4 de marzo 2011 - 00:00

Se fue un imprescindible de la política y el Congreso: Canals

Siempre en el medio: Juan José Canals en una sesión del Senado entre Julio Cobos y Gerardo Morales.
Siempre en el medio: Juan José Canals en una sesión del Senado entre Julio Cobos y Gerardo Morales.
«Eso no se puede». Con esa frase, Juan José «Manolo» Canals, hasta hace 48 horas prosecretario parlamentario del Senado, puso el límite durante los últimos 20 años a los intentos tanto oficialistas como opositores de forzar el reglamento de esa cámara, incluyendo en esto al radicalismo que lo promovió para el cargo. Canals falleció el martes pasado, víctima de una enfermedad terminal descubierta hace pocos meses. Ayer lo despidió el Senado entero sin distinciones, con Julio Cobos a la cabeza.

«Manolo» Canals no ocupó cargos electivos (aunque fue candidato a senador suplente por la Capital en 2007), pero desde su puesto en la prosecretaría parlamentaria, el verdadero corazón que no se ve del funcionamiento del Senado, llegó a ser un hombre imprescindible, fundamental para garantizar la estabilidad de una cámara que sufrió serias tormentas en el pasado inmediato. Su reemplazo ya preocupa en la cámara más que si se tratara de la desaparición de un simple senador.

Era, sin duda, el reglamento caminando, y de ahí la frase que lo hizo famoso: a pesar de arriesgar su cargo a alguna renovación de autoridades no dudó nunca en parar en seco a radicales o peronistas ante cualquier exceso.

Hubo otra creación suya que pasó a la historia parlamentaria: «¿Y para eso tenés los votos?». El latiguillo se aplicaba cuando algún senador radical lo consultaba, por ejemplo, sobre la posibilidad de apurar alguna votación intentando evitar los dos tercios que se requieren para casos especiales.

Todo ese andamiaje lo conoce bien la prensa, que ayer comenzó a extrañarlo: pocas veces se vio una fuente con semejante precisión técnica sobre los secretos que encierra esa casa. Menos para interpretar los fenómenos políticos de los pasillos del Senado y los errores que los jefes de bancada pretenden habitualmente esconder, siempre café de por medio en su despacho.

Canals era hombre de consulta continuo de los bloques y especialmente de Julio Cobos, aunque con el mendocino no hubiera tenido relación antes de su llegada al Senado como vicepresidente de la Nación.

Ayer, el propio Cobos contó la anécdota cuando encabezó la despedida en el Salón Illia, donde fue velado: «Cuando llegué a Buenos Aires, venía con un consejo de un amigo común, Raúl Baglini, quien me dijo: Julio, si querés buscar una persona de confianza, que te diga las cosas de la mejor manera, hablá con Manolo Canals. Y así lo conocí. En una breve síntesis, me dio un panorama de cómo se manejaban las cosas, y los problemas que podíamos tener».

Su historia en el Senado no fue lineal y tampoco un completo lecho de rosas. A pesar de su fidelidad absoluta a Raúl Alfonsín hasta el final (estuvo entre los amigos íntimos del expresidente y fue quien organizó y acordó con el Gobierno todo el protocolo de sus funerales de Estado), tuvo que soportar algún que otro vaivén en el Senado. Canals ocupó la prosecretaría parlamentaria desde 1992 hasta 1996. De allí pasó al bloque radical hasta 2000, cuando volvió a ocupar esa estratégica oficina.

Error

¿Qué pasó en el medio? En el 99, con la llegada de Fernando de la Rúa al poder, al radicalismo le tocó el turno de ocupar la Secretaría Parlamentaria del Senado, el puesto que ocupa el oficialismo y que hoy ostenta el peronista Juan Estrada. Pero la UCR, que no siempre les reconoce bien los servicios a sus militantes, decidió no poner a Canals en ese puesto, como se esperaba y hubiera correspondido, y nombró allí a Mario Pontaquarto, el «arrepentido» que terminó denunciando haber circulado con el dinero de las supuestas coimas del Senado que le habrían entregado en la SIDE.

Nadie en su sano juicio podría imaginar a Canals, en su lugar, recorriendo la Capital Federal con un maletín con 5 millones de pesos esperando repartirlo a senadores y, menos, aceptar colaborar en una operación de ese tipo.

Tras el estallido del escándalo, en 2000, el radicalismo reconoció el error cometido y puso a Canals en la prosecretaría parlamentaria, cargo que mantuvo hasta ahora.

Prueba de eso fue el escándalo que generó en 2003. En esa sesión, el Senado debatía la acusación a Eduardo Moliné OConnor, juez de la Corte Suprema. Desde su sitial Canals detectó que un intruso, después se supo que era un asesor del neuquino Pedro Salvatori, estaba ocupando una banca, un caso similar al del diputrucho que dio quórum en la sesión sobre la privatización de Gas del Estado. A diferencia de lo sucedido en esa cámara, Canals se paró y fue hasta el lugar para echarlo, tuvo que hacer intervenir a la seguridad del recinto y luego hasta hubo una investigación. Nadie más intentó sentarse sin permiso en el recinto del Senado.

La historia previa de Canals bien podría alimentar una novela política. Nació en San Nicolás hace 61 años y en su juventud comenzó con la militancia sindical. Fue militante de izquierda y delegado del personal administrativo de SOMISA. Tras la protesta obrera de Villa Constitución y la declaración de Isabel Perón del Estado de sitio lo detuvieron en 1975 y quedó a disposición del Poder Ejecutivo.

Ese mismo año le ofrecieron la opción de abandonar el país, contemplada para esos casos. Canals fue llevado esposado hasta el avión que lo trasladaría a Caracas. El piloto le entregó su pasaporte y le sacó las esposas, antes del vuelo que lo llevaría a un exilio que duró hasta 1983, y una azafata le dio una jarra con agua con la que se lavó, en el baño del avión, por primera vez en semanas.

En Venezuela se casó con Susana (Tuti), con quien tuvo dos hijas, y comenzó a visitar las tertulias de los asilados radicales que habían recalado allí. Esa relación familiar lo hizo también un observador crítico del chavismo en los últimos tiempos. Adolfo Gass, otro de los exiliados y luego senador, lo acercó en Caracas a la UCR, así como Hipólito Solari Yrigoyen, y el militante de izquierda volvió a Buenos Aires como un alfonsinista.

Esa filiación política no le impidió llevarse bien con todos los partidos. Se vio ayer, cuando Miguel Pichetto lo despidió personalmente, como también lo hicieron Eduardo Menem y hasta el equipo de asesoras de Cristina de Kirchner.

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