2 de marzo 2011 - 00:24

Seducción a medida de la clase media

Cristina de Kirchner fue recibida desde los palcos de adherentes en el Congreso por una lluvia de papelitos.
Cristina de Kirchner fue recibida desde los palcos de adherentes en el Congreso por una lluvia de papelitos.
No fue un mensaje clásico de los que acostumbra Cristina de Kirchner. De hecho fue el discurso más calmado que se le escuchó entre los cuatro que pronunció durante su mandato para abrir las sesiones ordinarias. Quizás por eso y por estar hilvanado casi a medida de las pretensiones de la clase media, la misma que siempre le fue esquiva con el voto en las grandes ciudades, pareció un inicio de Gobierno, el propio, alejado de la dependencia que hasta ahora tuvo de la herencia que le dejó la presidencia de su esposo.

Con los pocos meses que faltan para el recambio, entonces, el mensaje de ayer ante la Asamblea Legislativa operó como un lanzamiento de campaña, aunque al final la Presidente volviera a jugar con la indefinición sobre su futuro.

Ni siquiera las barras de Julio Cobos lograron turbarle el ritmo que se había impuesto para la puesta en escena. Su discurso no tuvo lo que se sabía que no iba a tener; por ejemplo, alguna mención a la inflación. Los Kirchner nunca hablaron de los problemas que no pueden solucionar.

El escándalo del avión de EE.UU. y la valija no declarada pasaron al olvido, tampoco le dio el gusto a la oposición que esperaba un choque con Daniel Scioli por sus visiones sobre la inseguridad. El planteo con que fue al Congreso estaba lejos de eso. De hecho en materia de proyectos sus principales exigencias fueron el apuro por cumplir con el GAFI con la ley antilavado (culpó al Congreso por la demora y precipitó la protesta y el retiro de Ricardo Alfonsín del recinto) y una nueva ley de adopción para todo el país, que puso ahora en primer lugar de su lista de prioridades.

No fue casual que llegara 10 minutos antes al Congreso, en lugar de hacerse esperar como en otros tiempos.

Cristina de Kirchner ingresó ayer al recinto bañada en papelitos y comenzó enseguida a explicar el concepto que aplicó a todo su discurso: «Ya no estamos en una etapa de construcción de bases, sino de construcción de certezas».

Y ubicó ahora, en su Gobierno, ese momento de disfrute de lo logrado. Claramente homenajeó a su marido en el comienzo (obviamente con la clásica referencia a la herencia recibida), pero la puntillosa recopilación de logros y las estadísticas que la adornaron comenzaron esta vez a brillar más que nunca en el período desde 2007 en adelante.

Hizo entonces un ejercicio de quien debe reivindicar sus actos de Gobierno con vista a la campaña, alejándolos de la comparación con quien ya no está. De ahí que hablara del desendeudamiento y el canje pero recordando que ella logró subir la adhesión a más del 92% de los bonistas, el récord histórico de reservas con un salto del 13,4% en 2010 o la mayor apertura comercial que salta a un crecimiento del 36% con el récord que le sumó el año pasado.

También recordó que la recaudación llegó, también en su mandato, a un récord de u$s 104.754 millones.

El mensaje se inclinó luego a los temas que desvelan a la clase media. Casi amenazó a los colegios privados con investigar el porqué de las subas en las cuotas de este año; protestó por la falta de datos en el Banco Central sobre cómo y a quién le prestan los bancos en la Argentina y hasta cuando volvió a hablar de la «construcción de certezas» garantizó el control del tipo de cambio: «Hay devaluaciones que sabemos a quienes perjudican y por lo tanto no vamos a someternos a ese tipo de presiones».

El momento sindical no llegó esta vez con ningún elogio. Todo lo contrario. Sólo se escucharon críticas a los abusos en la protesta y los paros. Condenó, sin anestesia, a esos casos en Aerolíneas Argentinas. Reveló que los sueldos allí llegaron a $ 13.114 en promedio y recordó la compra de aviones y el aumento en las frecuencias. «No pueden someter de rehenes a usuarios y consumidores. Criticamos posturas monopólicas en otras áreas, pero también vemos que en el sindicalismo también hay monopolios», le dijo al recinto ante la mirada de Hugo Moyano. Y cerró el tema con una sentencia casi judicial: «Quiero seguir siendo compañera de los sindicatos y no cómplice». Fue música para el votante porteño.

Entre los anuncios sin duda el más aplaudido fue la extensión de la asignación universal por hijo a las mujeres embarazadas, un proyecto que varios opositores reivindicaron como propio desde las bancas. Siguió luego la promesa de sacar policías a la calle y retirarlos de los trámites administrativos, lo que le sirvió para explicar por qué desde el 7 de marzo los pasaportes los emitirá el Registro Nacional de las Personas en un solo trámite, casi como único anuncio sobre seguridad, si no se toma en cuenta que recordó la cantidad de agentes que había incorporado en la Federal, Gendarmería y Prefectura. «Habrá más agentes en las calles y menos en las oficinas», prometió.

Hacia el final, después de desmentir una reforma constitucional (ver nota aparte) y antes de explicar casi de apuro (habían pasado 105 minutos de discurso) los proyectos de ley que enviaría al Congreso, se tomó un tiempo para castigar, por primera vez en el día, a Mauricio Macri. Para hacerlo sacó un récord de vetos a leyes que le había preparado Aníbal Fernández: «Yo iba a ser Vetina (sic), no Cristina», bromeó sobre los pronósticos que se hicieron cuando perdió el control de Diputados en la elección de 2009. «En realidad durante mi mandato el índice de vetos fue del 0,7%, en el de Kirchner del 0,68%, Alfonsín del 0,83% y en el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires del 9,82%», cerró entre risas. Si les quedaba alguna duda, muchos comprendieron en ese momento que la campaña había comenzado.

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