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Se profundiza la crisis y los remedios serán más revulsivos
José Siaba Serrate
Si Europa cubre a Grecia con un megapaquete de ayuda -y de veras quiere ayudar-, le convendría callar a Angela Merkel. O comenzar ya a desembolsarlo (separando así los hechos de las palabras). Pero lo que hay que entender es que Grecia ya no es suficiente escudo protector. Portugal y España son blancos identificados. El especulador que efectivamente crea que Europa sostendrá a Grecia -y que la aislará de las vicisitudes de los mercados financieros- seguirá disparando, pero cambiará de península. O sea que, mientras el contagio no se aplaque, y no hay constancias de ello, sino todo lo contrario, Portugal y España también requieren protección (aunque Zapatero se ofusque). Y lo mejor es proveer ya una cobertura temprana.
No se puede confiar tampoco en que Atenas no prefiera suscribir pronto la rendición. El primer ministro Papandreu definió la encrucijada de su país como una disyuntiva entre «la catástrofe o los sacrificios». Un ajuste deflacionario, sin embargo, tiene mucho de ambos. Carece, a simple vista, de un perfil fácil de discernir. Si los griegos sienten que la catástrofe ya los ha alcanzado, renunciarán a los sacrificios (y, en el acto, tendrán razón). ¿Será Papandreu un Leónidas que detendrá el avance de la crisis en un remozado desfiladero de Termópilas, inmolándose con sus compatriotas, para salvar a Europa? ¿O será como Jano y tendrá dos caras -una que batalla contra el default y otra que lo acepta mansamente- como si el vértigo de la crisis exigiera en un político ser, sucesivamente, un De la Rúa y un Duhalde? Nadie puede contestar este interrogante con certeza. Toda la estrategia de defensa, pues, no puede descansar en una única empalizada alrededor de Atenas.
Nunca se debe decir que de esta agua no se habrá de probar. El enemigo público número uno es que aborte la recuperación global en curso. Una recaída en la zozobra es un lujo que el mundo no se puede conceder. Otro Lehman es tremendamente inconveniente. No debería permitirse. Está bien que Grecia sea el patio trasero de la Unión Europea. Pero si la crisis griega deriva en una crisis europea -como ya sucede- y ésta se transforma en una crisis de la banca europea de primera línea -como se insinúa-, la dinámica pre Lehman estará instalada. Como lo anticipan las reverberaciones de la crisis en todas las Bolsas mundiales, otros intereses no estrictamente europeos se verían afectados. Y cabe esperar que esos intereses pugnen por hacerse escuchar.
Europa, por el momento, retiene el timón. Hoy, Berlín es el Olimpo. Allí acuden quienes manifiestan preocupación. De Alemania dependen los tiempos de la ayuda a Grecia. Es Merkel quien impunemente acuña los mayores exabruptos. Pero, si Lehman es la lección que no hay que repetir, la conclusión número uno es que el principal obstáculo para dominar la crisis es la excesiva rigidez. Y no hay dudas que la rigidez lleva un sello teutón en el orillo. Debe entenderse que no hay, a esta altura, alternativa de solución elegante. Y si bien ya hay un desaliño, en la medida en que la crisis se agrave, no hemos visto sino un botón de muestra. Para defender la integración europea, los principios sobre los que se asentó deberán saltar por la ventana. Como un avión que entra en tirabuzón y necesita liberarse del lastre. Ya hemos visto qué pasó con Maastricht. Y lo que se hizo con la cláusula antirrescate. El Banco Central Europeo (BCE) -que desde que comenzó la crisis no tocó siquiera una coma de la política monetaria- no pudo mantenerse al margen. Debió, con la soga al cuello por la rebaja de la deuda griega a la categoría de basura, cambiar de apuro su normativa sobre las garantías de su financiación. A la medida de las necesidades del sistema financiero griego, exceptuó a esa deuda (y sólo a ésa) del requerimiento de una calificación grado de inversión. Pero esto no es más que un aperitivo. La política económica deberá mudar de prisa. Así, la política monetaria tendrá que hinchar las velas en una versión tardía de expansión cuantitativa -a la manera en que se hizo en EE.UU., en Gran Bretaña o en Japón por causa del cimbronazo de Lehman- y dejar de lado los pruritos de comprar deuda pública (el BCE, por eso mismo, sólo adquirió bonos hipotecarios y en muy pequeña magnitud). Ese tránsito no será fácil. La crisis, hoy por hoy, es de la eurozona de 16 países mientras el BCE tiene 27 dueños. La crisis deberá asustarlos a todos para que acepten un cambio abrupto que está en las antípodas de las reglas establecidas. No será fácil convencer a Alemania de que no basta con ejecutar los rescates que resiste, sino que también habrá que monetizar deuda pública. Pero allí tallarán los intereses no europeos (no es sólo EE.UU.; China ya expresó su preocupación por el tembladeral). Quizás haya que conservar las formas y apuntalar, bajo la mesa, la rebeldía de otros países europeos -y sumar a Francia e Italia- para destrabar el peligrosísimo mal de la inacción y evitar así que la crisis se agigante.

