer, también reprisa y enriquece, bajo el título «Magias parciales del relato» las primeras páginas de su excelente «Borges y el cine». Habla también de Bergman, Lubitsch, Negulesco, Welles, Cabrera Infante, y, por encima de esos y otros autores, el venerable David Ward Griffith, a quien dedica una extensa y valiosa nota, partiendo de su trabajo publicado en «Tiempos de cine», 1965, que reconsidera y enriquece con la mirada de este siglo.

Habla también, y muy bien, del Chaplin de «Candilejas», película que ya había abordado al dirigir hermosamente uno de los mejores capítulos de la serie «Chaplin Today», aquí exhibida en cable. Apunta elogios para Inés de Oliveira Cézar, Verónica Chen y Graciela Taquini, «Tan de repente» y «Yo no sé qué me han hecho sus ojos», el drama de Jean Renoir y Charles Laughton «Esta tierra es mía» (llega incluso a declararlo «un film indispensable»), y evoca también, sin nostalgia, los tiempos de gloria de calle Lavalle, y sus años de joven estudiante desdeñoso del melodrama local que descubriría recién viviendo lejos.

«Para ese snobismo cimarrón», descubre, «el prestigio del film maldito de la época no derivaba de su audacia narrativa sino de que solo era accesible en proyecciones de cine club». Algo similar pasa ahora, cuando decenas de jóvenes entran a ver films prestigiosos solo porque se exhiben en el Bafici, y salen maldiciendo.

Uno de sus artículos cuenta quién fue Teuvo Tulio, en verdad un pariente finlandés de Humberto Mauro y el negro Ferreyra, vale decir, un «primitivo», solo que hoy es, según dicen, el director amado de Aki Kaurismaki, por lo cual el Bafici trajo una de sus películas, «Has entrado en mi sangre», 1956. La verdad, hay amores que matan, pero está bien enterarse. Una lástima que no haya escrito acerca de otro «rescate» del Bafici ya visto en Mar del Plata, «Escala en la ciudad», 1935, debut amateur de Alberto de Zavalía, que después hizo muchas cosas buenas (y hasta se casó con la hermosa, delicada e inteligente Delia Garcés), pero que en esta película debutó haciendo desastre. Buen ojo para el diseño visual (lo asistieron Raúl Soldi, John Alton, que después fue maestro en Hollywood, etc.) pero pésimo manejo de diálogos y actores aficionados. En ese sentido la película es descostillante, y tiene solo dos méritos: ver como actor al tenista Héctor Cataruzza, y comprender que sólo unos pocos como Orson Welles y Steven Spielberg hicieron de entrada una película genial. La mayoría aprende a los ponchazos, siempre que no los elogien demasiado de entrada.

El otro libro es «Cine encontrado. ¿Qué es y adónde va el found footage?», recopilación de Leandro Listorti y Diego Trerotola con artículos de diversos autores, casi todos teorizando en palabras trabajosas sobre el empleo de esos fragmentos de películas, a veces de noticieros, que pueden completar un puzzle, iluminar una versión, o ilustrar una época, cuando se los hilvana en obras como «La guerra de un hombre solo», «Buenos, hermosos tiempos», «Atomic Café», «Hitler Hit Parade», o «Al corazón», esta última dedicada al cine tanguero. Valioso, en ese sentido, «14 Marz 1938», un corto casero evidenciando la alegría de los austríacos el día que llegaron las tropas nazis. Quien lo recogió, lo dejó casi tal cual, y así puede verse en una sección del Bafici dedicada precisamente al llamado «Found Footage», pietaje encontrado, por decirlo en criollo.

Una sección despareja, donde a veces los cineastas «intervienen el material» y hacen desastre. Eso si, un desastre experimental, de vanguardia. Acaso «la mejor vanguardia: la fracasada, la que se niega a hacerse entender y divulgar», según pondera, muy suelto de cuerpo, el diario oficial del Festival en uno de sus artículos laudatorios (pequeña redundancia: todos los artículos de ese diario son laudatorios).

Propuesta envenenada para el Bafici «machista»: rescatar un film nacional de «found foutage» verdaderamente maldito, y largamente maldecido por los peronistas: «Permiso para pensar», de Eduardo Meilij, exclusiva y maliciosamente armado con material de propaganda del régimen. Se estrenó en 1988 y nunca más volvió a verse. Hoy quizá tenga una curiosa actualidad.

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